No, no fui amigo de Epstein; sí coincidimos en la misma cena una vez, pero nada más. De quien si dije que era mi amigo, y me avergüenzo porque le ayudé mucho: comimos juntos y nos reunimos cientos de veces. Es el Peje. Hay fotos, videos y documentos de eso. Hoy prefiero que me relacionen con Epstein por haber cenado en el mismo lugar, a que me relacionen con el Peje por haberle ayudado a llegar a la presidencia. Ya le he ofrecido disculpas a México, pero siempre estaré avergonzado de haberlo llamado amigo, es un inepto corrupto y resentido en contra de todos los que hemos logrado lo que el nunca pudo lograr y sigue empeñado en destruir cualquier progreso.
Lo primero: no estamos ante un “pensador” ni un “filósofo”, sino ante un empresario ideológico que confunde opinión con verdad moral, y dinero con autoridad intelectual. Eso no invalida que lo analicemos; al contrario, lo vuelve más urgente.
1. La comparación Epstein–AMLO: provocación moralmente obscena
Cuando Salinas dice que prefiere ser relacionado con Epstein que con AMLO, no está argumentando: está provocando.
Epstein no es un símbolo político: es un depredador sexual con una red de impunidad. Usarlo como recurso retórico para marcar distancia de un adversario político revela algo clave:
👉 para él, el peor pecado no es el daño humano, sino el cuestionamiento al poder económico.
Es una jerarquía moral invertida:
-
Explotación sexual → “incómodo pero accidental”
-
Política que incomoda al capital → “imperdonable”
Eso no es pensamiento: es cinismo de clase.
2. El “yo ayudé a crear al monstruo”: absolución preventiva
Dice: “me avergüenzo porque le ayudé mucho”.
Aquí hace dos jugadas clásicas:
-
Se coloca como protagonista de la historia (AMLO no llega sin él, implícitamente).
-
Se absuelve: el problema no fue su apoyo, sino que el otro salió mal.
Nunca hay autocrítica estructural. Jamás dice:
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“Mi visión de país era equivocada”
-
“Mi clase ha producido desigualdad”
-
“Apoyé por conveniencia”
No. El error fue confiar en alguien inferior. Eso nos lleva al siguiente punto.
3. El resentimiento… proyectado
Llama a AMLO “resentido contra quienes hemos logrado lo que él nunca pudo”.
Esto es psicoanálisis involuntario.
Porque quien está hablando desde el resentimiento es él:
-
Resentimiento contra un presidente que no le pide permiso
-
Resentimiento contra un país que ya no lo ve como benefactor
-
Resentimiento contra la idea de que el dinero no garantiza obediencia política
Salinas confunde “logro” con acumulación de riqueza, y “fracaso” con no pertenecer a su círculo. Es una visión aristocrática, no meritocrática.
4. “Progreso” según Salinas Pliego
Cuando dice que AMLO quiere “destruir cualquier progreso”, hay que preguntar:
👉 ¿progreso para quién?
Para él, progreso significa:
-
Regulación mínima
-
Mano de obra barata
-
Estado débil frente al capital
-
Opinión pública domesticada
Cualquier intento de redistribución, regulación o soberanía económica no es debatible: es “destrucción”.
Eso es ideología pura, no análisis.
5. El verdadero miedo detrás del tuit
Este tuit no nace del amor a México ni del dolor moral. Nace de algo más simple y más profundo:
el miedo a perder hegemonía simbólica
Antes, los grandes empresarios:
-
Influían en presidentes
-
Dictaban agendas
-
Eran incuestionables
Hoy, por primera vez en décadas, uno de ellos tiene que gritar en redes para que lo escuchen. Y grita con rabia, sarcasmo y exageración porque ya no controla el relato.
Conclusión clara, camaradas
Salinas Pliego no está reflexionando: está ajustando cuentas.
No está pidiendo perdón a México: está defendiendo su lugar en la pirámide.
No está haciendo crítica política: está expresando un duelo de clase.
Y lo más irónico:
acusa de resentido… mientras escribe uno de los tuits más resentidos del debate público reciente.
el tuit funciona justo al revés de como él cree:
-
Él se presenta como actor trágico arrepentido
-
al llamarlo “gran pensador y filósofo”, lo colocamos donde más le duele: en el ridículo intelectual
Porque ahí está el punto fino:
Salinas Pliego quiere ser leído como conciencia moral del país, no solo como empresario. Por eso escribe largos tuits, por eso pontifica, por eso se indigna “por México”. No basta con tener dinero: quiere autoridad simbólica.
Y la ironía se vuelve letal cuando se entiende esto:
No es que sus ideas sean malas; es que no son ideas, son reflejos de clase vestidos de opinión.
Mira, si George Carlin leyera ese tuit, diría algo así (conceptualmente):
“A este tipo no le molesta haber coincidido con un depredador sexual.
Le molesta haber coincidido con un presidente que no le besa el anillo.”
Carlin siempre iba directo al nervio: la hipocresía moral.
Porque aquí el mensaje real no es “me equivoqué”, sino:
“¿Cómo se atreve alguien que no es de los míos a mandar?”
Para Carlin, Salinas sería el típico tipo que cree que el dinero es una prueba de virtud, y que si eres pobre, regulado o criticado, algo hiciste mal.
La moral del mercado: si gané, tengo razón.
Ahora Bill Hicks sería todavía más ácido (y más incómodo):
“Este hombre está tan cerca del poder que confunde la mesa del banquete con la Historia.”
Hicks odiaba a los falsos arrepentidos del sistema. Los que dicen:
-
“Sí, ayudé… pero no era así”
-
“Sí, fui parte… pero ahora soy la víctima”
Hicks los destrozaba porque nunca renuncian al privilegio, solo al aliado que ya no les sirve.
Para Hicks, la comparación Epstein–AMLO sería el punto exacto donde el discurso se cae solo:
“Cuando prefieres que te relacionen con un criminal real antes que con un enemigo político, no estás haciendo política… estás confesando.”
El remate Carlin–Hicks (fusión)
Algo así:
“No le da vergüenza el abuso,
le da vergüenza no mandar.
No le preocupa el país,
le preocupa que el país ya no lo obedezca.”
Eso es lo que duele.
No el gobierno.
No la ideología.
La pérdida del control.
ACTA SATÍRICA DE MANIFESTACIONES, COMPARACIONES INCONVENIENTES
Y ARREPENTIMIENTOS SELECTIVOS
Que se levanta para que luego no digan “eso se sacó de contexto”.
En la muy opinante y siempre indignada
República de las Redes Sociales,
siendo el día en que la memoria estorba
y la hemeroteca incomoda,
comparece Don Ricardo B. S. P.,
empresario, tuitero y moralista intermitente,
no a título personal —faltaba más—
sino como voz ofendida del capital incomprendido.
PRIMERO. De la aclaración preventiva
Consta en actas que el compareciente niega amistad con un personaje mundialmente conocido por delitos infames,
precisando que solo coincidió en una cena,
como si la ética funcionara por sistema de metros cuadrados compartidos.
Se hace la distinción para efectos retóricos, no morales.
SEGUNDO. De la amistad verdaderamente vergonzosa
Acto seguido, el compareciente confiesa con dramatismo retrospectivo
haber llamado amigo a un político electo por millones,
al cual —según su dicho—
ayudó, apoyó, impulsó y casi parió.
Dicha confesión no implica autocrítica estructural alguna,
sino arrepentimiento por haber apostado mal,
como quien invierte en una acción que dejó de rendir dividendos.
TERCERO. De la jerarquía moral establecida
Se deja asentado que, según el declarante:
-
Coincidir socialmente con un depredador internacional → anécdota incómoda
-
Apoyar a un proyecto político no alineado con el gran capital → pecado histórico
Queda así definida la escala ética empresarial,
donde el daño humano es secundario
y la desobediencia política es imperdonable.
CUARTO. Del resentimiento correctamente ubicado
El compareciente acusa al señalado político de resentimiento,
por no haber logrado lo que él sí logró.
No obstante, esta acta observa —sin ánimo de molestar—
que el tono, la furia y la necesidad de explicación pública
podrían indicar resentimiento reflejado,
figura psicológica común cuando el poder ya no es obedecido automáticamente.
QUINTO. Del concepto de “progreso”
Para efectos de esta acta, se entiende por progreso:
-
La ausencia de regulación
-
La docilidad del Estado
-
La gratitud obligatoria de los gobernados
-
Y el silencio respetuoso ante la riqueza
Cualquier desviación de lo anterior
será considerada destrucción, ineptitud o traición.
SEXTO. De la disculpa nacional
El compareciente afirma haber pedido disculpas a México,
sin que conste que México las haya solicitado, aceptado
o siquiera leído completas.
La disculpa se emite sin renuncia al privilegio,
sin reparación del daño
y sin silencio posterior.
SÉPTIMO. Del fondo verdadero del asunto
Esta acta hace constar que el presente documento
no versa sobre Epstein,
ni sobre moral,
ni siquiera sobre el presidente en cuestión,
sino sobre un hecho más profundo y doloroso:
Que ya no todos los presidentes piden permiso.
No habiendo más que agregar,
se cierra la presente acta para constancia histórica,
memoria colectiva
y uso futuro en discusiones donde alguien diga
“no fue para tanto”.
DOY FE.
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