Miren a este sujeto.
Chumel Torres.
Un tipo que convirtió la arrogancia de patio de recreo en un modelo de negocios multimillonario. Y la gente se indigna, se desgarra las vestiduras y escribe análisis sociológicos profundos llamándolo "el niño Quico del Internet".
¡Por favor! ¡No me jodan! ¿Analizarlo? No hay nada que analizar. Chumel no es un enigma filosófico; es solo un imbécil con un micrófono y una conexión a Internet. Es el clásico mamón que creció convencido de que su torta de jamón era el centro del sistema solar, y descubrió que si se la refriega en la cara a los demás lo suficiente, la gente le paga por ello.
Pero esperen un segundo. No nos engañemos. No nos sentemos aquí en nuestro pedestal moral a señalar con el dedo como si nosotros fuéramos los santos de la pureza intelectual. Porque si Chumel es Quico... ¿quiénes carajos somos nosotros? ¡Somos la maldita vecindad!
Nos encanta hacernos los superiores. Leemos una frase bonita sobre "la lectura ontológica del privilegio infantil" y asentimos con la cabeza sintiéndonos muy inteligentes. Pero a la hora de la verdad, ¿qué hacemos? Le damos clic. Le respondemos. Lo volvemos tendencia. Nos enojamos en Twitter durante cuatro horas porque el tipo dijo otra idiotez, y mientras nosotros echamos espuma por la boca, el tipo cobra su cheque. ¡Él gana, nosotros perdemos y el algoritmo se parte de la risa!
Él vende la pelota cuadrada y nosotros hacemos fila para ver cómo la patea. Nos encanta odiarlo. Nos alimenta el ego sentirnos más conscientes, más educados y más empáticos que él. Chumel necesita la atención para validar su privilegio, pero la audiencia necesita a Chumel para sentirse moralmente superior. Es un círculo vicioso de estupidez mutua.
Así que sí, Chumel es un Quico que nunca creció. Un sujeto atrapado en el balcón del privilegio mirando hacia abajo. Pero la verdadera tragedia no es que él exista. La verdadera tragedia es que el patio de abajo está lleno de adultos comportándose como niños, peleándose por ver quién se indigna más rápido.
Al final del día, el circo funciona porque todos compramos el boleto. Él pone el berrinche, la red social pone la carpa y nosotros ponemos el tiempo de nuestras vidas que nunca vamos a recuperar. Qué gran país, ¿verdad?
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