domingo, 30 de agosto de 2026

 


La política de las groserías: cuando la estupidez se disfraza de autenticidad

Hay algo curioso en la política moderna. Durante siglos los políticos mintieron, manipularon, prometieron imposibles y vendieron humo industrial de primera calidad. Pero al menos fingían que estaban argumentando. Había discursos, datos maquillados, citas históricas sacadas de contexto y toda una arquitectura verbal destinada a convencerte de que te estaban tomando en serio.

Hoy ni siquiera se molestan.

Ahora un político responde "esas son mamadas" y media nación aplaude porque "habla como la gente". ¿De verdad? ¿Ese es el estándar al que hemos llegado? ¿Confundir lenguaje coloquial con pensamiento profundo?

Miren, las groserías no son el problema. Yo adoro las groserías. Son herramientas maravillosas. Una grosería bien colocada puede ser una obra de arte. Puede expresar rabia, ironía, humor o desesperación con una precisión que a veces la academia jamás alcanza.

El problema aparece cuando la grosería reemplaza a la idea.

Porque decir "eso es una mamada" no es un argumento. Es una reacción. Es el equivalente verbal de señalar algo con el dedo mientras haces una mueca.

Imaginen a un ingeniero construyendo un puente.

—¿Cuál es el cálculo de carga?

—Son mamadas.

—¿Y la resistencia estructural?

—Mamadas.

—¿Y por qué se cayó el puente?

—Pues porque eran unas mamadas.

Nadie aceptaría semejante nivel de estupidez en ninguna profesión seria. Pero en política parece suficiente.

Y aquí está el truco más perverso: nos venden esa pobreza intelectual como autenticidad.

"Es que habla como la gente."

¿Como cuál gente?

Porque yo conozco albañiles capaces de explicar mejor la economía que muchos diputados. Conozco campesinos que entienden la relación entre precios, monopolios y corrupción mejor que algunos senadores. Conozco taxistas que pueden sostener una conversación histórica durante horas.

La gente común no es estúpida.

Lo que ocurre es que las élites políticas han decidido que la manera más fácil de parecer cercanas es rebajarse al nivel más elemental posible de comunicación. No elevan al público. Se arrastran hacia la simplificación absoluta.

Y el público, agotado por décadas de discursos vacíos, confunde la falta de formalidad con la honestidad.

Pero la honestidad no consiste en hablar feo.

Consiste en explicar.

Consiste en defender una idea aunque sea incómoda.

Consiste en responder preguntas difíciles con algo más sofisticado que una expresión de cantina.

Lo verdaderamente alarmante es que esta degradación no ocurre solo en México. Es una epidemia global. La política se ha transformado en una competencia para ver quién produce la frase más viral, el insulto más compartible y el gesto más memeable.

Los problemas reales —salarios, vivienda, salud, educación, violencia, desigualdad— requieren análisis complejos. Pero los análisis complejos no caben en un clip de quince segundos.

Así que desaparecen.

Y en su lugar aparece el espectáculo.

Los políticos se convierten en influencers.

Los ciudadanos se convierten en audiencias.

Y la democracia se convierte en una sección de comentarios.

George Orwell escribió que la decadencia del lenguaje y la decadencia política se alimentan mutuamente. Tenía razón. Cuando las palabras pierden precisión, el pensamiento pierde profundidad. Y cuando el pensamiento pierde profundidad, los demagogos encuentran terreno fértil.

Porque un pueblo acostumbrado a los eslóganes termina olvidando cómo distinguir entre una idea y una ocurrencia.

Al final, el verdadero problema no es escuchar una grosería en boca de un político. El verdadero problema es descubrir que detrás de la grosería no había nada más.

Ni una explicación.

Ni una propuesta.

Ni una reflexión.

Solo ruido.

Y una sociedad que confunde el ruido con la verdad es una sociedad que ha empezado a olvidar cómo pensar.


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