lunes, 23 de marzo de 2026

 El pasado que vota

El pasado no muere. 
Se maquilla.
Se pone traje de domingo, se perfuma con palabras nobles —honor, tradición, sentido común— y vuelve a la plaza como si nunca hubiera empuñado un garrote. 
No regresa para explicar lo que fue, sino para mandar otra vez.

El mito del pasado glorioso no es nostalgia: es política activa. No mira hacia atrás para comprender, sino para seleccionar. 
Deja fuera a los vencidos, a los cuerpos incómodos, a los nombres que ensucian el mármol. 
Se queda con la épica, no con la sangre.

Así comienza la guerra cultural: cuando la historia deja de ser pregunta y se convierte en trinchera.

La alquimia del resentimiento

Toda guerra cultural necesita un enemigo interno. No hace falta que exista: basta con que funcione. Ayer fue el comunista, hoy es el migrante, la feminista, el maestro, el indígena, el periodista. Cambian los rostros; el papel es el mismo.

El truco es antiguo y eficaz: el poder se disfraza de víctima. Quien heredó privilegios se declara perseguido. Quien manda dice que ya no puede hablar. El dominador adopta el lenguaje del oprimido y lo usa como escudo.

La desigualdad, entonces, deja de ser estructura y pasa a ser moral.
Ya no se discuten salarios, alquileres o tiempo de vida; se discuten símbolos. Banderas contra banderas. 
Palabras contra palabras. 
Mientras tanto, el poder real —ese que no tuitea— sigue intacto.

La historia como arma blanca

En España, el silencio se llamó reconciliación. En América Latina, el golpe se llamó necesidad histórica. En el Sur de Estados Unidos, la derrota se llamó honor. Distintos acentos, mismo guion.

La memoria se presenta como revancha; el olvido, como madurez. Se pide pasar página a quienes nunca pudieron escribirla. Y cuando alguien insiste en recordar, se le acusa de ideología, como si la amnesia fuera neutral.

Pero no hay neutralidad en decidir qué se recuerda y a quién se honra.

Votar con el espejo retrovisor

La guerra cultural convierte el voto en plebiscito identitario. No se vota para mejorar la vida, sino para defender quién se es. El programa importa menos que el bando. La corrupción se tolera si humilla al enemigo correcto.

Es una política sin futuro: solo promete restauración. Volver a un tiempo en el que no todos contaban. Volver a mandar sin dar explicaciones.

Desactivar el mito

No se derrota al mito gritándole. Se le quita el aire.

Cuando el símbolo aparece, hay que volver a lo material. Cuando la moral acusa, hay que preguntar quién gana. Cuando la identidad divide, hay que señalar el poder. No para humillar, sino para desplazar.

La tarea no es convencer en voz alta, sino sembrar una duda que trabaje en silencio. Una grieta basta.

El pasado glorioso es una promesa falsa: ofrece orgullo a cambio de futuro. Y aun así seduce, porque el presente duele.

Pero la historia, cuando se la mira de frente, no pide veneración. Pide responsabilidad.

El pasado puede votar. Sí.

La pregunta es si vamos a dejar que gobierne. 

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