martes, 30 de marzo de 2021

 “Para nosotros, fue una revolución”, dijo Cristian Larroulet, uno de los asesores económicos de Pinochet. Era una descripción adecuada. El 11 de septiembre de 1973 fue mucho más que el violento final de la pacífica revolución socialista de Allende; fue el principio de lo que The Economist calificaría más tarde de “contrarrevolución”, la primera victoria concreta en la campaña de la Escuela de Chicago por recuperar las ganancias que se habían conseguido con el desarrollismo y el keynesianismo. A diferencia de la revolución parcial de Allende, templada y matizada por el característico tira y afloja de la democracia, esta revuelta, impuesta mediante la fuerza bruta, tenía las manos libres para llegar hasta el final. En los años siguientes, las políticas descritas en “el ladrillo” se impondrían en docenas de otros países bajo la coartada de una amplia gama de crisis. Pero Chile fue la génesis de la contrarrevolución, una génesis de terror. José Piñera, un alumno de la Facultad de Economía de la Universidad Católica que se definía a sí mismo como un Chicago Boy, era estudiante de posgrado en Harvard cuando tuvo lugar el golpe. Al oír las buenas noticias, regresó a casa “para ayudar a fundar un país nuevo, dedicado a la libertad, de las cenizas del antiguo”. Según Piñera, que acabaría convirtiéndose en ministro de Trabajo y Minería con Pinochet, ésta era “la auténtica revolución […] un movimiento radical, completo y sostenido hacia el libre mercado”. Antes del golpe, Augusto Pinochet tenía reputación de ser muy educado, casi demasiado obsequioso, reputación de adular y dar siempre la razón a sus superiores civiles. Como dictador, Pinochet desveló nuevas facetas de su carácter. Se adueñó del poder con un regocijo indecoroso y adoptó la actitud de un monarca absoluto, declarando que el “destino” le había otorgado su cargo. Sin dilación, dirigió un golpe dentro del golpe para deshacerse de los otros tres líderes militares con los que había acordado dividirse el poder y se hizo nombrar jefe supremo de la nación, además de presidente. Le encantaba la pompa y la ceremonia, prueba de su derecho a gobernar, y no desperdiciaba ninguna ocasión de vestirse con su uniforme prusiano, con capa y todo. Para moverse por Santiago, escogió una caravana de Mercedes-Benz dorados y a prueba de balas.

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