Este es el sentido profundo que custodia la bien conocida fábula de Fedro: un lobo flaco y hambriento encuentra a un perro bien nutrido pero atado; ante esta condición, el lobo prefiere seguir padeciendo hambre antes que perder su libertad e independencia.
Solo si disentimos, organizando en formas estructuradas nuestro sentir diferente, podemos madurar como personas, es decir, como portadores de una visión crítica y personal, elegida libremente y no aceptada pasivamente porque nos la impone el orden simbólico dominante.
Esto es lo que nos enseña un digno heredero de Prometeo: Odiseo.El segundo poema homérico podría ser
leído, en resumidas cuentas, como una epopeya del disentir. Odiseo
siente diferente en comparación con Polifemo y con los pretendientes de
Penélope, con Calipso y Circe, reivindicando siempre su independencia
crítica y su autonomía de juicio.
En el canto quinto de la Odisea, ante
la tempestad desatada por Poseidón, el hijo de Laertes se resiste a
abandonar la balsa. Incluso cuando la diosa marina Ino Leucotea le dice
que se lance entre las olas, se toma tiempo para pensar y vacila: su
«sabiduría práctica», su metis —precursora de un espíritu crítico que
sabe disentir— lo invita a ser paciente, sintiendo y actuando
contrariamente respecto al imperativo divino (Odisea, V, 356-364).
El disenso como rechazo de la autoridad y del poder —político o eclesiástico, real o simbólico— constituye el gesto originario de la civilización occidental, desde Adán y Eva hasta Prometeo, desde Platón hasta Kant y, por eso mismo, crea una tensión en la conciencia del individuo que siente de manera diferente, y que puede organizar socialmente su propio sentir en contra de las estructuras del poder y del orden político, es decir, contra aquellas realidades que, al menos en la tradición occidental, desde siempre se connotan como deseo de orden y estabilidad, de consenso y creación de aquella docilidad irreflexiva que se llama obediencia.
El disenso como rechazo de la autoridad y del poder —político o eclesiástico, real o simbólico— constituye el gesto originario de la civilización occidental, desde Adán y Eva hasta Prometeo, desde Platón hasta Kant y, por eso mismo, crea una tensión en la conciencia del individuo que siente de manera diferente, y que puede organizar socialmente su propio sentir en contra de las estructuras del poder y del orden político, es decir, contra aquellas realidades que, al menos en la tradición occidental, desde siempre se connotan como deseo de orden y estabilidad, de consenso y creación de aquella docilidad irreflexiva que se llama obediencia.
Por esta razón, el poder, en todas
las épocas y en todas sus configuraciones, aspira más o menos
abiertamente a suprimir el disenso, reprimiéndolo o impidiendo que
surja, como ocurre, cada vez más a menudo, en nuestro mundo marcado por
la manipulación organizada y el «se dice» planetario; un mundo en el que
las formas tradicionales de represión contra los que disienten se
vuelven superfluas, puesto que ya no hay rebeldes, sustituidos por un
rebaño amorfo de amantes inconscientes y felices de su propia
esclavitud.
Diego Fusaro
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