lunes, 6 de abril de 2026

 

No fue genocidio, fue peor: fue impune

Tony Blair no necesitó machetes ni cámaras de gas.
Le bastó un atril, un informe “clasificado”, un tono grave y la vieja coartada del imperio: lo hacemos por tu bien

Así comenzó la guerra de Irak. Así se normaliza el crimen cuando viste traje.

Decir que Tony Blair es un “genocida” incomoda a los puristas del derecho internacional. Se rasgan las vestiduras: no hubo intención explícita de exterminar a un grupo étnico. Tienen razón… y no la tienen. Porque la historia no se escribe solo con códigos penales, sino con cadáveres.

La invasión de Irak en 2003 fue un crimen de agresión. No una opinión: un hecho. Se atacó a un país soberano sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, basándose en una mentira grotesca: armas de destrucción masiva que nunca existieron. Blair lo sabía o, en el mejor de los casos, decidió no querer saber. Ambas opciones son moralmente repugnantes.

Aquí conviene recordar Núremberg. Allí se estableció que el crimen supremo no es la masacre en sí, sino la decisión de iniciar una guerra ilegal, porque de ella se derivan todas las demás atrocidades. 

Blair no torturó en Abu Ghraib, no bombardeó Faluya, no dejó hospitales sin electricidad. Pero abrió la compuerta. Y cuando abres una compuerta sabiendo que arrasará el valle, no eres un espectador: eres el ingeniero del desastre.

El Informe Chilcot fue devastador. Confirmó lo que millones ya sabían: la guerra no era inevitable, la información fue exagerada, las consecuencias fueron ignoradas con una ligereza criminal.

 ¿Resultado? 

Un Estado destruido, cientos de miles de muertos, millones de desplazados y un caos sectario que incubó a ISIS. Todo perfectamente evitable. Todo perfectamente evadido.

Y aquí aparece la palabra prohibida: impunidad.
Blair no fue juzgado. No fue inhabilitado. No fue arrinconado por la historia oficial. Da conferencias, cobra honorarios obscenos, opina sobre democracia y derechos humanos. 

El mensaje es claro: si matas a suficientes personas desde arriba, el sistema no te castiga, te asciende a “estadista”.

Por eso mucha gente dice “genocida”. No porque ignore la definición jurídica, sino porque intuye una verdad más profunda: que existe una violencia tan masiva, tan cínica y tan irresponsable que el lenguaje legal se queda corto. 

No fue un genocidio clásico. 

Fue algo más moderno, más elegante, más occidental: una masacre administrada con sonrisas y gráficos de PowerPoint.

George Carlin lo habría dicho sin rodeos:
Cuando un dictador mata a su pueblo es un monstruo; cuando un primer ministro mata al de otro país es política exterior.

Mencken habría añadido:
La democracia permite elegir a quién creerle cuando te miente.

El verdadero escándalo no es semántico. No es si la palabra correcta es genocida, criminal de guerra o arquitecto del caos. 

El escándalo es que sabemos lo que pasó, sabemos quién decidió, sabemos que fue ilegal… y no pasó nada.

No fue genocidio.
Fue peor.
Fue impune.

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