La tiranía de la minoría es ese truco viejo como el mármol del Senado: llegan con votos prestados, se instalan con sonrisas de campaña y, ya sentados en el trono, descubren súbitamente que el pueblo es peligroso. Entonces nos explican —con voz grave y PowerPoint— que hay que cuidarnos de la tiranía de la mayoría.
Qué conveniente epifanía.
Pero se les enreda el lenguaje.
Pero se les enreda el lenguaje.
Cuando dicen “mayoría”, no hablan del pueblo
sudoroso que hace fila, trabaja, paga y espera. Hablan de la mayoría
parlamentaria, esa aritmética de pasillos donde los números pesan más
que las vidas.
El pueblo, en realidad, no gobierna: ratifica.
Firma el
contrato y luego lo guardan en un cajón.
Así, la minoría gobierna en nombre de todos y contra casi todos.
Así, la minoría gobierna en nombre de todos y contra casi todos.
Privatiza el bien común, captura
las instituciones y llama “estabilidad” a su permanencia.
Si protestas,
eres populista; si votas distinto, eres irracional; si exiges, eres un
riesgo.
Democracia administrada como condominio: acceso controlado,
vigilancia permanente y cuotas obligatorias.
La ironía final —esa risa amarga— es que la verdadera tiranía no es la de la mayoría, sino la impunidad de la minoría cuando confunde representación con propiedad.
La ironía final —esa risa amarga— es que la verdadera tiranía no es la de la mayoría, sino la impunidad de la minoría cuando confunde representación con propiedad.
Y
mientras tanto, el pueblo sigue siendo lo que siempre fue para ellos:
una palabra útil en campaña y molesta en el gobierno.
¿Solución? Sí.
¿Fácil? No.
¿Rápida? Menos.
No hay botón rojo que diga “resetear oligarquía”. Pero hay antídotos, que no suenan épicos y por eso casi no se venden.
Primero: desencantar el poder.
Mientras
sigamos creyendo que votar cada tres o seis años es participar, la
minoría seguirá gobernando sin culpa.
La democracia no muere por golpes,
muere por pereza cívica.
El poder ama al ciudadano cansado: dócil,
ocupado, entretenido.
Segundo: instituciones que muerdan.
No
cortes que “interpreten”, sino que limiten.
No organismos “autónomos”
de membrete, sino con dientes y memoria.
La ley debe ser una cerca
eléctrica, no un poema constitucional para ceremonias.
Tercero: organización sin mesías.
Cada
vez que el pueblo deposita su esperanza en un salvador, firma su propia
minoría futura.
La política madura empieza cuando entendemos que nadie
nos va a rescatar.
Menos épica, más asamblea; menos caudillo, más
método.
Cuarto: conflicto sostenido (sí, conflicto).
No
violencia, pero tampoco obediencia sonriente. Derechos que no se
ejercen se convierten en souvenirs.
La historia avanza cuando alguien
incomoda lo suficiente como para que el poder deje de dormir.
Quinto —el más difícil—: educación política cotidiana.
No
ideológica, sino crítica.
Aprender a detectar eufemismos, a oler el
fraude antes de que huela a escándalo.
La minoría gobierna mejor cuando
controla el lenguaje; el pueblo despierta cuando lo recupera.
¿Garantía de éxito? Ninguna.
La democracia no promete finales felices, promete lucha constante.
Es un oficio, no una herencia.
Un verbo, no un sustantivo.
La pregunta real no es si hay solución, sino esta:
¿Estamos dispuestos a pagar el precio de no delegar nuestra dignidad?
Porque eso —aunque no lo digan en campaña— nunca viene en cómodas mensualidades.
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