lunes, 7 de septiembre de 2026



 Hay algo fascinante en la discusión sobre los lobos. No porque trate de lobos. Si fuera realmente sobre lobos, los seres humanos ya habríamos encontrado una solución hace siglos. No. La discusión trata sobre nosotros, que somos una especie mucho más problemática.

Escuchas a los políticos y parece que Estados Unidos está siendo invadido por una horda de lobos sedientos de sangre que bajan de las montañas cada noche para destruir la economía nacional. Uno imagina a Wall Street desplomándose porque un lobo se comió una vaca en Wyoming.

"¡Hay que detener a los lobos!"

Claro. Porque cuando algo sale mal en una sociedad compleja, la solución favorita de los humanos es encontrar algo con dientes y dispararle.

Lo curioso es que las vacas no son animales salvajes. No aparecieron por generación espontánea en las praderas. Las llevamos allí nosotros. Tomamos millones de hectáreas que antes pertenecían a ecosistemas completos, eliminamos a los depredadores, cercamos la tierra, introdujimos ganado y luego, cuando algún lobo superviviente intenta hacer lo que los lobos llevan haciendo desde mucho antes de que existieran los rancheros, declaramos una emergencia nacional.

Es como si alguien construyera una casa en medio del océano y luego exigiera que arrestaran a los tiburones.

Y lo mejor es que el gobierno ya paga compensaciones por muchas de esas pérdidas. Sí. El Estado toma dinero de millones de contribuyentes y se lo entrega a los propietarios cuando un lobo mata ganado. Es decir, la sociedad entera ya está participando en el costo de la conservación.

Pero aun así no basta.

Porque el problema nunca es solamente económico.

La realidad es más emocional. Más humana.

Nos molesta que exista algo que no controlamos.

Nos incomoda profundamente que todavía quede un animal capaz de ignorar nuestras reglas.

El lobo no entiende de propiedad privada. No sabe quién ganó las elecciones. No sigue las fluctuaciones del mercado. No le importa el precio de la carne ni las acciones de una corporación ganadera.

Simplemente existe.

Y eso resulta insoportable para una civilización que cree que todo debe estar subordinado a sus intereses.

Los mismos seres humanos que destruyen bosques, contaminan ríos, extinguen especies y alteran el clima global se presentan luego como víctimas porque un depredador natural se comió una vaca.

Eso requiere un nivel de creatividad moral realmente impresionante.

Imagina una conferencia de prensa de la naturaleza.

El lobo se acerca al micrófono y dice:

—Perdón, pensé que era comida.

Y entonces aparece la humanidad:

—¡Monstruo! ¡Asesino! ¡Amenaza para la civilización!

Dice la especie que inventó las guerras mundiales.

La ironía es tan grande que debería verse desde el espacio.

Lo más gracioso es que quienes exigen la eliminación de los lobos suelen defender con pasión el libre mercado. Pero aparentemente el libre mercado funciona hasta que aparece un competidor con cuatro patas.

Si una corporación destruye a otra, eso es competencia.

Si un lobo encuentra una vaca, eso es una crisis nacional.

Parece que el capitalismo funciona mejor cuando todos los competidores son humanos.

Al final, la discusión sobre los lobos revela algo incómodo. La humanidad habla constantemente de convivir con la naturaleza, pero lo que realmente quiere decir es que está dispuesta a convivir con la naturaleza siempre que ésta sea obediente, silenciosa y completamente inofensiva.

Queremos osos que no ataquen.

Lobos que no cacen.

Ríos que no se desborden.

Océanos que no tengan tormentas.

Montañas que no hagan erupción.

En otras palabras, no queremos naturaleza.

Queremos decoración.

Y quizá por eso seguimos teniendo problemas. Porque la naturaleza insiste en recordarnos una verdad que detestamos escuchar: el planeta no fue diseñado para nuestra comodidad. Durante unos pocos siglos nos hemos comportado como propietarios del mundo, cuando en realidad somos apenas los inquilinos más ruidosos que ha tenido el vecindario.


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