De pronto, el país entero se vuelve rico.
Uno se sienta cómodamente, mira su cuenta bancaria, recuerda que recibe una pensión alta del Estado y llega a una conclusión extraordinaria:
“Nadie vive con diez mil pesos al mes.”
Nadie.
No “yo no podría”.
No “me parece insuficiente”.
No.
Nadie.
Como si los otros 130 millones de mexicanos hubieran desaparecido detrás del sillón.
Ese es uno de los grandes trucos de la vida moderna: convertir la experiencia personal en una ley universal.
Yo tengo una pensión buena, por lo tanto todos tienen una pensión buena.
Yo tengo casa, por lo tanto todos tienen casa.
Yo puedo pagar medicamentos, comida, electricidad y transporte, por lo tanto todos pueden.
Y si alguien dice que no puede, seguramente está administrando mal su dinero.
Qué conveniente.
El capitalismo tiene una habilidad extraordinaria para convertir privilegios históricos en virtudes personales.
Hay millones de mexicanos que llegaron a la vejez después de una vida laboral marcada por la informalidad, los salarios bajos, trabajos sin seguridad social y carreras laborales fragmentadas.
No todos trabajaron cuarenta años en una empresa pública.
No todos tuvieron una plaza sindical.
No todos tuvieron una pensión de Pemex.
No todos pudieron cotizar regularmente.
Algunos llegaron a los 65 años con una pensión pequeña.
Otros sin pensión contributiva.
Otros dependen de sus hijos.
Otros viven con su pareja.
Otros viven solos.
Y otros descubrieron, cuando llegó la vejez, que aquella frase maravillosa de nuestra juventud, “hay que ahorrar para el futuro”, era básicamente un consejo dirigido a personas que tenían dinero suficiente para ahorrar.
Porque ahorrar con un salario miserable es una actividad fascinante.
Primero pagas la comida.
Después la renta.
Después la luz.
Después el transporte.
Después los medicamentos.
Después alguna emergencia.
Y finalmente aparece el ahorro, como un pariente pobre al que nadie invitó a la fiesta.
La ENIGH 2024 nos ofrece una fotografía bastante menos romántica.
Los hogares integrados exclusivamente por personas de 65 años o más tuvieron un ingreso corriente promedio de aproximadamente 18 mil pesos mensuales por hogar.
Por hogar.
No por persona.
Y ahí está el pequeño detalle que suele desaparecer cuando hacemos discursos desde una sala confortable.
Si viven dos adultos mayores en ese hogar, esos 18 mil pesos representan, en términos muy simples, unos 9 mil pesos por persona.
Y todavía estamos hablando de un promedio.
Los promedios son criaturas muy curiosas.
Si una persona tiene cien pesos y otra tiene diez mil, el promedio es 5,050.
El estadístico sonríe.
El que tiene cien pesos no.
Por eso la frase “nadie vive con diez mil pesos” es tan interesante.
Porque millones de personas viven con menos.
La cuestión no es si pueden.
La cuestión es cómo pueden.
Y ésa es una diferencia gigantesca.
Vivir no significa vivir bien.
Sobrevivir no significa tener seguridad.
Llegar a fin de mes no significa tener una vida digna.
Una persona puede vivir con diez mil pesos.
También puede vivir con cinco mil.
También puede vivir con tres mil.
El cuerpo humano tiene una capacidad extraordinaria para adaptarse a la pobreza.
Lo que no tiene es una capacidad infinita para pagar medicinas, enfermedades, alimentos, transporte y vivienda.
Y entonces aparece la Pensión para Adultos Mayores.
La discusión debería ser bastante sencilla:
¿Queremos que una persona llegue a la vejez dependiendo exclusivamente de la familia?
¿Queremos que sus hijos sean su sistema de pensiones?
¿Queremos que una mujer que trabajó toda su vida en una casa, sin salario y sin cotizaciones, descubra a los 65 años que el Estado considera que su trabajo no cuenta?
¿Queremos que un campesino, un vendedor ambulante, una trabajadora doméstica o un trabajador informal llegue a la vejez con una mano adelante y otra atrás?
Podemos discutir cuánto debe pagar el Estado.
Podemos discutir cómo financiarlo.
Podemos discutir si debe ser universal o focalizado.
Incluso podemos discutir si una persona con una pensión extraordinariamente alta debería recibir además una transferencia universal.
Eso sí es política pública.
Pero decir:
“Yo tengo una buena pensión, por lo tanto nadie necesita esa ayuda”
no es política pública.
Es autobiografía.
Y aquí aparece una de las grandes trampas del debate mexicano.
El hombre que recibe una pensión de Pemex puede pensar que la Pensión del Bienestar es innecesaria.
Y quizá, para él, lo sea.
Perfecto.
Que no la cobre.
Pero no puede utilizar su situación para hablar en nombre de todos los viejos de México.
Porque su pensión no es la experiencia de México.
Es la experiencia de él.
Y aquí conviene recordar una vieja regla de la estadística:
el plural de “yo” no es “nosotros”.
Hay algo todavía más curioso.
Algunas personas pasan décadas defendiendo la idea de que cada individuo debe resolver sus propios problemas.
Hasta que llega la vejez.
Entonces descubren que la sociedad existe.
Descubren que hay carreteras.
Hospitales.
Pensiones.
Subsidios.
Servicios públicos.
Y descubren también que el dinero público, ese dinero que durante años parecía una molestia burocrática, puede resultar bastante agradable cuando llega a la cuenta bancaria.
La sociedad moderna funciona precisamente porque aceptamos algo bastante revolucionario:
ninguno de nosotros se sostiene completamente solo.
El hombre que dice “yo me hice solo” suele olvidar al maestro que lo enseñó a leer, al médico que lo atendió, al trabajador que construyó la carretera, al campesino que produjo sus alimentos, al electricista que llevó la luz hasta su casa y al Estado que mantuvo funcionando las reglas que hicieron posible su vida.
El individualismo absoluto es como una autobiografía escrita por un náufrago que convenientemente olvida el barco.
Y quizá el problema más profundo no sea económico.
Es psicológico.
Cuando una persona ha conseguido escapar de la pobreza, puede desarrollar una peligrosa ilusión retrospectiva:
“Si yo pude, cualquiera puede.”
No necesariamente.
Tal vez tuvo mejores circunstancias.
Tal vez nació en una época diferente.
Tal vez tuvo empleo formal.
Tal vez tuvo sindicato.
Tal vez tuvo seguridad social.
Tal vez tuvo una vivienda heredada.
Tal vez tuvo una familia que pudo ayudarlo.
Tal vez simplemente tuvo suerte.
Pero la suerte tiene un defecto terrible:
cuando nos acompaña durante demasiado tiempo empezamos a llamarla mérito.
Así que no.
No es verdad que “nadie vive con diez mil pesos”.
Millones lo hacen.
Lo verdaderamente incómodo es preguntarnos por qué.
Y todavía más incómodo:
¿qué clase de sociedad hemos construido cuando una persona puede trabajar toda su vida y llegar a los 65 años sin suficiente dinero para vivir con tranquilidad?
Ésa es la pregunta que deberíamos estar haciendo.
No si un jubilado de Pemex necesita tres mil pesos más.
Porque probablemente no los necesita.
Pero el país no está formado exclusivamente por jubilados de Pemex.
Hay millones de viejos que llegan a la vejez con algo mucho más pequeño que una pensión:
llegan con la esperanza de que sus hijos puedan ayudarlos.
Y convertir a los hijos en el sistema nacional de pensiones no es solidaridad.
Es trasladar el problema una generación hacia adelante.
La vejez no debería ser una lotería.
Y una sociedad decente no debería medir la dignidad de sus viejos preguntándoles cuánto dinero lograron acumular cuando todavía tenían fuerzas para trabajar.
Porque algún día, inevitablemente, todos llegamos al mismo lugar.
La diferencia es que algunos llegan con una pensión de Pemex.
Y otros llegan preguntándose si este mes alcanzará para las medicinas.
Ahí termina la anécdota.
Y comienza la política.
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