Claro que hay nuevos pecados capitales.
Los
viejos no murieron: se actualizaron.
Cambiaron de nombre, de interfaz y
de coartada moral.
Ahora vienen con Wi-Fi, algoritmo y discurso
respetable.
Si el siglo XXI tuviera su catecismo no autorizado, se añadirían estos:
1. Supremacismo
No solo racial.
Supremacismo moral, intelectual, económico, tecnológico.
La convicción íntima de que yo valgo más porque entiendo más, gano más, optimizo más.
Es la soberbia con MBA.
El racismo con PowerPoint.
2. Racismo (versión premium)
Ya no grita insultos: explica estadísticas.
No quema cruces: habla de “contextos culturales”.
No se llama odio, se llama realismo.
Es el pecado de mirar al otro y ver un problema a gestionar.
3. Indiferencia
El gran pecado elegante.
No mancha las manos. No eleva la voz.
“Qué terrible” —dice— y sigue scrolleando.
Es la pereza moral convertida en estilo de vida.
4. Optimismo Tóxico
La herejía de obligar a sonreír frente al abismo.
Si te duele, es porque no vibras alto.
Si te indignas, es porque no sanaste.
Convierte la injusticia en un problema de actitud.
Es la negación espiritual del incendio.
5. Productivismo
Vales lo que produces.
Descansar es sospechoso.
Contemplar es perder el tiempo.
No hacer nada es casi un delito.
Este pecado no quema almas: las exprime.
6. Algoritmización
Dejar que una máquina decida qué ver, qué pensar, a quién odiar suavemente.
Renunciar al criterio propio a cambio de comodidad.
El nuevo becerro de oro: personalizado y con notificaciones.
7. Victimismo como identidad
El dolor convertido en trono.
La herida usada como argumento final.
No para sanar, sino para no escuchar.
Aquí el yo no busca justicia, busca inmunidad.
8. Deshumanización técnica
Reducir personas a datos, flujos, daños colaterales.
No son muertos: son cifras.
No son pobres: son variables.
Es el mal hablado en lenguaje neutro.
Entonces… ¿hay nuevos pecados?
Sí.
Porque cada época inventa la forma exacta de no hacerse responsable.
Los medievales temían al infierno.
Nosotros tememos quedar mal parados en la conversación.
Y entre todos, el pecado rey del siglo XXI podría llamarse así:
Creer que no somos culpables de nada porque no hicimos nada.
Amén.
O peor: “Like”.
Si el siglo XXI tuviera su catecismo no autorizado, se añadirían estos:
1. Supremacismo
No solo racial.
Supremacismo moral, intelectual, económico, tecnológico.
La convicción íntima de que yo valgo más porque entiendo más, gano más, optimizo más.
Es la soberbia con MBA.
El racismo con PowerPoint.
2. Racismo (versión premium)
Ya no grita insultos: explica estadísticas.
No quema cruces: habla de “contextos culturales”.
No se llama odio, se llama realismo.
Es el pecado de mirar al otro y ver un problema a gestionar.
3. Indiferencia
El gran pecado elegante.
No mancha las manos. No eleva la voz.
“Qué terrible” —dice— y sigue scrolleando.
Es la pereza moral convertida en estilo de vida.
4. Optimismo Tóxico
La herejía de obligar a sonreír frente al abismo.
Si te duele, es porque no vibras alto.
Si te indignas, es porque no sanaste.
Convierte la injusticia en un problema de actitud.
Es la negación espiritual del incendio.
5. Productivismo
Vales lo que produces.
Descansar es sospechoso.
Contemplar es perder el tiempo.
No hacer nada es casi un delito.
Este pecado no quema almas: las exprime.
6. Algoritmización
Dejar que una máquina decida qué ver, qué pensar, a quién odiar suavemente.
Renunciar al criterio propio a cambio de comodidad.
El nuevo becerro de oro: personalizado y con notificaciones.
7. Victimismo como identidad
El dolor convertido en trono.
La herida usada como argumento final.
No para sanar, sino para no escuchar.
Aquí el yo no busca justicia, busca inmunidad.
8. Deshumanización técnica
Reducir personas a datos, flujos, daños colaterales.
No son muertos: son cifras.
No son pobres: son variables.
Es el mal hablado en lenguaje neutro.
Entonces… ¿hay nuevos pecados?
Sí.
Porque cada época inventa la forma exacta de no hacerse responsable.
Los medievales temían al infierno.
Nosotros tememos quedar mal parados en la conversación.
Y entre todos, el pecado rey del siglo XXI podría llamarse así:
Creer que no somos culpables de nada porque no hicimos nada.
Amén.
O peor: “Like”.
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