Imaginen a un grupo de personas discutiendo sobre política, filosofía o historia. Alguien menciona a Marx. Otro responde: "Sí, pero no trabajó". Alguien menciona a AMLO. "Sí, pero no trabajó". Aparece Gandhi. "Sí, pero no trabajó". La Madre Teresa. "Sí, pero no trabajó". En algún momento uno espera que alguien saque una libreta y pida recibos de nómina del siglo XIX para determinar quién merece ser escuchado.
Porque hemos construido una religión peculiar. No una religión con incienso, campanas y vitrales. Una religión con relojes checadores, tarjetas de asistencia y hojas de cálculo. El dios moderno no vive en el cielo. Vive en Recursos Humanos.
La primera pregunta ya no es: "¿Qué hizo esta persona?" La pregunta es: "¿Dónde cobraba quincena?"
Si alguien pasa diez años escribiendo libros que transforman el pensamiento de millones de personas, algunos dirán: "Muy bonito, pero ¿tenía prestaciones?" Si un activista organiza movimientos que cambian el rumbo de una nación, aparece inmediatamente el sacerdote del empleo formal para preguntar si cotizaba al seguro social.
Es fascinante.
Un especulador financiero puede ganar millones moviendo números en una pantalla y será celebrado como ejemplo de productividad. Un filósofo que dedica décadas a estudiar la sociedad será acusado de no trabajar. Un heredero que vive de rentas será descrito como "exitoso". Un sindicalista que pasa veinte años organizando trabajadores será tratado como un vago.
La palabra "trabajo" ha sido secuestrada.
Ya no significa esfuerzo. Ya no significa disciplina. Ya no significa dedicación. Significa algo mucho más específico: obedecer a una estructura económica reconocida por quienes tienen el poder de definir qué cuenta y qué no cuenta.
Por eso nadie pregunta cuántas horas pasó Gandhi organizando campañas de resistencia civil. Nadie pregunta cuántas noches pasó Marx escribiendo y estudiando en bibliotecas. Nadie pregunta cuántos kilómetros recorrió un dirigente político construyendo un movimiento. Lo único que interesa es si el sistema les entregaba un recibo de pago suficientemente respetable.
Es una lógica curiosa.
Si una persona trabaja doce horas diarias fabricando anuncios para convencer a niños de consumir comida chatarra, eso es trabajo honorable. Si otra dedica doce horas a escribir, investigar o movilizar personas para cambiar leyes, algunos sospechan que está perdiendo el tiempo.
La obsesión no es con el trabajo. Es con la obediencia.
Lo que realmente molesta no es que alguien no tenga empleo convencional. Lo que molesta es que haya dedicado su vida a algo que no encaja cómodamente dentro de las categorías aprobadas por la cultura dominante.
Y, por supuesto, la ironía es deliciosa.
Muchos de los que gritan que ciertos líderes o pensadores "nunca trabajaron" pasan horas viendo televisión, desplazándose por redes sociales o repitiendo opiniones ajenas. Pero se sienten miembros del club de los productivos porque alguien deposita dinero en su cuenta cada quincena.
El empleo puede ser valioso. El esfuerzo puede ser admirable. La experiencia práctica importa.
Pero reducir toda una vida humana a una tarjeta de asistencia es una forma extraordinariamente eficiente de no pensar.
Y ahí está el verdadero negocio.
Porque cuando la conversación gira alrededor de si alguien tenía trabajo, ya no tenemos que hablar de sus ideas. Ya no tenemos que examinar sus argumentos. Ya no tenemos que evaluar los resultados de sus acciones.
Es mucho más fácil revisar una nómina que cuestionar una ideología.
La historia está llena de personas que cambiaron el mundo sin encajar en la definición burocrática de ciudadano productivo. Algunas hicieron cosas maravillosas. Otras hicieron cosas terribles. Pero ninguna puede entenderse observando únicamente su historial laboral.
Después de todo, un recibo de pago puede decirnos cuánto ganaba una persona.
Pero jamás nos dirá cuánto valían sus ideas.
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