La vida de Maximilien Robespierre parece una tragedia escrita por la propia revolución. Comenzó como un hombre que soñaba con la justicia y terminó convertido en el rostro del miedo. Pocas personas han recorrido un camino tan corto entre la esperanza y el terror.
Nació en 1758, en Arras. Su madre murió cuando él era niño y su padre desapareció poco después. Quedó prácticamente huérfano. Era un estudiante brillante, reservado y obsesionado con la virtud. Gracias a una beca estudió derecho en París, donde leyó con pasión a Jean-Jacques Rousseau. De Rousseau tomó una idea que marcaría toda su vida: una república solo podía sobrevivir si sus ciudadanos eran virtuosos.
Cuando estalló la Revolución Francesa, Robespierre era un abogado casi desconocido. No era un gran orador como Georges Danton ni un periodista incendiario como Jean-Paul Marat. Su fuerza residía en su incorruptibilidad. Rechazaba los lujos y llevaba una vida austera. Por eso el pueblo empezó a llamarlo "el Incorruptible".
Defendió ideas muy avanzadas para su época. Quería el sufragio masculino, la abolición de la esclavitud en las colonias francesas y se oponía a la pena de muerte... al menos antes de la revolución. Creía que el rey debía responder ante la ley como cualquier ciudadano.
Pero la revolución pronto quedó rodeada de enemigos. Monarquías europeas invadían Francia, estallaban rebeliones internas y el hambre se extendía. Robespierre llegó a la conclusión de que la revolución solo sobreviviría eliminando a quienes la amenazaban.
En 1793 entró en el poderoso Comité de Salvación Pública. Allí comenzó el período conocido como el Reinado del Terror.
Miles de personas fueron enviadas a la guillotina. Nobles, sacerdotes, campesinos, revolucionarios moderados e incluso antiguos aliados. Danton murió. Después también cayeron los seguidores de Marat. La revolución empezó a devorar a sus propios hijos.
Robespierre justificaba aquellas ejecuciones con una frase que ha quedado para la historia:
> "El terror no es otra cosa que la justicia pronta, severa e inflexible."
Para él, el terror era una herramienta temporal para salvar la república. Para muchos otros, era una dictadura envuelta en el lenguaje de la virtud.
Con el paso de los meses, nadie se sentía seguro. Bastaba una acusación para terminar ante el tribunal revolucionario. Incluso quienes habían apoyado a Robespierre comenzaron a temer que serían los siguientes.
El 27 de julio de 1794, conocido como el Golpe de Termidor, sus enemigos actuaron primero. Fue arrestado. Esa noche recibió un disparo que le destrozó la mandíbula. Todavía hoy se discute si intentó suicidarse o si fue herido durante su captura.
Al día siguiente, con el rostro vendado y casi incapaz de hablar, fue llevado a la misma guillotina que había enviado a miles de personas. Tenía solo 36 años.
Su muerte puso fin al Terror.
Hasta hoy, Robespierre sigue dividiendo opiniones. Para unos fue un fanático que convirtió la virtud en una máquina de matar. Para otros fue un revolucionario atrapado en circunstancias extremas, convencido de que sin medidas brutales la revolución habría sido aplastada por reyes y ejércitos extranjeros.
Su historia deja una pregunta que atraviesa los siglos:
¿Qué ocurre cuando alguien cree poseer el monopolio de la virtud?
La respuesta suele ser amarga. Cuando una causa deja de aceptar dudas y empieza a considerar enemigos a quienes discrepan, la justicia puede transformarse lentamente en una guillotina.
Robespierre no comenzó su vida soñando con el Terror. Comenzó soñando con una sociedad justa. Quizá esa sea la lección más inquietante de todas: el camino hacia el horror no siempre nace del odio; a veces comienza con la certeza absoluta de estar haciendo el bien.
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