Dar publicidad a falsas acusaciones de corrupción mientras se participa en operaciones ilícitas es algo característico de la política fascista, y las campañas anticorrupción suelen ocupar un lugar central en los movimientos políticos fascistas.
Es típico de los políticos fascistas condenar la corrupción del país del que se quieren apoderar, lo que resulta cuando menos curioso, ya que ellos siempre son mucho más corruptos que aquellos a quienes pretenden sustituir o derrotar.
Como dice el historiador Richard Grunberger en su libro La historia social del Tercer Reich :
Era una
situación paradójica. Después de haber repetido hasta la saciedad y
grabado en la conciencia colectiva que democracia y corrupción eran
conceptos sinónimos, los nazis se dedicaron a crear un sistema
gubernamental que hacía que los escándalos del régimen de Weimar
palidecieran en comparación.
La corrupción era sin duda el principio
rector del Tercer Reich, y aun así muchos no solo hacían la vista gorda,
sino que de verdad creían que aquellos hombres del nuevo régimen
estaban plenamente comprometidos con la integridad moral.
Cuando
el político fascista habla de corrupción, se está refiriendo en realidad
a la corrupción de la pureza y no a la de la ley.
Aunque parezca que,
oficialmente, su denuncia tenga que ver con el ámbito político, en
realidad de su discurso se desprende que es una usurpación del orden
tradicional.
Precisamente fueron las falsas
acusaciones de corrupción las que pusieron punto y final a la
Reconstrucción.
Como dice W. E. B. Du Bois en Black Reconstruction , «el
origen de aquella acusación de corrupción fue que los pobres gobernaban
y cobraban impuestos a los ricos».
Jason Stanley
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