sábado, 7 de febrero de 2026

 El trabajo del historiador no consiste en la objetividad (aunque se busca), sino en la rigurosidad. 

La objetividad importa… pero no como punto de partida, sino como horizonte regulador.
La rigurosidad es el suelo firme; la objetividad, la brújula.

¿Dónde está la rigurosidad?

La rigurosidad está en cosas muy concretas y verificables:

  • Uso crítico de fuentes (quién habla, desde dónde, con qué intereses).

  • Contraste de documentos (no casarse con una sola versión).

  • Contextualización histórica (no juzgar el pasado con categorías morales del presente sin advertirlo).

  • Coherencia interna del argumento.

  • Honestidad intelectual: no ocultar datos que incomodan tu tesis.

Todo eso puede hacerlo incluso un historiador con una postura ideológica clara. Y muchos grandes lo hicieron.

Entonces… ¿dónde entra la objetividad?

La objetividad no es neutralidad ni ausencia de postura. Importa en tres momentos clave:

1. En el método, no en la mirada

Puedes ser marxista, liberal, conservador o anarquista.
Lo que no puedes es falsear fuentes, seleccionar solo lo que te conviene o inventar causalidades.

Ahí la objetividad funciona como autocontrol:

“¿Estoy interpretando o estoy forzando?”

2. En el trato al adversario histórico

La objetividad importa cuando:

  • Reconoces que el otro actor tenía razones, aunque fueran injustas.

  • No lo reduces a caricatura moral.

  • Distingues entre explicar y justificar.

Ejemplo: explicar por qué una élite apoyó una dictadura no es absolverla.

3. En la distinción entre hechos e interpretación

Un historiador riguroso puede decir:

  • “Esto ocurrió” (hecho)

  • “Esto significa” (interpretación)

La objetividad importa en no confundir ambas cosas ni vender interpretación como hecho bruto.

El punto clave (aquí viene lo fino)

La objetividad absoluta no existe porque:

  • El historiador elige el tema.

  • Decide qué fuentes usar.

  • Formula las preguntas.

Eso ya es una toma de posición.

Pero sin aspiración a objetividad, la historia se vuelve:

  • propaganda,

  • mito nacional,

  • relato de partido,

  • o peor: moralismo retrospectivo.

Frase para clavarla

La rigurosidad disciplina al historiador; la objetividad lo obliga a desconfiar de sí mismo.

O  una más combativa:

No se le pide al historiador que sea neutral, sino que sea honesto incluso cuando la verdad no favorece a los suyos.

El mito de la “historia objetiva” como arma de la derecha

La derecha no defiende la objetividad: la invoca. La usa como disfraz retórico para blindar el orden existente y descalificar cualquier lectura que lo cuestione.

1. “Objetivo” = “lo que ya pasó y no se discute”

Cuando la derecha habla de historia objetiva suele querer decir:

  • “Así fue, punto”

  • “No ideologicemos”

  • “No reabramos heridas”

Traducción real:
👉 No revises las relaciones de poder que produjeron ese pasado.

Ejemplo clásico:

  • La Conquista fue “encuentro de dos mundos”.

  • El Porfiriato fue “orden y progreso”.

  • Las dictaduras “pusieron estabilidad”.

Eso no es objetividad, es naturalización del dominio.

2. La trampa: confundir hechos con interpretación dominante

La derecha convierte su interpretación en “el hecho”.

  • Hecho: hubo crecimiento económico.

  • Interpretación: ese crecimiento “benefició a todos”.

  • Operación ideológica: presentar la interpretación como dato técnico.

Así, cualquier crítica es tachada de:

  • “revisionismo ideológico”

  • “resentimiento”

  • “historia militante”

Pero ojo: toda historia es interpretativa. La diferencia es quién finge no interpretar.

3. El fetiche del archivo

Otra estrategia:

“Nosotros vamos a los documentos; ustedes hacen relato”.

Como si los archivos:

  • fueran neutrales,

  • no los hubieran producido los vencedores,

  • no excluyeran sistemáticamente a los subalternos.

La derecha confunde archivo con verdad, cuando el archivo es:

  • una tecnología del poder,

  • una selección previa,

  • una voz institucionalizada.

Michel Foucault lo dijo claro: el archivo es un sistema de exclusiones, no un espejo del pasado.

4. El “historiador serio” vs el “ideologizado”

Este es el golpe bajo favorito.

  • Historiador “serio”: el que no cuestiona propiedad, jerarquías, nación.

  • Historiador “ideológico”: el que habla de clase, colonialismo, racismo, género.

Pero la pregunta incómoda es:
👉 ¿por qué no cuestionar el orden también sería una postura ideológica?

La derecha llama ideología solo a lo que la incomoda.

5. Neutralidad moral retroactiva

Otro truco:

“No juzguemos el pasado con ojos del presente”.

Útil… hasta que:

  • se usa para evitar hablar de genocidio,

  • se diluye la responsabilidad estructural,

  • se borra a las víctimas.

La rigurosidad exige contexto, sí.
Pero el silencio moral también es una toma de partido.

6. El verdadero miedo: que la historia deje de legitimar

Lo que realmente aterra no es la “falta de objetividad”, sino que:

  • la historia deje de justificar desigualdades actuales,

  • se rompa la continuidad mítica (“siempre fue así”),

  • aparezcan los derrotados, los silenciados, los incómodos.

Por eso la derecha ama una historia:

  • sin conflicto,

  • sin clases,

  • sin violencia estructural,

  • sin responsables.

Una historia plana, aséptica, administrada.

7. La respuesta fuerte (para debate público)

ahí va munición:

La derecha no pide objetividad para entender mejor el pasado, sino para impedir que se lo dispute.

O esta:

Cuando alguien se proclama “objetivo” en historia, casi siempre está defendiendo la versión de los vencedores.

O esta, más cortante:

La historia objetiva suele ser la ideología que ya ganó.

Cierre

La izquierda no debería oponer “historia militante” a “historia objetiva”, sino decir con claridad:

  • Sí tenemos postura.

  • Sí interpretamos.

  • Pero somos rigurosos, honestos y verificables.

Eso desarma el mito.

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