jueves, 26 de febrero de 2026

 Primero, diferenciemos algo fundamental:

  • Libertad de expresión = derecho a opinar, criticar, investigar, cuestionar al poder.

  • Difusión deliberada de mentiras (fake news) = manipulación consciente de la información para engañar.

No son lo mismo.

La libertad de expresión protege opiniones, incluso las incómodas o erróneas.
Pero no convierte la mentira intencional en un valor democrático.

Si un periodista —como Julián Mazoy— sostiene que la difusión de noticias falsas entra dentro de la libertad de expresión, está haciendo una interpretación muy extrema del principio liberal clásico.

Y aquí entra algo importante:

En la tradición de John Stuart Mill, la libertad de expresión se defiende porque permite que la verdad emerja del debate abierto. Pero esa defensa presupone que las personas argumentan de buena fe. Si alguien miente deliberadamente, ya no está participando en un intercambio honesto, sino saboteándolo.

Ahora vayamos al problema práctico:

Las fake news no son simplemente “opiniones equivocadas”. Son:

  • Fabricaciones deliberadas.

  • Diseñadas para manipular emociones.

  • Frecuentemente usadas para influir en elecciones, polarizar sociedades o generar odio.

Eso no fortalece la democracia; la debilita.

Y aquí  una pregunta para pensar como estratega político:

Si aceptamos que mentir deliberadamente es libertad de expresión, ¿qué impide que cualquier actor poderoso inunde el espacio público con mentiras hasta volver imposible distinguir realidad de ficción?

La libertad necesita un mínimo de verdad compartida para funcionar.
Sin eso, lo que hay no es libertad: es guerra informativa.

Ahora, para ser justo intelectualmente:

Hay quien argumenta que el Estado no debe decidir qué es verdad y qué es mentira, porque eso puede derivar en censura. Y ese miedo no es infundado. Gobiernos autoritarios han usado el pretexto de “combatir desinformación” para callar opositores.

Entonces el dilema real no es simple:

  • ❌ No queremos censura estatal arbitraria.

  • ❌ Tampoco queremos que la mentira sistemática destruya el debate público.

La solución no suele ser prohibir opiniones, sino:

  • Responsabilidad profesional en el periodismo.

  • Transparencia en plataformas.

  • Educación crítica en la ciudadanía.

  • Sanciones cuando hay daño demostrable (difamación, fraude, incitación directa).

Si alguien defiende abiertamente la mentira mediática como valor, eso revela una concepción muy instrumental de la comunicación. No es un amor a la libertad; es un amor al poder narrativo.

La libertad de expresión protege el derecho a decir lo que piensas.
No protege el derecho a engañar deliberadamente a la sociedad.



1️⃣ “Yo defiendo la libertad de expresión”

Aquí hay una maniobra clásica:
equiparar libertad de expresión con derecho a mentir.

Pero jurídicamente y filosóficamente no son equivalentes.

En casi todas las democracias modernas:

  • La opinión está protegida.

  • La mentira deliberada con daño demostrable puede estar sancionada (difamación, fraude, incitación, manipulación bursátil, pánico colectivo, etc.).

Ni siquiera en la tradición liberal más fuerte se protege absolutamente todo. Incluso la jurisprudencia de la Corte Suprema de EE.UU. ha reconocido límites cuando hay daño claro y directo.


2️⃣ “Cada quien tiene el derecho de mentir”

Aquí hay una contradicción importante.

Decir que alguien “tiene derecho a mentir” implica:

  • Que la mentira es un ejercicio legítimo de libertad.

  • Que el espacio público puede llenarse deliberadamente de falsedades sin consecuencias.

Eso rompe el fundamento del debate democrático.

El propio ideal de libertad defendido por John Stuart Mill presupone que el intercambio es honesto, aunque sea equivocado. Si la mentira estratégica es válida, el “mercado de ideas” deja de funcionar porque se convierte en guerra psicológica.


3️⃣ La trampa retórica

Hay una oscilación constante:

Si realmente cree que existe un derecho pleno a mentir, no podría aceptar sanciones en crisis.
Pero al introducir la excepción reconoce implícitamente que:

👉 La mentira sí puede dañar el orden social.
👉 Y que el Estado puede intervenir.

Entonces no está defendiendo un principio absoluto. Está defendiendo algo más difuso: una postura provocadora o libertaria radical mal articulada.


4️⃣ Lo de la Unión Soviética

Mencionar a la Unión Soviética aquí parece un intento de asociar el control informativo con autoritarismo.

Pero ojo:
En la URSS el problema no era que se sancionara la mentira privada.
El problema era que el Estado monopolizaba la verdad.

Eso es distinto a debatir si la desinformación masiva organizada debe tener límites.


5️⃣ ¿Qué está defendiendo realmente?

No parece estar defendiendo “la mentira como valor moral”.

Más bien está defendiendo:

  • Un concepto casi absolutista de libertad individual.

  • Desconfianza hacia el Estado como árbitro de verdad.

  • Y quizá una postura provocadora para incomodar.

Pero su argumento está débilmente estructurado.


6️⃣ Punto filosófico clave

Si aceptamos que mentir es un derecho irrestricto en medios masivos, entonces:

  • La confianza pública colapsa.

  • La información deja de tener valor verificable.

  • La democracia se convierte en manipulación narrativa.

Y eso beneficia más a quien tiene más recursos para producir y difundir mentiras.

La libertad sin responsabilidad favorece al poderoso, no al ciudadano común.

La libertad de expresión es un pilar democrático.
Pero no es sinónimo de impunidad comunicativa.

La libertad de expresión protege opiniones, no la fabricación deliberada de realidades falsas que dañan el espacio público.



1️⃣ Desde la filosofía moral: Immanuel Kant

Kant es brutal con la mentira.

Para él, mentir nunca puede ser un principio universalizable.
¿Por qué?

Porque si todos tuvieran “derecho a mentir”, la confianza desaparecería. Y si desaparece la confianza, el lenguaje pierde su función moral.

Mentir convierte al otro en instrumento.
No lo tratas como fin en sí mismo, sino como objeto manipulable.

En términos kantianos:

Defender el “derecho a mentir” es defender el derecho a usar a los demás como medios.

Eso destruye la base ética de cualquier comunidad racional.


2️⃣ Desde la teoría política moderna

La democracia no es solo votar.
Es un sistema que depende de información mínimamente confiable.

El problema no es que existan errores.
El problema es la mentira estratégica organizada.

Cuando alguien dice “cada quien tiene derecho a mentir”, ignora algo fundamental:

La mentira masiva altera elecciones, mercados, reputaciones, estabilidad social.

La filósofa política Hannah Arendt advirtió que el totalitarismo no comienza con censura solamente, sino con la destrucción de la distinción entre verdad y mentira.

Cuando todo puede ser mentira, nada importa.
Y cuando nada importa, el más fuerte domina el relato.


3️⃣ Desde la estrategia de poder (visión fría)

Ahora pensemos como estrategas, sin moralismos.

Si aceptas que mentir es un derecho absoluto:

  • El actor con más dinero puede inundar redes.

  • El que controle bots, algoritmos y medios tiene ventaja.

  • La verdad queda en desventaja porque la mentira emocional viaja más rápido.

No es libertad horizontal.
Es asimetría brutal.

La mentira organizada no es libertad: es arma.


5️⃣  pregunta incómoda

Si el Estado empieza a decidir qué es mentira y qué no,
¿quién vigila al vigilante?

Porque el riesgo contrario también es real.

Aquí está el verdadero dilema:

  • Sin límites → manipulación.

  • Con límites mal diseñados → censura.

La solución madura no es absoluta en ningún extremo.
Es institucional: tribunales independientes, pruebas de daño, estándares altos.


6️⃣lectura honesta

Defender la mentira como derecho general no es liberalismo sofisticado.
Es una simplificación peligrosa.

La libertad de expresión protege la búsqueda de verdad.
No protege el sabotaje deliberado de esa búsqueda.

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