Benjamin Tucker: el individualista que quiso liberar al mundo del poder invisible
Benjamin Tucker fue uno de esos espíritus que parecen nacer para llevar la contraria, no por deporte ni por orgullo, sino porque su inteligencia lo obligaba a no aceptar nada que no soportara el peso de la razón. En un siglo XIX dominado por imperios, fábricas y dogmas religiosos, Tucker levantó una voz distinta: sobria, incisiva, poética en su austeridad. Fue un filósofo sin universidad, un economista sin título, un revolucionario sin partido. Y, pese a eso —o gracias a eso— se convirtió en uno de los individualistas más lúcidos de la historia.
El enemigo: no el Estado, sino la autoridad
Para Tucker, el verdadero problema de la sociedad no era solo el Estado, sino toda forma institucionalizada de privilegio, ya viniera envuelta en sotana, uniforme o traje de empresario. Su mirada era radical porque buscaba el origen profundo de la injusticia: las estructuras que concentran poder y lo imponen a través de leyes, monopolios y moralismos.
Su revista Liberty fue el laboratorio donde destiló su pensamiento. Allí atacó la autoridad con una precisión casi quirúrgica: no se conformaba con denunciar la violencia del Estado, también denunciaba la violencia más silenciosa, la económica, la que nace cuando unos pocos controlan el crédito, la tierra, la moneda o el comercio, no por mérito, sino por privilegio legal.
Para Tucker, el capitalismo corporativo no era libre mercado, sino un sistema amañado. Era, en sus palabras, “plutocracia legalizada”: riqueza protegida por un aparato político que hacía imposible la competencia real.
La libertad como pacto entre iguales
El individualismo de Tucker no era el del empresario moderno que presume "self-made" mientras vive de subsidios y redes de influencia. No. Su individualismo era ético: cada persona es soberana sobre su cuerpo, su trabajo y su voluntad, pero esa soberanía solo es posible cuando nadie tiene poder para imponer sus condiciones injustamente.
Por eso defendía un mutualismo económico inspirado en Proudhon: asociaciones libres, crédito sin usura, propiedad basada en el uso, acuerdos voluntarios entre individuos autónomos. Tucker no soñaba con un caos sin reglas; soñaba con orden sin dominación. Un mundo donde la libertad no fuera una etiqueta, sino un equilibrio dinámico entre individuos que se reconocen como iguales en dignidad.
Su crítica al socialismo autoritario
Aunque Tucker se consideraba socialista —sí, socialista individualista— fue uno de los más feroces críticos del marxismo. Lo veía como un proyecto noble en intención pero autoritario en método. “La libertad no se decreta”, decía. “La libertad se practica”. Por eso desconfiaba profundamente de cualquier revolución que buscara imponer igualdad a través del poder centralizado.
Tucker apostaba por la transformación gradual, pacífica, fruto del desmantelamiento de monopolios y la expansión de la cooperación voluntaria. Su revolución era una especie de erosión: lenta, constante, inevitable.
La estética de la rebeldía silenciosa
Hay un tono muy particular en Tucker: una mezcla de modestia y desafío. No era un orador incendiario ni un profeta de barricada. Era más bien un solitario que escribía con la serenidad de quien está dispuesto a perder si eso significa no traicionarse a sí mismo.
Su estilo recuerda a los árboles silenciosos, firmes, sin buscar atención, pero absolutamente imprescindibles. Tucker era así: un tronco sólido en medio del vendaval ideológico del siglo XIX.
Legado: la libertad como tarea, no como dogma
Hoy, Tucker es leído por pocos, pero su influencia está dispersa en muchos movimientos libertarios, cooperativistas, mutualistas, comunitarios y hasta en ciertas corrientes feministas y queer que reivindican la autonomía radical del individuo frente a toda autoridad.
Tal vez su mayor lección es esta:
La libertad no es una bandera, sino un trabajo constante para desactivar los mecanismos de dominación que se disfrazan de normalidad.
Tucker nos muestra que no basta con criticar al Estado, ni basta con criticar al capital: hay que criticar toda institución que sitúe a unos por encima de otros sin que medie el consentimiento libre y equitativo.
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