Uno de los principales vehículos de la propaganda bélica son los medios de difusión masiva. Pero, como dice Noam Chomsky “los medios son el soporte de los intereses del poder”. A menudo distorsionan los hechos y mienten para mantener esos intereses. Si los medios fueran honestos —sostiene el profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts—, dirían: “Miren, éstos son los intereses que representamos y con esta perspectiva analizamos los hechos. Éstas son nuestras creencias y nuestros compromisos”. Sin embargo se escudan en el mito de la objetividad y la imparcialidad. Pero esa máscara de imparcialidad y objetividad forma parte de su función propagandística.
El
tema no es nuevo. El presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, creó
en 1917 el Comité de Información Pública, también conocido como
Comisión Creel, que Chomsky describe como la primera agencia oficial
de propaganda gubernamental. El comité enmarcado en el concepto de la
“ingeniería del consenso” y el control elitista de la sociedad, fue
diseñado para manufacturar una campaña de histeria entre la población,
con la finalidad de arrastrar a la guerra a Estados Unidos, país que
entonces era aislacionista. Ante la ausencia de la radio y la
televisión, el comité, que tuvo como “blanco” al auditorio
estadounidense e internacional, recurrió a la prensa escrita y al
cine. Los directores de los principales medios fueron convocados y se
les pidió su ayuda para desinformar y manipular a la opinión pública y
contrarrestar la resistencia de la población al conflicto.
Los
objetivos planteados fueron los siguientes:
1) Movilizar la agresividad
y el odio de la población y dirigirlos contra el enemigo para socavar y
destruir su moral.
2) Dinamizar y preservar el espíritu de lucha del
propio país.
3) Desarrollar y conservar la amistad de los países
aliados.
4) Fomentar la amistad de los países neutrales y, en lo
posible, obtener su apoyo y su colaboración durante la guerra.
Uno de
los grupos que quedaron impresionados con las nuevas técnicas de
propaganda fue el de los líderes empresariales. Sus dirigentes, dice
Chomsky, fueron muy francos: “Tenemos que imponer a la gente una
‘filosofía de la futilidad’ y asegurarnos de que se interesen por ‘las
cosas superficiales de la vida’, como por ejemplo el consumo. Deben
intentar perseguir lo que se conoce como ‘necesidades imaginarias’,
necesidades inventadas. Nosotros crearemos sus necesidades y entonces
centraremos su atención en ellas. Así no nos molestarán”. En buen
romance, la manufactura de la oferta y la demanda.
Todo
el sistema de ideas políticas del imperialismo tiende a argumentar su
derecho a la dominación, a la intervención del Estado que se supedita a
los monopolios en todas las esferas de la vida, a la manipulación de las
masas y a la desinformación de la opinión pública. Según Walter
Lippmann, consejero del presidente estadounidense Woodrow Wilson, la
labor del público es limitada. No corresponde al público “juzgar los
méritos intrínsecos de una cuestión u ofrecer un análisis o soluciones”.
El público “no razona, investiga, inventa, convence, negocia o
establece”. Por el contrario, “actúa sólo poniéndose del lado de alguien
que esté en situación de actuar de manera ejecutiva [...] Es
precisamente por ese motivo que ‘hay que poner al público en su lugar’.
La multitud aturdida, que da golpes con los pies y ruge, ‘tiene su
función’: ser el espectador interesado de la acción”. No el
participante. La participación es deber de los hombres responsables.
Carlos Fazio
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