Censura de facto vs. censura legal
Cuando pensamos en censura, nuestra mente suele ir hacia lo evidente: leyes que prohíben ciertos contenidos, castigos abiertos a quienes se atreven a hablar, libros quemados, periódicos clausurados. Esa es la censura legal, la que se ve, la que alarma al mundo y provoca protestas inmediatas.
Pero existe otra forma, más sutil y peligrosa: la censura de facto. No necesita leyes ni juicios; basta con estructuras, reglas y amenazas implícitas. Es el tipo de censura que estamos viendo en el Pentágono: periodistas que deben pedir permiso para informar, credenciales que se pueden revocar por publicar algo “inapropiado”, y la constante sombra de represalias. Aquí, la autocensura se convierte en la protagonista.
La autocensura es silenciosa, casi imperceptible. No hay gritos, no hay titulares que alerten al público, pero los efectos son devastadores. Cada reportero que evita un tema, cada artículo que nunca se publica por miedo a perder acceso, es un cierre silencioso de la verdad. La sociedad recibe menos información, y lo que llega está cuidadosamente filtrado para no incomodar al poder.
En este escenario, la censura indirecta es más efectiva que la censura legal. No genera indignación inmediata porque parece “normal” seguir las reglas, porque se presenta como seguridad, procedimiento o protocolo. Pero día tras día, restricción tras restricción, la libertad de expresión se erosiona, y la democracia pierde su más importante vigía: la prensa independiente.
La diferencia clave es esta: la censura legal te golpea de frente, te ves obligado a reaccionar; la censura de facto se infiltra en la rutina, moldea el comportamiento de manera invisible, y al final, pocos se dan cuenta de que la verdad ha sido acotada.
En resumen, camaradas: mientras la censura legal es visible, la censura de facto es la serpiente que se enrosca lentamente, lista para sofocar la libertad antes de que alguien pueda gritar que está siendo atacada.
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