El circo de la política: promesas y trajes caros
La política es un hipódromo sin caballos, pero con jinetes que se creen dioses. Sí, dioses con corbata, lentes oscuros y sonrisa de supermercado. Cada campaña es una carrera: promesas veloces, discursos ensayados, y al final, los ricos siempre cruzan la meta primeros. El pueblo queda atrás, jadeando, exhausto, mientras ellos brindan con whisky de 30 años y aplauden sus propias apuestas.
Los políticos dicen: “Esto es democracia”. No, cabrón. Democracia es que ellos corran en palco VIP, nosotros corramos en la pista, y todos celebren mientras nos exprimen. Cada reforma, cada ley, cada discurso bonito es un látigo más que nos obliga a correr más rápido, mientras ellos ganan aplaudiendo desde la tribuna.
Y lo mejor: ellos se presentan como salvadores, como visionarios. Pero son jinetes de circo, montando al pueblo, y el único objetivo es mantener la apuesta viva. Que sigamos corriendo. Que sigamos creyendo que las reglas son justas. Que sigamos admirando su elegancia mientras nos rompen las patas.
Imagínalo: un día la estampida llega. El pueblo se sacude, los políticos vuelan por los aires, los trajes caros se desgarran en la carrera de nuestra liberación. Y entonces, cuando el humo de la tribuna se disuelva, veremos que nunca hubo verdadera democracia; solo un circo de promesas, látigos y burgueses aplaudiendo su propia farsa.
Porque la política nunca es para los que corren. Es para los que apuestan. Y cada voto, cada aplauso, cada sonrisa de funcionario es otra vuelta de látigo en la espalda del caballo que somos nosotros.
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