jueves, 26 de febrero de 2026

 El diputado Sergio Mayer deja sus funciones para ingresar a un reality show.

La pregunta no es moralista, es institucional.

Primero, pongamos el contexto: Sergio Mayer no es solo una persona; es un diputado electo. Y un diputado no es un influencer con cargo honorario. Es un representante con responsabilidades constitucionales.

Ahora, el análisis puede hacerse en tres niveles:


1️⃣ Nivel legal

Si no viola la ley, si pidió licencia formal, si no hay incompatibilidad normativa… entonces legalmente puede hacerlo.

En una democracia liberal, nadie pierde su libertad individual por ocupar un cargo público. No es un siervo del Estado.

Pero…

La legalidad es el mínimo ético. No el máximo.


2️⃣ Nivel institucional

Aquí es donde se pone interesante.

Un diputado representa a miles de ciudadanos. Su tiempo no es completamente suyo: fue delegado para legislar, fiscalizar, debatir.

Cuando alguien deja funciones para entrar a un reality show:

  • ¿Qué mensaje se manda sobre la seriedad del cargo?

  • ¿Se banaliza la función legislativa?

  • ¿Se convierte la política en espectáculo puro?

Aquí entra algo: la crítica cultural. Vivimos en una era donde todo se vuelve entretenimiento. La política ya no compite por ideas sino por rating.

Y cuando un legislador se mueve hacia el espectáculo, confirma la sospecha de que la política es solo extensión del show.

Eso erosiona la confianza institucional.


3️⃣ Nivel ético-republicano

En una visión republicana clásica (piensa en Cicerón, o incluso en la tradición cívica que tanto admiraban los griegos), el cargo público implica cierta renuncia voluntaria a intereses personales en favor del bien común.

No es esclavitud.
Es honor.

La pregunta no es “¿puede?”
Es “¿debe?”

Si la política se convierte en trampolín mediático, el incentivo ya no es servir, sino capitalizar exposición.

Y ahí el problema no es Sergio Mayer.
Es el sistema que premia eso.


4️⃣ ¿Es libre de hacer lo que quiera?

Como individuo: sí.
Como representante público: no completamente.

La libertad privada y la responsabilidad pública no son lo mismo.

Cuando alguien acepta un cargo, acepta límites.


5️⃣ La crítica más profunda

El problema no es que un actor entre a la política.
El problema es que la política se vuelva actuación.

Y ahí es donde estamos.

sabemos que el poder suele disfrazarse de circo cuando ya no tiene profundidad.

La pregunta de fondo no es sobre Mayer.
Es sobre nosotros:

¿Por qué el espectáculo es más rentable que el debate serio?
¿Por qué el sistema permite que un diputado pueda ausentarse sin que eso genere consecuencias reales?



Vamos a invocar a algunos antiguos y escuchar qué dirían.


🏛️ Platón

Platón suspiraría con cansancio.

En La República ya advertía que cuando la política se convierte en espectáculo, la democracia degenera en demagogia. Para él, los gobernantes debían ser filósofos, no celebridades.

Diría algo como:

“¿No ves que cuando el gobernante busca aplauso y no verdad, la ciudad ya está enferma?”

Vería esto como confirmación de que la política, sin formación moral e intelectual, termina siendo teatro.


🗣️ Aristóteles

Más sobrio.

Aristóteles preguntaría:
¿Está cumpliendo con su telos (su función propia)?

Para él, cada cargo tiene una finalidad. Si alguien acepta la función de legislar, su virtud consiste en ejercerla bien. Abandonarla por entretenimiento mostraría falta de phronesis (prudencia) y de sentido de la responsabilidad cívica.

No lo condenaría con furia.
Lo clasificaría como un error en la jerarquía de bienes.


⚔️ Cicerón

Cicerón sería menos diplomático.

Para el romano, el honor público era sagrado. La res publica exigía dignidad.

Probablemente diría:

“Quien usa el cargo para gloria personal traiciona la confianza del pueblo.”

En Roma, el desprestigio público era castigo serio. La fama debía ganarse sirviendo, no entreteniendo.


🔥 Diógenes de Sinope

Ah… aquí se pone interesante.

Diógenes se reiría.

Se sentaría con su lámpara y diría:

“Busco un hombre… y encuentro actores.”

Pero no solo se burlaría del diputado.
Se burlaría del pueblo que convierte la política en circo.

Diría que la sociedad tiene exactamente el espectáculo que merece.


🏹 Epicteto

El estoico sería más interior.

Preguntaría:

¿Está actuando según virtud o según deseo de aprobación?

Si lo segundo, entonces es esclavo de la opinión pública.

Y para los estoicos, ser esclavo de la fama es peor que ser esclavo físico.


🏺 Y quizá el más duro: Tucídides

Tucídides no haría discurso moral.
Simplemente anotaría:

“Cuando los cargos públicos se confunden con el entretenimiento, la ciudad entra en fase de debilitamiento.”

Frío. Analítico. Histórico.


Ahora lo inquietante

Lo que para ellos sería decadencia, para nosotros es normalidad.

Y ahí está el verdadero desplazamiento cultural.

Para el mundo antiguo, la política era asunto grave: guerra, leyes, destino colectivo.
Para nosotros, compite con ratings, redes y branding personal.

No es que antes fueran moralmente superiores.
Es que entendían el poder como algo trágico y peligroso.

Nosotros lo tratamos como contenido.



Pero vamos a desarmarlo con frialdad.


1️⃣ ¿Siempre fue espectáculo?

Un poco, sí.

En la Roma antigua ya había gestos teatrales. En la Atenas clásica los oradores dominaban el arte escénico. Incluso en la Revolución Francesa había dramatización pública.

La política siempre ha tenido dimensión performativa.

La diferencia hoy es otra.


2️⃣ Lo que cambió no es el teatro… es el ecosistema

Vivimos en una cultura dominada por:

  • rating

  • redes sociales

  • viralidad

  • imagen instantánea

  • ciclos de atención cortísimos

El poder ya no compite solo por legitimidad.
Compite por visibilidad.

Y en ese entorno, lo complejo pierde contra lo emocional.
Lo técnico pierde contra lo escandaloso.
Lo serio pierde contra lo entretenido.

No es solo que la política se volvió espectáculo.
Es que el espectáculo colonizó todo.


3️⃣ La frivolidad como estrategia racional

Aquí viene lo incómodo.

No siempre es decadencia.
A veces es cálculo.

En una cultura donde la atención es escasa, quien genera espectáculo:

  • aumenta reconocimiento

  • construye marca

  • fideliza audiencias

La frivolidad puede ser rentable políticamente.

Y si el sistema electoral premia notoriedad sobre competencia técnica, el incentivo está claro.


4️⃣ El riesgo real

Cuando la política se reduce a show:

  • la deliberación se empobrece

  • la confianza institucional baja

  • la ciudadanía se vuelve cínica

  • el debate se simplifica hasta volverse tribal

Y entonces ocurre algo más peligroso que la frivolidad:

La indiferencia.

Cuando todo parece circo, la gente deja de tomarse en serio lo público.


5️⃣ Pero cuidado con la nostalgia

Idealizar el pasado puede ser una trampa.
Muchos políticos “serios” del pasado también eran corruptos, oportunistas o demagogos.

Lo que cambia hoy es la velocidad y la exposición constante.


6️⃣ La pregunta profunda

¿La política se volvió espectáculo?

Sí, en gran medida.

Pero también la sociedad se volvió espectáculo.

Los políticos no viven en otro planeta.
Son producto del ecosistema cultural.

Si la audiencia premia el show, el sistema produce show.

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