La libertad del papel y la libertad de la vida
Hay frases que suenan nobles en una conversación universitaria y, sin embargo, se vuelven ofensivas cuando se pronuncian frente a quien vive en la precariedad. Decirle a un hombre que gana el salario mínimo, viaja tres horas diarias en transporte público, teme perder el empleo y no consigue atención médica oportuna que “tiene libertad de expresión, derecho al voto y acceso a los tribunales” puede provocar algo más que una discusión: puede provocar indignación. Esa indignación no nace necesariamente de un rechazo a la democracia; nace de una experiencia cotidiana que parece desmentir las palabras.
El debate sobre la libertad suele arruinarse por una mala costumbre intelectual: hablar de ella como si fuera una sustancia metafísica, una esencia que un régimen posee o no posee. Preguntamos si en el comunismo había libertad, si en el nazismo había libertad o si en las democracias occidentales hay libertad, y esperamos una respuesta binaria. La historia rara vez concede ese lujo. Lo que existen son libertades concretas: libertad de prensa, de asociación, de movimiento, de culto, de trabajo, de defensa jurídica, de participación política. Algunas se ganan, otras se pierden, otras se amplían para unos mientras se restringen para otros.
Los regímenes comunistas del siglo XX ofrecieron, en distintos grados, seguridad laboral, educación y salud más extendidas que las existentes en muchos países pobres de su tiempo, pero restringieron severamente el pluralismo político, la prensa independiente y la oposición organizada.
El nazismo, por su parte, destruyó deliberadamente las libertades políticas y persiguió a grupos enteros de la población; la aparente normalidad cotidiana de algunos ciudadanos descansaba sobre la exclusión y el terror aplicados a otros.
Las democracias occidentales, comparativamente, protegen mucho mejor la libertad de expresión, la competencia electoral y las garantías judiciales, aunque están lejos de asegurar igualdad real de influencia o de oportunidades. La conclusión incómoda es que ningún sistema histórico ha maximizado todas las libertades al mismo tiempo.
Sin embargo, la cuestión más urgente no es comparar sistemas históricos, sino comprender la distancia entre derechos formales y libertades efectivas. El derecho formal es aquello que la constitución reconoce; la libertad efectiva es aquello que una persona puede ejercer sin poner en riesgo su supervivencia.
Una mujer que trabaja en el servicio doméstico puede tener legalmente derecho a demandar a un empleador abusivo. Pero demandar implica tiempo, dinero, transporte, asesoría jurídica y la posibilidad de quedar sin trabajo durante meses. Un vendedor ambulante puede criticar públicamente a una autoridad local, pero si su permiso depende de esa misma autoridad, la libertad existe en el texto legal y se desvanece en la práctica. Un joven de un barrio marginado posee, en teoría, el mismo derecho a no ser detenido arbitrariamente que un profesionista de una zona acomodada; en la experiencia cotidiana, la probabilidad de ser revisado, intimidado o detenido suele ser muy distinta.
Aquí aparece una idea central para entender América Latina: la desigualdad no solo distribuye ingresos; distribuye grados de libertad.
La persona rica puede elegir barrio, escuela, hospital, abogado, medio de transporte e incluso país de residencia. Puede rechazar un empleo y esperar otro mejor. Puede pagar especialistas médicos, protección privada y representación legal. Puede dedicar tiempo a la política, financiar campañas, acceder a redes de poder y amplificar su voz en medios y plataformas. La persona pobre, en cambio, suele elegir dentro de un menú estrecho: el trabajo disponible, la escuela cercana, el hospital saturado, el transporte lento, la vivienda posible.
Esto no significa que los pobres carezcan de derechos. Significa que sus derechos son más frágiles y costosos de ejercer. Por eso algunos sociólogos hablan de ciudadanía de baja intensidad: se es ciudadano ante la ley, pero la protección estatal llega de manera intermitente y desigual.
La filosofía política ayuda a aclarar esta diferencia. Isaiah Berlin distinguía entre libertad negativa —que nadie me impida actuar— y libertad positiva —tener los medios reales para actuar—. Una democracia liberal puede garantizar ampliamente la primera y, sin embargo, dejar muy desigualmente distribuida la segunda. Un régimen socialista puede intentar expandir la segunda y terminar destruyendo la primera. El dilema moderno no consiste en escoger una y abolir la otra, sino en impedir que la libertad formal se convierta en privilegio y que la búsqueda de igualdad destruya las garantías individuales.
Volvamos entonces a la escena inicial. Si alguien responde con una cachetada simbólica al discurso de los derechos, quizá esté diciendo: “No me hables de lo que está escrito; háblame de lo que puedo hacer mañana”. Esa respuesta contiene una verdad moral importante. Las sociedades democráticas fracasan cuando confunden la promulgación de derechos con su realización efectiva.
Pero también sería un error concluir que los derechos formales no sirven para nada. Gracias a ellos existen amparos, organizaciones civiles, periodistas de investigación, litigios estratégicos y movimientos sociales que, precisamente, luchan por convertir derechos escritos en derechos vividos. La libertad del papel no es suficiente, pero suele ser una condición necesaria para conquistar libertades más reales.
La pregunta decisiva para América Latina no es “¿tenemos libertad?”. La pregunta correcta es mucho más incómoda: ¿quién puede ejercer sus libertades sin miedo, sin endeudarse y sin sacrificar su futuro?. Mientras la respuesta dependa en gran medida del ingreso, la educación, el barrio o los contactos, nuestras democracias seguirán siendo democracias incompletas.
La tarea política del siglo XXI quizá consista en cerrar la distancia entre la constitución y la calle, entre el derecho proclamado y la vida concreta. Cuando esa distancia se vuelve demasiado grande, la libertad deja de percibirse como una experiencia compartida y empieza a parecer, para millones de personas, una promesa escrita por otros para otros.
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