Quiero que en 2026 todo el mundo tenga exactamente lo que dice que quiere.
No lo que necesita.
No lo que conviene.
Lo que dice que quiere.
Que los que odian al Estado vivan seis meses sin carreteras, sin drenaje y sin hospitales,
pero con muchísima libertad,
para morirse libremente de una infección estúpida.
Que los multimillonarios logren por fin su sueño húmedo:
un planeta sin pobres.
No porque desapareció la pobreza…
sino porque desaparecieron los pobres.
A ver si así duermen mejor,
sobre colchones rellenos de huesos.
Quiero que en 2026 el mercado sea verdaderamente libre.
Libre de niños trabajando…
ah no, espera, eso ya está pasando.
Libre de sindicatos…
también.
Libre de impuestos…
solo para los ricos, claro.
Libre de consecuencias.
Ese es el verdadero producto estrella.
Que los políticos sigan diciendo “la gente decidió”,
aunque nadie haya decidido nada,
aunque nadie haya leído nada,
aunque el 40% ni siquiera haya ido a votar
porque estaba demasiado ocupado sobreviviendo.
Deseo que la palabra “democracia” se use solo cuando corresponda,
y no como desodorante verbal
para tapar el olor a mierda del poder.
Que en 2026 la gente siga creyendo que el problema son los inmigrantes,
o los pobres,
o los que no se parecen a ellos,
y no el sistema que los exprime a todos por igual
mientras los hace pelear como perros hambrientos
por migajas ideológicas.
Deseo que la clase media siga defendiendo a los ricos
con la esperanza secreta de ser uno de ellos algún día.
Es como defender al verdugo
porque te gusta su hacha.
Que sigamos llamando “errores”
a decisiones perfectamente calculadas
que siempre benefician a los mismos.
Que la guerra siga siendo “necesaria”,
la explotación “inevitable”,
y la miseria “una falla personal”.
Y sobre todo,
deseo que en 2026 nadie despierte.
Porque si despiertan,
si realmente despiertan,
esto se acaba.
Y a los que mandan
les aterra más una persona consciente
que mil violentas.
Así que feliz 2026.
Sigan obedeciendo.
Sigan consumiendo.
Sigan creyendo.
El sistema los ama.
Mientras funcionen.
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