Elizabeth Cady Stanton fue una mujer que decidió que la paciencia también cansa.
Y vaya si tenía razón.
Nacida en 1815, en un mundo donde las mujeres eran ciudadanas de segunda… o de ninguna, Stanton fue una de las arquitectas del feminismo moderno en Estados Unidos.
Nacida en 1815, en un mundo donde las mujeres eran ciudadanas de segunda… o de ninguna, Stanton fue una de las arquitectas del feminismo moderno en Estados Unidos.
No solo marchó: pensó, escribió y dinamitó las bases
legales y morales de la desigualdad.
Fue la mente afilada detrás de
la Convención de Seneca Falls (1848), el primer gran acto político del
feminismo. Allí redactó la Declaración de Sentimientos, un texto que
imitaba —con ironía quirúrgica— la Declaración de Independencia, pero
cambiando el sujeto histórico:
“Todos los hombres y las mujeres son creados iguales”.
Boom. Micrófono al suelo.
¿Qué defendía, sin rodeos?
El derecho al voto femenino (cuando decir eso era casi brujería).
La igualdad legal en el matrimonio: nada de esposas como muebles con pulso.
El derecho al divorcio, al trabajo, a la educación.
La autonomía sobre el propio cuerpo (sí, en el siglo XIX).
Y algo imperdonable para su época: criticó la religión como herramienta de control patriarcal. Ahí muchos aliados salieron corriendo.
Una mente incómoda
Mientras otras activistas preferían un feminismo “presentable”, Stanton fue radical, filosófica y peligrosamente lúcida.
No pedía permiso ni
disculpas.
Eso le costó ser marginada incluso dentro del movimiento que
ayudó a crear.
Susan B. Anthony fue la estratega incansable de la calle.
Stanton, la intelectual incendiaria que escribía lo que otras no se atrevían a firmar.
Susan B. Anthony fue la estratega incansable de la calle.
Stanton, la intelectual incendiaria que escribía lo que otras no se atrevían a firmar.
Epílogo poético (porque lo merece)
Elizabeth Cady Stanton no vio a las mujeres votar en vida.
Pero dejó sembrada la idea —esa semilla insolente— de que la igualdad no se mendiga, se exige.
En resumen:
No fue “una feminista más”.
Fue la mujer que miró al sistema a los ojos y le dijo: no te creo nada.
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