Rajoy vuelve a hablar y vuelve a dar vergüenza
Mariano Rajoy escribió que la selección francesa tiene “un altísimo nivel, eso sí, sin franceses” después de que España se clasificara para las semifinales del Mundial. El expresidente publicó el comentario en una columna de El Debate y volvió a demostrar que el racismo puede esconderse detrás de una frase aparentemente deportiva. El ministro francés del Interior, Laurent Nuñez, lo calificó el 12 de julio de “absolutamente inaceptable” y recordó que esos discursos alimentan los ataques racistas contra jugadores como Kylian Mbappé.
La pureza de la camiseta
Nos obsesiona la pureza. Es una vieja manía europea, un fantasma que recorre el continente cada vez que un chaval que no se apellida Dupont o García corre más rápido que los demás o mete un gol por la escuadra. El último en sumarse al club de los catadores de identidades ha sido Mariano Rajoy, ese analista geopolítico disfrazado de registrador de la propiedad, quien, en un arranque de lucidez editorial, sentenció que la selección francesa tiene un nivel altísimo, «eso sí, sin franceses».
Hay que reconocerle a Rajoy una constancia admirable en su capacidad para la prosa alambicada y el patinazo conceptual. Lo que para él era una agudeza de barra de bar, para el resto del mundo fue la constatación de un mecanismo viejo, rancio y peligrosamente sucio: la extranjería perpetua. Da igual que Kylian Mbappé haya nacido en el distrito 19 de París, que se haya criado en los suburbios de Bondy y que hable un francés más académico que el castellano de muchos de nuestros diputados. Para la mirada del examinador de pedigrí, Mbappé y sus compañeros nunca serán del todo franceses. Su piel delata que, en el fondo del subconsciente de cierta derecha, siguen siendo inmigrantes en diferido.
La ironía de que este reproche venga de un expresidente español es de un calibre casi cómico. España, ese país que se pasa el día presumiendo de sus esencias cristianas y occidentales, es en realidad el mayor monumento al mestizaje que tiene Europa. Habría que recordarle al señor Rajoy, mientras se toma su café matutino, que la taza donde lo bebe, la almohada donde descansa y la misma palabra ojalá con la que implora que sus columnas no causen un conflicto diplomático, son herencia directa de los casi ochocientos años que los musulmanes pasaron en la península.
Somos el producto de una maravillosa y desordenada mezcla de íberos, celtas, romanos, visigodos y norteafricanos. Si hiciéramos un test de ADN a los guardianes de la pureza patria, más de uno se llevaría un disgusto al descubrir que su árbol genealógico tiene más raíces en el Magreb que en las Asturias de Pelayo. La identidad no es una foto fija en blanco y negro; es un río que cambia de cauce.
Pero el fútbol, que a menudo funciona como el espejo de nuestras peores miserias y nuestras mejores virtudes, ha venido a romper el juguete de los nacionalistas étnicos. Francia no es una nación porque todos compartan el mismo tono de piel o la misma religión; lo es porque se organiza en torno a unos principios republicanos donde cualquiera, te apellides como te apellides, tiene derecho a una ciudadanía.
Lo que molesta a Rajoy y a quienes le aplauden la gracia no es que los franceses no sean franceses. Lo que les molesta es que el espejo del fútbol les devuelve una realidad irreversible: la Europa del siglo XXI es diversa, mestiza y plural. Y mientras algunos se quedan atrapados discutiendo los apellidos y los colores de la piel en las columnas de opinión, esos «no franceses» y esos nuevos españoles de origen africano siguen corriendo, metiendo goles y ganando campeonatos. Al final, la única pureza que importa en el fútbol es la del balón entrando en la red. Lo demás son complejos de una Europa que se resiste a aceptar que el futuro ya ha comenzado.
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