El fascismo, pero con una i de más
Hay algo profundamente tranquilizador en la política mexicana: hasta para acusarnos de fascistas podemos cometer una falta de ortografía.
El otro día, Tania Larios subió a tribuna con un cartel que decía:
“NO AL FASCISIMO DEL BIENESTAR”.
Fascisimo.
Con una i de cortesía.
Una pequeña vocal infiltrada en la lucha contra el autoritarismo.
Y uno piensa: bueno, quizá el fascismo ya llegó tan lejos que también modificó el diccionario.
Porque si vas a denunciar el fascismo desde la tribuna, lo mínimo que uno espera es que sepas escribir la palabra que estás denunciando. No necesitas un doctorado en ciencias políticas. No necesitas haber leído a Mussolini. Ni siquiera necesitas haber terminado el diccionario. Pero, carajo, fascismo tiene nueve letras. No estamos hablando de escribir Schopenhauer mientras estás cayendo de un avión.
Pero el problema realmente interesante no es la i.
La i es apenas el cadáver sobre la mesa.
El problema es que en política hemos convertido la palabra fascismo en una especie de spray pimienta discursivo.
¿No te gusta una política?
Fascismo.
¿No te gusta un presidente?
Fascismo.
¿Hay un programa social que consideras clientelar?
¡Fascismo!
¿Subieron el precio de los tacos?
Probablemente fascismo.
Y así terminamos utilizando una palabra que originalmente describía uno de los fenómenos políticos más brutales del siglo XX como si fuera un sinónimo de “gobierno que me cae mal”.
Eso es peligroso.
Porque cuando todo es fascismo, nada es fascismo.
Es como llamar “asesino” al tipo que te quitó el estacionamiento. Sí, estás enojado. Lo entiendo. Pero eventualmente tendrás que distinguir entre alguien que te hizo perder cinco minutos y alguien que está enterrando cuerpos en el jardín.
Las palabras importan.
Especialmente las palabras grandes.
Y fascismo es una palabra enorme.
No significa simplemente “gobierno que reparte dinero y me parece populista”. El fascismo histórico tiene características mucho más concretas: autoritarismo, culto al líder, ultranacionalismo, persecución del adversario, violencia política, desprecio por las instituciones democráticas y una concepción del poder en la que el individuo termina siendo combustible para el Estado.
Por eso, si alguien quiere decir que los programas de bienestar están siendo utilizados como mecanismo de control político, adelante.
Eso se puede discutir.
Si quiere decir que existe clientelismo, también.
Si quiere argumentar que un gobierno utiliza los programas sociales para construir una relación electoral con los beneficiarios, perfecto.
Ahí tenemos una discusión política.
Pero decir “fascismo del bienestar” porque hay programas sociales es intelectualmente parecido a decir:
“Mi vecino tiene una camioneta, por lo tanto es narcotraficante.”
Bueno...
¿Y las pruebas?
Porque también Hitler tenía carreteras.
Y si empezamos a establecer conexiones políticas de ese calibre, mañana tendremos que acusar de fascismo a medio planeta por tener zapatos negros.
Pero aquí aparece la parte realmente divertida.
Quienes denuncian el supuesto fascismo del adversario deberían tener muchísimo cuidado con quiénes consideran sus aliados.
Porque resulta bastante extraño presentarse como los grandes defensores de la democracia mientras se simpatiza con movimientos y personajes de la derecha radical internacional, particularmente con figuras como Donald Trump, cuya retórica ha sido objeto de intensos debates sobre autoritarismo, nacionalismo y tendencias antidemocráticas.
No significa que todo simpatizante de Trump sea fascista.
De la misma manera, no todo simpatizante de López Obrador o de Morena es fascista.
Eso sería precisamente el mismo infantilismo político.
Pero entonces aparece una pregunta bastante sencilla:
¿El principio es realmente el mismo para todos?
Porque si el autoritarismo es malo cuando lo hace tu enemigo, pero se vuelve “liderazgo fuerte” cuando lo hace tu aliado, entonces no estás defendiendo la democracia.
Estás defendiendo a tu equipo.
Y eso es algo que los partidos políticos hacen extraordinariamente bien.
El ciudadano dice:
—Pero eso es autoritario.
El partido responde:
—Sí, pero los nuestros lo hacen por buenas razones.
Ah.
Magnífico.
La democracia ha muerto, pero con buenas razones.
Y quizá esa sea la verdadera tragedia de nuestra política: ya no discutimos principios.
Discutimos camisetas.
Si el político lleva la camiseta del equipo contrario, su autoritarismo es fascismo.
Si lleva la nuestra, es firmeza.
Si el otro utiliza programas sociales, compra votos.
Si los nuestros los utilizan, justicia social.
Si el otro ataca a los medios, quiere controlar la prensa.
Si los nuestros lo hacen, están combatiendo a los medios vendidos.
Si el otro concentra poder, dictadura.
Si los nuestros concentran poder...
Bueno...
es que el pueblo lo pidió.
La política contemporánea parece un partido de fútbol en el que cada aficionado lleva un ejemplar distinto de la Constitución.
Y entonces volvemos al famoso cartel.
“NO AL FASCISIMO DEL BIENESTAR”.
Hay algo casi poético en la escena.
Una diputada denuncia el fascismo.
El partido denuncia el fascismo.
La oposición denuncia el fascismo.
Y en medio de todo eso, nadie revisó la ortografía.
Es como entrar a una campaña contra el alcohol manejando borracho.
Como fundar una asociación para combatir la corrupción y llegar a la primera reunión preguntando cuánto hay para el presidente.
Como abrir una escuela de pensamiento crítico y repartir las respuestas del examen antes de empezar.
Pero no seamos injustos.
Una falta de ortografía no convierte a nadie en ignorante.
Todos nos equivocamos.
Yo puedo escribir mal una palabra.
Tú puedes escribir mal una palabra.
Hasta un diputado puede escribir mal una palabra.
El problema aparece cuando la palabra mal escrita está impresa en un cartel que pretende funcionar como argumento político.
Porque entonces uno se pregunta:
Si no revisaron la palabra...
¿revisaron el concepto?
Y esa es la pregunta que realmente debería preocuparnos.
No si el PRI escribió mal fascismo.
Sino si entiende lo que está denunciando.
Porque si vamos a utilizar palabras como fascismo, dictadura, comunismo, neoliberalismo, terrorismo o democracia como simples estampitas para pegarle al adversario, terminaremos viviendo en un país donde todas las palabras significan todo y, por lo tanto, ninguna significa nada.
Y cuando las palabras dejan de significar algo, los políticos tienen una ventaja maravillosa:
pueden decir absolutamente cualquier cosa.
Total, siempre habrá alguien que la escriba en un cartel.
Aunque sea...
fascisimo.
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