Jean-Paul Marat no nació para vivir en paz. Algunas personas parecen venir al mundo con un incendio detrás de los ojos. Marat fue una de ellas.
Antes de convertirse en el hombre más temido de la Revolución Francesa, fue médico, científico y escritor. Nació en 1743 en la pequeña ciudad de Boudry. Durante años recorrió Francia e Inglaterra intentando abrirse paso como intelectual. Escribió sobre medicina, electricidad y filosofía, pero el reconocimiento nunca llegó. El mundo parecía escuchar a otros.Entonces llegó 1789.
La Revolución no solo derrumbó una monarquía. También abrió la puerta para hombres como Marat, que llevaban décadas acumulando frustraciones. Descubrió que su verdadera arma no era el bisturí, sino la pluma.
Fundó el periódico L'Ami du peuple ("El amigo del pueblo"). Cada edición era un cañonazo. Mientras muchos revolucionarios pedían reformas, Marat exigía castigos. Denunciaba conspiraciones, acusaba a nobles, ministros y hasta a otros revolucionarios de traicionar al pueblo. Sus artículos estaban escritos con la urgencia de quien cree que cada día perdido cuesta cientos de vidas.
Vivía perseguido. Pasó temporadas escondido en sótanos y alcantarillas para escapar de las autoridades. Aquellos refugios húmedos empeoraron una grave enfermedad de la piel que lo atormentaría el resto de su vida. El dolor era tan intenso que pasaba horas sumergido en una bañera con agua medicinal, escribiendo desde allí.
Marat fue uno de los principales aliados de los Club de los Jacobinos y apoyó el ascenso de Maximilien Robespierre. Defendía que la Revolución solo sobreviviría eliminando sin contemplaciones a quienes la amenazaban. Para sus seguidores era la voz incorruptible del pueblo. Para sus enemigos, un fanático sediento de sangre.
Su final fue casi teatral.
El 13 de julio de 1793, una joven llamada Charlotte Corday pidió verlo. Le dijo que traía información sobre enemigos de la República. Marat la recibió desde su bañera, donde trabajaba a causa de su enfermedad.
Mientras anotaba los nombres que ella le dictaba, Corday sacó un cuchillo y lo hundió en su pecho.
Marat murió en pocos minutos.
Corday declaró que había matado a un hombre para salvar a cien mil. Pero ocurrió lo contrario. Su asesinato convirtió a Marat en mártir de la Revolución. El pintor Jacques-Louis David inmortalizó la escena en el célebre cuadro La muerte de Marat, donde el periodista aparece como un santo laico, con la pluma aún en la mano y el cuerpo vencido por la muerte.
El hombre detrás del mito
Marat sigue dividiendo opiniones más de dos siglos después.
Para unos fue un defensor inflexible de los pobres, convencido de que la justicia exigía una energía despiadada. Para otros fue uno de los hombres que ayudó a sembrar el clima de violencia que desembocó en el Reinado del Terror.
Quizá ambas cosas sean ciertas.
Su vida recuerda que las revoluciones no solo se libran con fusiles. También se combaten con palabras. Y las palabras, cuando encuentran una multitud desesperada, pueden convertirse en pólvora.
Marat nunca comandó un ejército. Nunca llevó una corona. Nunca ocupó el poder supremo.
Sin embargo, desde una simple bañera, con una pluma entre los dedos y la fiebre ardiendo bajo la piel, logró estremecer a toda una nación. A veces la historia cambia por la espada. Otras veces cambia porque un hombre escribe una frase que ya nadie puede dejar de escuchar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario