jueves, 12 de febrero de 2026

 “Todo lo sólido se desvanece en el aire.”

Una frase con vocación de dinamita poética: parece susurrada por un fantasma, pero la escribió la historia con tinta bien material.
Nace en 1848, en El Manifiesto Comunista, firmado por Karl Marx y Friedrich Engels. Allí no es metáfora decorativa: es diagnóstico clínico. Marx observa al capitalismo como un hechicero hiperactivo que crea y destruye sin parar. Tradiciones, jerarquías, oficios, creencias, seguridades… todo lo que parecía firme, eterno, “natural”, se evapora bajo la lógica del mercado. 
El mundo deja de ser catedral y se vuelve obra en construcción permanente. 
Polvo, andamios, ruido.
Décadas después, la frase renace con brillo propio gracias a Marshall Berman, quien la convierte en título de su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire (1982). 
Berman hace algo audaz: toma la crítica marxista y la vuelve experiencia existencial. 
La modernidad ya no es solo economía; es vértigo cotidiano. 
Vivir moderno es amar lo nuevo mientras se nos cae el piso. Es progreso con resaca.
Para Marx, la frase es acusación: el capital destruye todo vínculo que no genere ganancia.
Para Berman, es ambivalencia: duele, sí, pero también libera. Se rompen cadenas… aunque no sabemos bien qué hacer con los eslabones rotos.
En resumen:
Es una autopsia del mundo moderno.
Una elegía por lo perdido y una celebración peligrosa de lo posible.
Un verso que dice: nada es para siempre, excepto el cambio… y ni eso se queda quieto.
Todo lo sólido se desvanece en el aire.
Y nosotros, pobres bípedos modernos, aprendemos a respirar en medio del polvo. 

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