La ignorancia engendra confianza con más frecuencia que el conocimiento.
La frase de Charles Darwin, "La ignorancia engendra confianza con más frecuencia que el conocimiento", suele interpretarse como una observación sobre la naturaleza humana, pero en política adquiere un filo especial.
La política rara vez premia a quien dice: "No estoy seguro". En cambio, suele recompensar a quien habla con absoluta certeza, aunque esa certeza esté construida sobre arena. Quien conoce un problema descubre sus contradicciones, sus límites y sus matices. Quien lo ignora solo ve una línea recta y cree que basta con caminar sobre ella.
Por eso, los discursos populistas, extremistas o demagógicos suelen estar llenos de respuestas sencillas para problemas complejos. Prometen que todo se resolverá expulsando a un enemigo, levantando un muro, nacionalizando una industria o privatizando todo. La ignorancia convierte el mundo en un tablero con piezas blancas y negras. El conocimiento revela miles de tonos grises.
Existe incluso un fenómeno estudiado por la psicología, el efecto Dunning-Kruger, según el cual las personas con menos conocimientos sobre un tema tienden a sobreestimar su propia competencia, mientras que quienes saben más suelen ser más cautelosos porque comprenden la magnitud de lo que desconocen.
En las democracias, esto representa un desafío permanente. Un político que ofrece dudas puede parecer débil. Uno que ofrece certezas absolutas puede parecer un líder fuerte, aunque sus propuestas sean inviables. La confianza, entonces, deja de ser una consecuencia del conocimiento y se convierte en un espectáculo.
Paradójicamente, la auténtica sabiduría política comienza cuando alguien puede decir: "No tengo todas las respuestas, pero estoy dispuesto a buscarlas". La ignorancia grita. El conocimiento suele hablar en voz más baja, porque ha aprendido que la realidad nunca cabe entera en un eslogan.
Sin duda. La frase también encaja con una parte del ecosistema de los podcasts, aunque no con todos.
El formato del podcast favorece conversaciones largas y, cuando se hace con rigor, permite profundizar, matizar y cambiar de opinión. Pero también existe el incentivo contrario: hablar con seguridad sobre cualquier tema, aunque no se domine. La confianza vende. La duda, muchas veces, no genera tantos clics.
Por eso abundan comentaristas que opinan con la misma convicción sobre economía por la mañana, geopolítica al mediodía y medicina por la noche. No necesariamente porque sepan más, sino porque el formato premia la seguridad y la velocidad antes que la verificación.
La advertencia de Darwin sigue vigente: la ignorancia puede sonar muy convincente. El conocimiento, en cambio, suele venir acompañado de frases como "depende", "la evidencia no es concluyente" o "no lo sé". Esas expresiones pueden parecer menos espectaculares, pero son las que suelen caracterizar a quienes realmente entienden la complejidad de un asunto.
En ese sentido, un buen divulgador no es quien nunca duda, sino
quien sabe distinguir entre lo que conoce, lo que sospecha y lo que
ignora. Esa honestidad intelectual vale mucho más que una seguridad
inquebrantable.
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