martes, 1 de septiembre de 2026

 La evidencia reciente permite hablar de redes de desinformación, campañas negativas, trolls y granjas de bots vinculadas al entorno de Cerimedo. También está documentada su intervención en la difusión de falsedades sobre las elecciones brasileñas de 2022. Eso no equivale a demostrar que haya manipulado físicamente votos. La cuestión más interesante es precisamente otra: cómo se puede manipular una elección sin tocar una sola urna.


La elección antes de la urna

Hay una imagen antigua de la democracia que todavía conservamos en la cabeza.

Un ciudadano entra en una casilla.
Recibe una papeleta.
Marca un nombre.
Deposita el voto.
Alguien cuenta.

Y entonces creemos que allí ocurre la democracia.

Pero quizá la elección haya ocurrido mucho antes.

Cuando ese ciudadano llega a la urna ya lleva consigo una colección de miedos, indignaciones, sospechas, enemigos y certezas. Algunas nacieron de su experiencia. Otras de una conversación. Otras de la televisión. Y otras, cada vez más, de un océano digital en el que ya resulta casi imposible distinguir entre una multitud verdadera y una multitud fabricada.

Ahí comienza la historia de hombres como Fernando Cerimedo y Javier Negre.

No son importantes únicamente por lo que hacen. Son importantes porque representan una transformación de la política latinoamericana: el paso de la propaganda tradicional a una política de ingeniería de la percepción.

La vieja propaganda decía:

"Vote por este candidato."

La nueva propaganda puede ser mucho más sofisticada:

"Mire lo que todo el mundo está diciendo sobre este candidato."

La diferencia parece pequeña.

No lo es.

Porque la primera intenta persuadirte.

La segunda intenta convencerte de que ya estás rodeado por una mayoría.

El ejército que nadie ve

Durante décadas, la política necesitó periódicos, emisoras de radio, cadenas de televisión, carteles, mítines y grandes estructuras partidistas.

Ahora puede necesitar algo mucho más pequeño y mucho más veloz.

Un teléfono.

Una red de cuentas.

Un ejército de trolls.

Un algoritmo.

Una noticia falsa.

Y suficiente indignación.

Las investigaciones recientes sobre el entorno de Cerimedo han vuelto a poner sobre la mesa el fenómeno de las granjas de bots:
redes automatizadas capaces de multiplicar artificialmente determinados mensajes y producir la impresión de que una opinión tiene una presencia social mucho mayor de la que realmente posee.

Es una peculiaridad fascinante de nuestra época.

Antes se compraban espacios publicitarios.

Ahora también puede comprarse apariencia de consenso.

Y el consenso aparente puede ser políticamente más poderoso que un anuncio.

Porque el anuncio dice:

"Esto es propaganda."

Pero miles de cuentas repitiendo la misma idea pueden producir otra sensación:

"Esto lo piensa todo el mundo."

La multitud se convierte entonces en escenografía.

Y el ciudadano ya no sabe si está escuchando a una sociedad o a una máquina que imita a una sociedad.

Brasil: cuando se ataca la urna sin tocarla

El caso brasileño resulta especialmente revelador.

Después de la derrota de Jair Bolsonaro frente a Luiz Inácio Lula da Silva en 2022, Cerimedo difundió afirmaciones falsas sobre las máquinas de votación electrónica brasileñas. El episodio contribuyó a alimentar la narrativa de que las elecciones habían sido manipuladas. Las autoridades electorales brasileñas actuaron contra cuentas vinculadas a La Derecha Diario.

Pero aquí aparece una distinción fundamental.

No es lo mismo decir:

"Manipularon las máquinas."

que decir:

"Intentaron convencer a millones de personas de que las máquinas habían sido manipuladas."

La primera afirmación requiere demostrar una alteración del resultado electoral.

La segunda puede demostrarse mediante el contenido de la campaña.

Y políticamente puede ser devastadora.

Porque una democracia no depende solamente de que los votos sean contados correctamente.

Depende también de que los ciudadanos crean que fueron contados correctamente.

Si destruyes esa confianza, puedes dejar intactas las urnas y, sin embargo, deteriorar la democracia.

La paradoja es formidable:

puedes perder una elección y al mismo tiempo ganar la batalla para convencer a tus seguidores de que no la perdiste.

La mentira como infraestructura

Aquí está quizá la parte más inquietante.

La desinformación contemporánea no siempre busca que una mentira concreta sea creída.

A veces busca algo más profundo:

que nadie sepa qué creer.

Si hoy digo que una fotografía es falsa, mañana que una encuesta está manipulada, pasado mañana que el resultado electoral es fraudulento y después que los medios están comprados, puedo terminar produciendo una sociedad en la que cada ciudadano escoge la realidad que mejor encaja con sus prejuicios.

Entonces la verdad deja de ser un terreno común.

Y cuando la verdad deja de ser común, la democracia se vuelve una pelea entre tribus.

Ya no discutimos sobre los hechos.

Discutimos sobre qué universo de hechos aceptamos.

Eso explica por qué las redes digitales son tan eficaces para la política contemporánea. No necesitan fabricar una mentira perfecta. Les basta con producir suficiente ruido.

La mentira perfecta necesita convencer.

El ruido solamente necesita cansar.

De Brasil a Chile, de Argentina a Bolivia

El fenómeno tampoco parece limitado a un país.

Cerimedo ha estado vinculado a diferentes campañas y proyectos políticos de la derecha latinoamericana, desde el entorno bolsonarista hasta la campaña de Javier Milei y posteriormente el entorno del presidente boliviano Rodrigo Paz. Investigaciones recientes también han señalado operaciones digitales y campañas de desinformación relacionadas con su entorno en otros países.

En Chile, por ejemplo,
se ha documentado la utilización de encuestas y estrategias digitales polémicas alrededor de los procesos constitucionales. En 2020 apareció una encuesta vinculada a su agencia Numen que proyectaba un escenario favorable al Rechazo, en un contexto en el que otras mediciones ofrecían resultados diferentes.

No significa que Cerimedo haya "fabricado" todas esas elecciones.

Eso sería ir más allá de las pruebas.

Pero sí permite observar algo mucho más importante:

existe una infraestructura política transnacional capaz de trasladar métodos de comunicación de un país a otro.

Y eso cambia las reglas.

Porque los partidos siguen pensando nacionalmente mientras determinadas maquinarias digitales comienzan a trabajar continentalmente.

La frontera política se vuelve porosa.

Una estrategia ensayada en Brasil puede aparecer después en Argentina.

Una narrativa argentina puede viajar a Bolivia.

Una campaña digital puede cruzar Chile.

Un portal puede multiplicarse por distintos países.

Y una granja de bots no necesita pasaporte.

El verdadero fraude

Por eso utilizar la palabra "fraude" exige cuidado.

No hay que llamar fraude electoral a cualquier campaña sucia.

Si no existen pruebas de manipulación de votos, no debemos afirmar que los votos fueron manipulados.

Pero hay otro tipo de fraude que merece una discusión.

El fraude contra la percepción.

La fabricación artificial de una mayoría.

La utilización de cuentas falsas para crear la ilusión de consenso.

La propagación deliberada de información falsa.

La fabricación de encuestas destinadas no solamente a medir una opinión, sino a influir sobre ella.

La repetición de una mentira hasta convertirla en atmósfera.

Eso no necesariamente cambia una papeleta.

Pero puede cambiar el mundo psicológico en el que esa papeleta es depositada.

Y quizá esa sea la forma más moderna de propaganda.

No decirle al ciudadano qué pensar.

Construir el paisaje mental dentro del cual pensará.

El ciudadano frente a la máquina

Hay algo profundamente humano en todo esto.

El ciudadano quiere pertenecer.

Quiere saber que no está solo.

Quiere comprobar que otros ven el mismo peligro que él.

Quiere sentirse parte de una mayoría.

La propaganda digital descubrió esa vieja necesidad humana y la convirtió en tecnología.

Por eso las redes sociales son tan poderosas.

No venden solamente información.

Venden pertenencia.

Y cuando una persona abre su teléfono y encuentra cien mensajes diciendo que los inmigrantes son una amenaza, que el gobierno está destruyendo el país, que las elecciones fueron robadas o que un determinado candidato es el único capaz de salvar la nación, la cuestión ya no consiste únicamente en saber si cada afirmación es verdadera.

La cuestión es que el ciudadano comienza a sentir:

"Esta es mi gente."

Y cuando una mentira se convierte en identidad, discutir contra ella deja de ser discutir contra un dato.


Es discutir contra una pertenencia.

La democracia no muere necesariamente en un golpe de Estado

Durante mucho tiempo imaginamos la destrucción de una democracia de una manera espectacular.

Un tanque.

Un general.

Un palacio ocupado.

Una bandera retirada.

Pero las democracias contemporáneas pueden deteriorarse de maneras mucho más silenciosas.

Una mentira aquí.

Una campaña sucia allá.

Una encuesta manipulada.

Una granja de bots.

Un influencer.

Un medio que amplifica.

Un político que retuitea.

Un algoritmo que recompensa la indignación.

Y finalmente millones de ciudadanos que ya no confían en nada.

La democracia puede seguir celebrando elecciones mientras pierde algo esencial:

la posibilidad de compartir una realidad mínima.

Ese es el verdadero peligro.

No que una máquina pueda fabricar cien mil votos.

Sino que una máquina pueda fabricar cien mil personas que creen que todos los demás piensan como ellas.

Porque entonces la política deja de ser deliberación.

Se convierte en guerra psicológica.

Y quizá ese sea el nuevo campo de batalla latinoamericano

Durante el siglo XX, América Latina fue escenario de golpes militares, intervenciones extranjeras, guerras civiles y operaciones clandestinas.

El siglo XXI parece estar inventando instrumentos menos visibles.

Ya no hace falta necesariamente controlar un periódico.

Puedes crear veinte.

Ya no necesitas llenar una plaza.

Puedes llenar una red social.

Ya no necesitas convencer a todos.

Puedes bombardear a los indecisos.

Ya no necesitas censurar al adversario.

Puedes enterrarlo bajo diez mil mensajes.

Y quizá aquí esté la gran paradoja de nuestra época:

tenemos más información que nunca y, sin embargo, resulta cada vez más difícil saber qué es verdad.

Cerimedo y Negre son nombres concretos dentro de esta historia. Pero sería un error convertirlos en toda la historia.

El problema es mayor.

Es una nueva industria política.

Una industria que comercia con atención, miedo, indignación y pertenencia.

Y que ha descubierto algo que los viejos propagandistas ya intuían, pero que los algoritmos han llevado a una escala gigantesca:

quien controla la conversación no necesita controlar la urna.

Puede bastarle con controlar aquello que ocurre en la cabeza del ciudadano antes de que llegue a ella.

La urna permanece limpia.

El voto permanece intacto.

La democracia, aparentemente, funciona.

Pero afuera, en el territorio invisible de las pantallas, alguien ha estado preparando el paisaje.

Y cuando finalmente llega el día de votar, quizá la batalla más importante ya haya terminado.

Porque la elección no comienza cuando el ciudadano marca una papeleta.

Comienza mucho antes, cuando alguien consigue decirle qué mundo está mirando.

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