sábado, 21 de marzo de 2026

 Es difícil que prospere un programa político que diga abiertamente que perjudicará a un amplio grupo de personas. 

El papel de la propaganda política es ocultar aquellos objetivos claramente conflictivos de los políticos o de los movimientos políticos haciéndolos pasar por unos ideales que tienen gran aceptación. 

Se enmascara lo que en realidad es una guerra peligrosa y desestabilizadora por obtener el poder para que parezca una guerra que tiene como meta la estabilidad o la libertad. 

La propaganda política utiliza el lenguaje de los grandes ideales para unir a la gente en torno a unos fines que de otro modo parecerían muy dudosos.

La «guerra contra el crimen» del presidente estadounidense Richard Nixon es un ejemplo perfecto de cómo disimular objetivos problemáticos y presentarlos como bienintencionados. 
 La historiadora de Harvard Elizabeth Hinton estudia esta táctica en su libro From the War on Poverty to the War on Crime: The Making of Mass Incarceration in America. 
En él incluye anotaciones del diario del jefe de Gabinete de Nixon, H. R. Haldeman, quien cita a Nixon en una entrada de abril de 1969: «Tenemos que asumir que el problema real son los negros. La clave está en idear un sistema que tenga esto en cuenta sin que lo parezca». 
De modo sistemático y sin rodeos, Nixon acababa de admitir que la lucha contra la delincuencia podía ser una manera eficaz de ocultar las motivaciones racistas de su política nacional. 
La retórica de la «ley y el orden», resultante de esta conversación, se utilizó para encubrir un programa político racista que no era un secreto para nadie dentro de las paredes de la Casa Blanca.
Jason Stanley 

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