miércoles, 26 de agosto de 2026


Hubo una época en la que la mayoría de la gente no sabía leer.

No porque fueran estúpidos.

Simplemente nadie les había enseñado.

La alfabetización era un lujo. Los libros costaban una fortuna, escribir requería tiempo y educación, y el conocimiento estaba concentrado en manos de quienes tenían dinero, poder o sotana.

Así que teníamos una división bastante sencilla:

Los que sabían leer.

Y los que escuchaban lo que les decían los que sabían leer.

Qué sistema tan eficiente.

El rey decía algo.

El sacerdote lo explicaba.

El campesino asentía.

Y Dios, aparentemente, tenía una política de comunicación bastante vertical.

Pero entonces ocurrió uno de los grandes milagros de la civilización: aprendimos a leer.

Imprimimos libros.

Construimos escuelas.

Alfabetizamos a millones.

Democratizamos el conocimiento.

Y finalmente llegamos al siglo XXI.

La humanidad había conseguido algo extraordinario:

casi todo el mundo sabía leer.

Y entonces inventamos Facebook.


Porque resulta que aprender a leer no significa necesariamente aprender a pensar.

Puedes leer perfectamente una frase como:

“El agua hierve a 100 °C al nivel del mar.”

Y puedes leer también:

“Bill Gates controla el clima mediante antenas secretas instaladas en las vacunas.”

Las dos frases utilizan letras.

Ahí termina la similitud.

El problema es que nuestro cerebro no viene equipado con un pequeño bibliotecario interno que grite:

“¡Un momento, caballero! ¡Esta fuente es una basura!”

No.

Nuestro cerebro es mucho más democrático.

Está dispuesto a considerar cualquier estupidez siempre que venga acompañada de suficiente seguridad, indignación y una fotografía con letras amarillas.


Y aquí aparece una ironía maravillosa.

Durante siglos, la humanidad luchó para que la gente pudiera acceder al conocimiento.

Y finalmente lo consiguió.

Ahora tenemos acceso instantáneo a más información de la que cualquier emperador, rey, papa o filósofo de la Antigüedad pudo imaginar.

Tienes en el bolsillo una máquina capaz de consultar millones de libros.

Puedes leer a Aristóteles mientras estás viajando.

Puedes escuchar a Mozart mientras cocinas.

Puedes consultar documentos medievales desde una hamaca.

Puedes leer a Darwin mientras esperas el autobús.

La humanidad conquistó el conocimiento.

Y nosotros utilizamos esa maravilla tecnológica para discutir con desconocidos sobre si una celebridad se ve gorda en una fotografía.

Progreso.


El habitante del siglo XV tenía una excusa.

“No puedo leer.”

Perfectamente comprensible.

El habitante del siglo XXI tiene otra:

“Sí puedo leer, pero no voy a leer eso porque mi cuñado dice que es mentira.”

Ah.

La evolución intelectual dio un giro inesperado.

Ya no necesitamos sacerdotes que nos digan qué pensar.

Tenemos algoritmos.

Mucho más eficientes.

El sacerdote del siglo XIII decía:

“Esto es verdad porque la Iglesia lo dice.”

El algoritmo del siglo XXI dice:

“Esto es verdad porque has visto 47 videos que dicen exactamente lo mismo.”

Y nuestro cerebro:

“¡Evidencia contundente!”


Quizá los historiadores del año 2126 nos estudien con cierta fascinación.

Encontrarán nuestros teléfonos.

Nuestros libros.

Nuestros periódicos.

Nuestros archivos digitales.

Nuestros millones de universidades, bibliotecas y centros de investigación.

Y probablemente llegarán a una conclusión desconcertante:

“Tenían acceso prácticamente ilimitado a información, pero tenían grandes dificultades para determinar cuál era fiable.”

Y entonces quizá inventen un término académico para describirnos:

Analfabetismo epistemológico.

No significa no saber leer.

Significa no saber qué hacer con lo que lees.

No saber distinguir una evidencia de una anécdota.

Una fuente de una opinión.

Una explicación de una excusa.

Una correlación de una causalidad.

Una estadística de un meme.

Una investigación científica de un señor con micrófono diciendo:

“A mí me parece...”

Porque esa frase ha causado más estragos intelectuales que varias guerras.


Pero hay algo todavía más incómodo.

El pensamiento crítico no consiste simplemente en detectar las estupideces de los demás.

Eso es fácil.

El verdadero pensamiento crítico comienza cuando alguien presenta una estupidez que nos gusta.

Ahí es donde empieza la prueba.

Si alguien dice algo que contradice nuestras ideas:

“¡Propaganda!”

Si alguien dice algo que confirma nuestras ideas:

“¡Investigación independiente!”

Curiosamente, la credibilidad de la información suele depender de si nos acaricia o nos golpea el ego.

Tenemos una maravillosa capacidad para exigir fuentes académicas cuando el argumento viene del adversario y aceptar una captura de pantalla de WhatsApp cuando viene de nuestro bando.


Y quizá eso sea lo que más sorprenda a nuestros descendientes.

No que fuéramos ignorantes.

La ignorancia siempre ha existido.

Lo sorprendente será que sabíamos que existía una respuesta y, aun así, preferíamos nuestra respuesta.

Podíamos verificar.

No verificábamos.

Podíamos comparar fuentes.

No comparábamos.

Podíamos consultar especialistas.

Consultábamos al primo.

Podíamos leer un artículo completo.

Leíamos el titular.

Podíamos reconocer nuestros errores.

Preferíamos morir en ellos.

Porque el ser humano descubrió la escritura hace miles de años, pero todavía no ha descubierto completamente cómo decir:

“Creo que estaba equivocado.”


Tal vez dentro de cien años miren nuestra época como nosotros miramos las épocas anteriores.

No dirán:

“Eran unos salvajes.”

Probablemente dirán algo más interesante:

“Estaban en transición.”

Habíamos conseguido alfabetizar a las masas, pero todavía estábamos aprendiendo a alfabetizar la mente.

Habíamos aprendido a leer palabras.

Todavía estábamos aprendiendo a leer estadísticas.

Habíamos aprendido a escribir.

Todavía estábamos aprendiendo a argumentar.

Habíamos conseguido información ilimitada.

Todavía no sabíamos administrar nuestra atención.

Y habíamos construido la mayor biblioteca de la historia...

para después ponerle una máquina tragamonedas encima.

Deslizas.

Deslizas.

Deslizas.

Una guerra.

Un gato.

Una receta.

Un genocidio.

Un señor bailando.

Una crisis económica.

Una señora vendiendo una crema.

Una teoría conspirativa.

Un niño tocando el piano.

Una masacre.

Un meme.

Todo mezclado.

La civilización humana reducida a un interminable buffet de estímulos.

Y nosotros ahí, con el pulgar:

“A ver qué hay.”


Quizá esa sea nuestra verdadera etapa histórica.

No la época en que finalmente aprendimos a leer.

Sino la época en que tuvimos que aprender algo mucho más difícil:

aprender a no creer todo lo que podemos leer.

Porque cualquier idiota puede aprender a leer.

La verdadera revolución comienza cuando aprende a preguntarse:

“¿Y cómo demonios sabes eso?”

Y esa pregunta, más que cualquier libro, quizá sea la señal de que finalmente empezamos a pensar.

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