viernes, 6 de febrero de 2026

 Axel Kaiser y Agustín Laje no son tontos ni improvisados, pero tampoco juegan en la liga del pensamiento crítico riguroso. Lo suyo no es filosofía ni teoría política en sentido fuerte: es combate cultural, retórica de trinchera, divulgación militante. Y ahí está la clave.

¿Intelectuales?
Intelectual, en serio, es quien problematiza lo que defiende, quien duda, quien se deja morder por las contradicciones.

Kaiser y Laje hacen lo contrario:

simplifican,
caricaturizan al adversario,
eligen ejemplos convenientes,
repiten marcos ideológicos ya digeridos.
No abren preguntas: cierran filas.

¿Seudo-intelectuales?

Depende del criterio.
Si llamamos “intelectual” al que usa conceptos, libros y citas para convencer a una audiencia, entonces sí, entran.
Si lo entendemos como quien produce pensamiento original, incómodo, autocrítico, entonces no: son propagandistas sofisticados.

¿Propagandistas?

Aquí sí, sin rodeos.
Son emprendedores ideológicos:
toman ideas del liberalismo clásico o conservadurismo cultural,
las empaquetan en lenguaje de guerra,
las venden como revelación contra “la hegemonía progresista”.
No buscan verdad: buscan eficacia.
No dialogan: polarizan.
No complejizan: viralizan.

La metáfora justa
No son filósofos: son influencers con bibliografía.
No son pensadores: son oradores con agenda.
No son charlatanes vacíos, ojo, pero tampoco exploradores del abismo.
El pensamiento huele a riesgo.
La propaganda huele a consigna bien planchada.
Y ellos, digámoslo sin drama, venden consignas con corbata académica.
Brillan, sí.
Pero no iluminan: deslumbran. 

Sí. Ideas Profundamente performativas.
No describen el mundo: lo actúan. 
No piensan: intervienen.
Voy al hueso.
¿Qué significa “performativas” aquí?
Que sus ideas no buscan ser verdaderas, sino producir efectos:
indignación,
identidad,
pertenencia,
antagonismo.
Son ideas que funcionan cuando se repiten, no cuando se examinan.
El truco central
Kaiser y Laje no dicen:
“El mundo es así”.
Dicen, implícitamente:
“Si dices esto conmigo, eres alguien: lúcido, despierto, valiente frente al enemigo*”.
La idea no vale por su contenido, sino por lo que te permite hacer:
señalar al “progre”,
denunciar una conspiración cultural,
sentirte minoría heroica,
convertir la crítica en identidad.
Eso es performatividad pura:
decir = hacer.

Lenguaje como arma

Usan palabras como:
“marxismo cultural”
“ideología de género”
“hegemonía progresista”
“batalla cultural”
No son conceptos analíticos:
son palabras-clava, palabras-slogan, palabras-ritual.
No explican: alinean.
No aclaran: activan.
El público importa más que la idea
Sus argumentos no están diseñados para resistir objeciones, sino para:
circular en redes,
ser citados en podcasts,
encender aplausos,
generar reacción.
Si el adversario se enfurece, mejor: la performance funcionó.

El contraste brutal
El pensamiento crítico dice:
“Esto podría ser falso”.
La propaganda performativa dice:
“Si dudas, ya perdiste”.
Por eso no toleran la ambigüedad: la ambigüedad apaga el show.
En una línea, poética y cruel
Sus ideas no quieren comprender el mundo.
Quieren ocuparlo a gritos.
No son mapas.
Son banderas.
Y las banderas no sirven para pensar:
sirven para marchar.

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