lunes, 6 de abril de 2026

 ¿Qué significa cuando vivimos en el momento de mayores desigualdades de la historia de la humanidad, cuando la izquierda, en la segunda década del siglo XXI, aún sigue pidiendo disculpas por el estalinismo, pero la derecha no solamente no pide disculpas por el fascismo o por el colonialismo y la guerra, sino que los ha devuelto sin complejos al escenario político? 

Juan Carlos Monedero

Vivimos el mayor nivel de desigualdad material de la historia no porque falten recursos, sino porque sobran mecanismos de apropiación. Nunca hubo tanta riqueza concentrada en tan pocas manos ni tantos dispositivos para naturalizar esa concentración. Y aquí aparece la paradoja : quienes dicen combatir la desigualdad caminan pidiendo perdón; quienes la produjeron caminan con la cabeza alta.

La izquierda —sobre todo en su versión institucional— lleva décadas atrapada en un tribunal del pasado. Se le exige, una y otra vez, disculparse por los crímenes del estalinismo, como si fuera una herencia genética ineludible, como si no existieran rupturas, autocríticas, contextos, derrotas y transformaciones. 

Es una izquierda que habla en voz baja, que entra a la historia con culpa, que pide permiso para existir. Esa culpa la vuelve defensiva, temerosa, tecnocrática, incapaz de nombrar con fuerza el conflicto central: la desigualdad como violencia estructural cotidiana.

La derecha, en cambio, rompió el pacto de la vergüenza. Ya no necesita disimular. No pide disculpas por el fascismo porque ha logrado algo más eficaz: vaciarlo de horror y devolverlo como “orden”, “tradición”, “identidad”, “sentido común”. El colonialismo ya no es saqueo, es “misión civilizadora”; la guerra ya no es crimen, es “defensa de la libertad”; el autoritarismo ya no es represión, es “mano firme”. 

El pasado no pesa: se recicla.

Esto significa algo inquietante: la batalla ya no es histórica, es semántica. No se gana discutiendo archivos, sino controlando los significados. Mientras la izquierda se esfuerza por demostrar que no es Stalin, la derecha se permite no demostrar que no es Mussolini. Y eso la deja con una ventaja brutal: puede mentir sin rubor y gobernar sin remordimiento.

También revela una asimetría más profunda: a la izquierda se le exige pureza moral; a la derecha, eficacia brutal. A una se le perdonan errores sólo si se flagela; a la otra se le perdonan crímenes si produce ganancias o seguridad ilusoria. Es el triunfo de una ética torcida: el daño estructural se normaliza, la intención emancipadora se criminaliza.

Y quizá lo más grave: cuando la derecha regresa sin complejos al fascismo y al colonialismo, no lo hace como pasado, sino como futuro. Un futuro de muros, jerarquías, exclusiones y guerra permanente. Un futuro que promete orden a cambio de dignidad, identidad a cambio de derechos, seguridad a cambio de humanidad.

Lo que esto nos dice, es que no vivimos una crisis económica, sino una crisis de coraje histórico. La desigualdad no es sólo un problema de distribución, sino de relato, memoria y miedo. Y mientras la izquierda siga explicándose en lugar de disputar, justificándose en lugar de señalar, disculpándose en lugar de acusar, la derecha seguirá avanzando como si nunca hubiera perdido.

Tal vez ya no se trata de pedir perdón por los muertos del siglo XX, sino de nombrar a los muertos en vida del siglo XXI. Ahí está la verdadera deuda moral.

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