Humanos solo si servimos al capital
No todos los cuerpos valen lo mismo. No lo dicen las constituciones, lo
dice el mercado. Un cuerpo europeo con pasaporte tiene un valor
asegurado. Un cuerpo africano sin papeles puede morir ahogado en el mar y
no interrumpir ni un solo titular global. No es tragedia, es
estadística. Y cuando eso pasa, lo que se revela es lo que nadie quiere
admitir: que el valor del cuerpo no es intrínseco, sino económico y
político.
Cuerpos que cotizan, cuerpos que sobran
En
el capitalismo global, el cuerpo vale según su utilidad. Si produce, si
compra, si entretiene, si genera datos, si puede ser entrenado o
explotado: entonces vale. Si no, es un cuerpo de descarte.
Un
futbolista de élite tiene más escoltas que una comunidad entera bajo
bombardeo. Un influencer con millones de seguidores es más protegido que
una niña desplazada por una guerra. ¿Por qué? Porque esos cuerpos
generan capital simbólico o material. Son inversiones vivientes.
La medicina misma obedece esta lógica. Si tienes un seguro caro, tu
cuerpo merece atención. Si no, tu enfermedad es una carga. En muchos
países, sobrevivir a una enfermedad depende más de tu cuenta bancaria
que de la gravedad del padecimiento. Tu cuerpo es tratado con humanidad
solo si puedes pagar por ella.
Cuerpos vigilados, cuerpos mutilados
En
las fábricas, en las maquilas, en los campos, el cuerpo es una
herramienta. Se calcula su desgaste. Se sabe cuánto tiempo puede rendir
antes de romperse. Y cuando se rompe, se reemplaza.
Los
migrantes en la frontera, los jornaleros invisibles, los niños
esclavizados: sus cuerpos no valen por lo que son, sino por lo que
pueden extraer de ellos. Si no protestan, mejor. Si no descansan, ideal.
Si no importan, óptimo.
Los cuerpos racializados, empobrecidos, feminizados o transgredidos no solo son invisibles: son más fácilmente eliminables.
La guerra también tasa cuerpos
En
la guerra, los cuerpos tienen un valor propagandístico. Si un niño
blanco muere, es tragedia. Si un niño palestino muere, se debate si “era
un escudo humano”. El cuerpo de un soldado estadounidense es devuelto
con honores. El de un afgano asesinado por error es enterrado sin
nombre, sin prensa, sin culpa.
Porque la
geopolítica también es un mercado de cuerpos, donde se calcula el
impacto, se mide el dolor permitido, se negocia la compasión.
¿Y si tu cuerpo no sirve al sistema?Si
eres viejo, discapacitado, enfermo, pobre, fuera del algoritmo,
entonces tu cuerpo estorba. Eres gasto, no recurso. Y por eso las
políticas públicas te olvidan, las noticias no te mencionan, y las redes
sociales no te muestran.
Los cuerpos que no producen, que no consumen, que no entretienen, no importan.
Y sin embargo, ahí estás. Resistiendo. Respirando. Siendo. Eso es subversivo.
Epílogo: el cuerpo como trincheraFrente
a este sistema que tasa el valor del cuerpo como mercancía, vivir con
dignidad se vuelve un acto de rebeldía. Cuidar tu cuerpo aunque el
sistema lo desprecie. Defender los cuerpos de otros aunque no “valgan”
para el mercado.
Porque el cuerpo no es capital. Es territorio. Es memoria. Es símbolo. Es vida.
Y no hay revolución más profunda que devolverle su valor real: el de ser humano sin condiciones.
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