lunes, 13 de julio de 2026


 

La marioneta con falda (O el viejo arte de no soportar a una mujer al mando)

¡Dios mío, cómo les duele! De verdad, es un espectáculo fascinante ver a la comentocracia y a los expertos de pódcast tratar de procesar el hecho de que una mujer se sienta en la silla presidencial. Les cortocircuita el cerebro. No saben qué hacer con sus manuales de política del siglo pasado.

¿Y cuál es la respuesta automática? ¿El gran argumento intelectual? “Es un títere. Es una copia. No piensa por sí misma. Hay un hombre detrás de la cortina moviendo los hilos”. ¡Por favor! Qué falta de imaginación. Es el insulto más viejo, rancio y predecible del manual del machismo ilustrado.

Analicemos la jugada. A ver si entendí bien: la señora tiene un doctorado en ingeniería energética, fue jefa de gobierno de una de las ciudades más caóticas y masivas del planeta, ganó una elección con millones de votos... pero según el pódcast de moda, ¿es una niña indefensa a la que le dictan lo que tiene que decir por el auricular? ¡Váyanse a la mierda!

¿Se han dado cuenta de que a los presidentes hombres nunca les hacen esa radiografía psicológica de guardería? Cuando un tipo llega a la presidencia apadrinado por el mandatario anterior —cosa que ha pasado unas cuatrocientas veces en la historia de este continente— la gente dice: “Ah, es la continuidad del proyecto político, es una alianza estratégica, es un heredero ideológico”. Pero llega una mujer y de inmediato es: “¡Oh, no! ¡Una secta! ¡Está hipnotizada! ¡No tiene voluntad propia!”.

Le quitan la agencia. Le borran el cerebro. La convierten en un objeto. Es la forma más cobarde y elegante de ser misógino sin tener que usar malas palabras. Es misoginia con traje de analista político.

Y luego viene la policía del feminismo a la carta. La gran paradoja. Exigen que, por el simple hecho de ser mujer, la presidenta tenga que resolver en los primeros cien días un problema de violencia estructural que este país lleva cultivando desde la época de los aztecas. Y si no lo hace, entonces: “¡Ya ven! ¡No apoya a las mujeres! ¡Es una traidora a su género!”.

Es una trampa perfecta. Si actúa con firmeza, dicen que es autoritaria y que está imitando a los hombres. Si busca el consenso, dicen que es débil y que le falta carácter. Si sonríe, es falsa. Si está seria, es una amargada. ¡No hay forma de ganar en el juego de los hipócritas!

Todo este discursito de “es que está subordinada” no es más que miedo disfrazado de crítica. Les aterra la idea de que una mujer tenga el botón del presupuesto, el mando del ejército y la última palabra. Les revuelve las tripas ver que el poder ya no huele a loción de afeitar barata y puros.

Así que tienen que inventarse al "titiritero". Tienen que convencerse a sí mismos de que, en realidad, siguen peleando contra un hombre, porque la alternativa —aceptar que están siendo gobernados por una mujer con agenda propia y que los derrotó en las urnas— es un golpe demasiado duro para sus frágiles y pequeños egos coloniales.

Sigan grabando sus pódcasts, muchachos. Sigan buscando el hilo negro. Pero mientras ustedes discuten si la presidenta pide permiso para ir al baño, ella sigue firmando el Diario Oficial de la Federación. Y eso, amigos míos... eso no se borra con un clip de TikTok.

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