domingo, 5 de julio de 2026

 


La vida de Buenaventura Durruti parece escrita con hierro, pólvora y caminos polvorientos.

Nació en 1896 en León, hijo de un obrero ferroviario. Creció en una España donde la riqueza y la pobreza vivían puerta con puerta, pero sin hablarse. Aprendió el oficio de mecánico y muy pronto también aprendió otra cosa: que el mundo estaba construido de tal manera que unos pocos mandaban y muchos obedecían.

De joven se acercó al movimiento anarquista. No creía en partidos ni en gobiernos. Soñaba con una sociedad organizada por trabajadores libres, sin amos ni jerarquías. Aquella idea se convirtió en el eje de su existencia.

Durante las décadas de 1920 y 1930 vivió como un perseguido. Participó en huelgas, enfrentamientos y acciones revolucionarias. La policía lo buscó en numerosas ocasiones. Pasó por Francia, Argentina, Chile y otros países. Junto a compañeros como Francisco Ascaso formó grupos de acción que para unos eran luchadores revolucionarios y para otros simples delincuentes. La frontera entre ambas visiones dependía de quién contara la historia.

En julio de 1936 estalló la Guerra Civil Española. Cuando militares dirigidos por Francisco Franco intentaron derribar la República, Durruti estuvo entre quienes tomaron las armas para resistir en Barcelona.

Entonces nació la famosa Columna Durruti. Miles de voluntarios marcharon con él hacia Aragón. No era un ejército convencional. Elegían delegados, discutían decisiones y trataban de vivir los ideales anarquistas mientras combatían. Aquello fue una de las experiencias revolucionarias más extraordinarias del siglo XX: una guerra y una revolución ocurriendo al mismo tiempo.

Pero la historia de Durruti fue breve.

En noviembre de 1936 acudió a defender Madrid, que estaba siendo asediada. El 20 de noviembre recibió un disparo en circunstancias que siguen siendo discutidas. Algunos hablaron de una bala enemiga; otros sospecharon un accidente o incluso una conspiración. Nunca se aclaró completamente.

Murió con apenas cuarenta años.

Su entierro en Barcelona reunió a cientos de miles de personas. Las calles parecían un río humano. Para muchos trabajadores fue un héroe popular. Para sus adversarios, un revolucionario peligroso. Pero incluso quienes lo rechazaban reconocían algo en él: una coherencia feroz. Vivió exactamente como pensaba.

Hay una frase atribuida a Durruti que resume su espíritu:

"Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones."

Quizá por eso sigue siendo recordado. No porque ganara una guerra. No la ganó. Ni porque alcanzara el poder. Nunca lo buscó. Se le recuerda porque encarnó una vieja figura humana: la del hombre que apuesta toda su vida a una idea y acepta pagar el precio completo por ella.

Durruti fue una chispa. Breve, intensa, imposible de ignorar. Y las chispas, aunque se apaguen, a veces siguen iluminando la memoria durante generaciones. 

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