miércoles, 4 de febrero de 2026

 El sometido a la norma acabó preguntándose por la legitimidad del legislador. El guion no termina negando la obediencia, que forma parte estructural de la libertad humana, sino poniendo en cuestión al legislador. Entre el legislador externo y la obediencia, acaba irguiéndose el «legislador interno», la propia conciencia.

Jose Antonio Marina

Marina aquí hace una jugada elegante, casi de esgrima moral: no rompe la espada de la ley, pero la desvía hacia el pecho de quien la empuña.
Primero, lo incómodo: obedecer no es lo contrario de la libertad, es una de sus condiciones. 
Sin normas, la libertad sería un charco: mucha agua, ninguna forma. 
El ser humano aprende a ser libre aprendiendo a obedecer; la infancia es una pedagogía de límites. Hasta aquí, nada subversivo.
El giro viene después.
El sometido —ese que cumplía la norma casi por inercia, como quien respira— empieza a preguntar. No “¿debo obedecer?”, sino algo más peligroso: “¿quién te dio derecho a mandarme?”. 
La obediencia deja de ser automática y se vuelve reflexiva. Y ahí el poder empieza a sudar.
Marina no propone anarquía ni desobediencia caprichosa. 
No hay herejía adolescente del tipo “nadie me manda”. Lo que propone es algo más corrosivo: desplazar el centro de gravedad de la ley. La ley ya no se justifica por venir de arriba (el Estado, la Iglesia, el padre, el partido), sino por pasar un filtro íntimo.
Ese filtro es el legislador interno: la conciencia.
No es una voz mística ni un angelito con toga. Es el resultado de educación, experiencia, razón, memoria moral. Un juez sin uniforme, pero con archivo.
Aquí está la clave:
El legislador externo manda.
El legislador interno legitima… o no.
Y cuando aparece ese legislador interno, la obediencia deja de ser servil y se vuelve responsable. 
Ya no obedezco porque me obligan, sino porque reconozco la justicia de la norma. O, si no la reconozco, empiezo a pensar en resistirla. No por rebeldía, sino por coherencia.
Esto tiene consecuencias políticas brutales. 
Un poder puede sobrevivir a la desobediencia ocasional; lo que no soporta es una ciudadanía que pregunta por la legitimidad. 
El súbdito pide órdenes. 
El ciudadano pide razones.
En tono poético:
la ley, cuando no dialoga con la conciencia, se vuelve ruido;
la conciencia, cuando no dialoga con la ley, se vuelve capricho.
Marina apuesta por el punto exacto donde ambas se miran sin parpadear.

En resumen, sin rodeos:
la libertad adulta no consiste en romper las normas, sino en examinar a quien las escribe y, llegado el caso, reescribirlas dentro de uno mismo.
Ahí empieza lo verdaderamente peligroso… y lo verdaderamente humano. 

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