Mantén tus manos abiertas y toda la arena del desierto podrá pasar a través de ellas. Ciérralas y todo lo que podrás sentir es un poco de polvo.
TAISEN DESHIMARU
Abramos el puño… y el sistema nervioso colectivo.
Taisen Deshimaru, leído en clave política, suena menos zen y más incendiario:
Manos abiertas: el desierto pasa.
Manos cerradas: te quedas con polvo… y le llamas soberanía, orden, seguridad, mercado, patria.
La política del puño cerrado es vieja y predecible. Cree que gobernar es retener:
retener recursos, fronteras, verdades, cuerpos, memorias.
Resultado: concentración, escasez artificial y ese polvillo fino que se mete en los pulmones de los de abajo.
El Estado (o el mercado, que ya son primos hermanos) dice:
“Si no lo controlo, lo pierdo”.
Y entonces aprieta.
Y al apretar, empobrece lo común.
Las
manos abiertas, en cambio, son mala propaganda.
No prometen orden,
prometen flujo.
No garantizan obediencia, permiten circulación: de
ideas, de bienes, de poder.
Son peligrosas porque no acumulan trofeos,
disuelven monopolios.
Traducción brutal del koan:
los regímenes que quieren poseerlo todo
terminan gobernando nada con violencia.
Los que permiten que las cosas pasen
no controlan… pero sostienen.
Y aquí el remate incómodo:
la política del puño cerrado necesita miedo para existir.
La política de la mano abierta necesita confianza,
ese recurso que ningún presupuesto aprueba
y que ningún decreto puede imponer.
Deshimaru no hablaba de parlamentos,
pero dejó una advertencia clara como arena en la boca:
cuando un poder aprieta demasiado,
no construye futuro:
solo fabrica polvo…
y luego lo llama estabilidad.
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