viernes, 21 de agosto de 2026

 


La gripe presidencial y el maravilloso planeta de los “objetivos”

Hay algo encantador en la prensa política: todos quieren ser objetivos, pero algunos necesitan hacer un doctorado en sarcasmo para informar que alguien tiene gripe.

La presidenta se enferma.

No pasa nada extraordinario. Los presidentes, aunque a veces sus seguidores y detractores parezcan creer lo contrario, siguen siendo mamíferos. Tienen fiebre, tos, diarrea, migrañas y ese maravilloso repertorio de enfermedades que nos recuerda que, debajo del cargo, hay un organismo que también necesita dormir.

Entonces un periodista escribe:

“La presidenta anda con gripa y no dará conferencia.”

Perfecto. Información.

Pero luego aparece:

“A ver si no comienza a ser costumbre la ausencia por resfriados…”

Ah, carajo.

Ya no estamos informando sobre la gripe. Estamos fabricando una sospecha.

Y después:

“Andan muy fuertes los bichos, particularmente a los que les retiran la visa.”

¡Excelente!

La gripe acaba de convertirse en geopolítica.

Tenemos un virus mexicano con conexiones internacionales, aparentemente informado sobre política migratoria estadounidense y capaz de distinguir entre ciudadanos comunes y personas a las que les retiran la visa.

Eso no es información. Es insinuación con corbata.

Y entonces llega la cereza:

“Igual y tomar aire fresco en Palenque ayuda.”

Porque aparentemente una enfermedad respiratoria presidencial no podía terminar simplemente con:

“Que se mejore.”

No.

Había que meter a Palenque.

Había que meter al expresidente.

Había que meter la insinuación sobre las visas.

Había que meter la sospecha de que faltar hoy podría convertirse mañana en costumbre.

Todo eso en un comentario sobre una mujer que tiene gripe.

Y después, si alguien señala el sesgo, aparece el maravilloso comodín profesional:

“Pero es que fue una broma.”

Ah, sí.

La broma.

Ese territorio mágico donde uno puede decir cualquier cosa, insinuar cualquier cosa y después retirarse elegantemente diciendo:

“¡Era humor!”

Es una herramienta extraordinaria.

—¿Estás insinuando que la presidenta está fingiendo?

—No, hombre, era broma.

—¿Estás relacionando su enfermedad con las visas?

—¡No! Era sarcasmo.

—¿Estás metiendo a López Obrador y Palenque en una noticia sobre una gripe?

—¡No sean susceptibles!

Entonces uno empieza a sospechar que la palabra “objetividad” ha sufrido una transformación semejante a la que sufrió la palabra “democracia”: todo mundo la utiliza, pero cada quien la acomoda como puede.

Porque ser objetivo no significa no tener opiniones.

Ese es el punto que suele confundirse.

Un periodista puede ser opositor. Puede ser oficialista. Puede detestar a Sheinbaum. Puede simpatizar con ella. Puede pensar que el gobierno es magnífico o desastroso.

Todo eso pertenece al ámbito de sus opiniones.

Lo que resulta intelectualmente deshonesto es presentarse como una especie de cámara de seguridad humana mientras se introducen opiniones, insinuaciones y sarcasmos dentro de la información.

Si quieres criticar al gobierno, magnífico.

Di:

“Considero irresponsable que la presidenta cancele la conferencia por una gripe.”

Eso es una opinión.

O:

“Me parece sospechoso que esté ausente precisamente ahora.”

También es una opinión, aunque necesitaría argumentos.

O incluso:

“Creo que esta administración está ocultando información.”

Perfecto. Defiéndelo.

Pero no hagamos el truco de:

“Yo solamente estoy informando.”

cuando en realidad acabas de construir una pequeña novela de conspiración utilizando tres chistes, dos insinuaciones y una referencia geográfica.

Porque entonces el problema ya no es qué posición política tienes.

El problema es que no quieres reconocer que tienes una posición política.

Y eso es mucho más interesante.

Porque los medios no tienen obligación de ser políticamente asépticos. Tienen obligación de ser honestos respecto de lo que están haciendo.

Puedes tener un periódico conservador. Puedes tener uno progresista. Puedes tener uno liberal, socialista, nacionalista, monárquico o dedicado exclusivamente a noticias sobre señores que se caen de bicicletas.

El lector puede saber desde qué ventana estás mirando.

Lo que resulta tramposo es pintar la ventana de transparente y luego decir:

“Aquí no hay ventana.”

Y el público mirando a través de ella:

—¿Por qué todo lo que veo tiene el mismo color?

—No sé, señor. Debe ser la realidad.

No.

Es el vidrio.

Y eso es justamente lo que hace interesante el comentario de Cárdenas: no necesitamos investigar toda su carrera, conocer todos sus artículos ni determinar qué piensa sobre cada asunto.

Este comentario se puede analizar por sí mismo.

Comienza como noticia, se desliza hacia la sospecha, introduce una asociación política y termina con sarcasmo.

Eso tiene una dirección.

No necesitamos afirmar que sea “malo”. Tampoco necesitamos defender a Sheinbaum para reconocerlo.

Simplemente podemos decir:

“Esto no es un comentario neutral.”

Y después viene una pregunta todavía más incómoda:

¿Por qué habría que ocultarlo?

¿Por qué un periodista tendría que avergonzarse de decir:

“Sí, soy opositor de este gobierno.”

¿Acaso es un crimen?

No.

Lo que resulta ridículo es querer conservar simultáneamente la libertad del opinador y la autoridad del informador.

Quieren lanzar la piedra y conservar la bata blanca.

Quieren hacer política con el micrófono y después decir que solamente estaban haciendo periodismo.

Pues no.

Si quieres hacer periodismo de opinión, hazlo.

Si quieres hacer sátira política, hazlo.

Si quieres ser opositor, sé opositor.

Si quieres defender al gobierno, defiéndelo.

Pero ponle una etiqueta al frasco.

Porque el ciudadano puede tolerar que alguien piense diferente.

Lo que debería exigir es algo mucho más básico:

que no le vendan una opinión disfrazada de realidad objetiva.

Y así llegamos a la situación absurda de nuestra época:

La presidenta tiene gripe.

La oposición tiene una teoría.

El periodista tiene un chiste.

Palenque tiene aire fresco.

Y el pobre ciudadano sólo quería saber si mañana habrá conferencia.

Bienvenidos al periodismo del siglo XXI: donde hasta un estornudo necesita editorial.

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