sábado, 1 de agosto de 2026

 El público del Circo era el mayor espejo para la grandeza que existía en Roma. Aquí era donde un ciudadano se podía distinguir públicamente de forma más clara, ya fuera por las aclamaciones o por los abucheos y burlas del público. Este pensamiento estaba en la cabeza de todos los senadores que miraban el Circo desde sus villas. También estaba en la cabeza de todo zapatero que miraba al valle desde su chabola. A pesar del enorme abismo que existía entre ellos, el ideal de compartir una comunidad se mantenía firme tanto para el millonario como para el indigente. Los dos eran ciudadanos de una misma república. Después de todo, ni el Palatino ni el Aventino eran completamente unas islas. 

Tom Holland.  

Lo fascinante del pasaje de Tom Holland es que describe algo más profundo que un espectáculo. El Circo era el lugar donde Roma se veía a sí misma. No era solo entretenimiento. Era un espejo político.

Hoy ese espejo sigue existiendo, pero está roto en miles de fragmentos.

El ciudadano romano, por rico o pobre que fuera, asistía al mismo circo, veía las mismas carreras, gritaba por los mismos aurigas y, al menos durante unas horas, compartía una identidad común. Había desigualdades inmensas, pero existía un escenario donde todos podían reconocerse como miembros de una misma comunidad política.

Hoy ocurre casi lo contrario.

Cada persona tiene su propio "circo": su red social, su canal de YouTube, su grupo de WhatsApp, su algoritmo. Ya no existe una plaza donde todos miren el mismo espectáculo. Vivimos en pequeños anfiteatros digitales donde el aplauso y el abucheo siguen siendo la moneda de prestigio, pero cada audiencia es distinta.

El senador romano temía el juicio de la multitud. El político moderno teme la tendencia del día, el video viral, la tormenta en redes. El zapatero romano compartía el mismo rumor que el senador. Hoy dos vecinos pueden vivir puerta con puerta y habitar universos informativos completamente distintos.

Quizá esa sea una de las grandes transformaciones de nuestro tiempo: hemos conservado el espectáculo, pero hemos perdido parte del público.

Y cuando desaparece un público común, también se debilita la idea de una comunidad común. La discusión política deja de ser un desacuerdo entre conciudadanos y empieza a parecer una guerra entre tribus. El adversario ya no es alguien que comparte la misma plaza; es alguien que vive en otro universo.

Tom Holland sugiere que ni el Palatino, donde residían las élites, ni el Aventino, asociado al pueblo, eran islas. Hoy, paradójicamente, los barrios están conectados por fibra óptica, pero las mentes pueden estar más aisladas que nunca.

Quizá el desafío de las democracias contemporáneas no sea solo reducir la desigualdad económica. También consiste en reconstruir aquellos espacios donde personas muy distintas vuelvan a sentirse parte de una misma historia. Sin ese sentimiento compartido, la ciudadanía se convierte en una suma de individuos; la república deja de ser un "nosotros" y pasa a ser una multitud de "yoes" que solo coinciden en el mapa, pero ya no en la imaginación.

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