viernes, 13 de marzo de 2026

 Eric Hobsbawm fue un historiador con martillo en la mano y lupa en el ojo. 

Británico, marxista declarado, judío centroeuropeo por biografía y ciudadano del siglo XX por vocación. 

Nació en 1917 —mal año para los neutrales— y murió en 2012, después de haber diseccionado el capitalismo como quien abre un reloj para mostrar que el tic-tac también sangra.

 Qué hizo Hobsbawm escribió historia desde abajo, no desde el balcón del palacio. 
Le interesaban los obreros, los campesinos, los bandidos, las multitudes anónimas que empujan la historia mientras los “grandes hombres” se llevan el crédito. 
Fue uno de los grandes renovadores de la historia social.
Su obra más famosa es una tetralogía que parece una novela épica del mundo moderno:
La era de la revolución (1789-1848)
La era del capital
La era del imperio
Historia del siglo XX (el corto, violento y neurótico)
Ahí cuenta cómo el capitalismo nació, creció, prometió el cielo y entregó fábricas, guerras mundiales y crisis existenciales.

Ideas clave
El capitalismo no es natural, es histórico. 
Y lo histórico puede cambiarse.
Las tradiciones muchas veces son inventadas (himnos, rituales, patrias de utilería).
El nacionalismo no brota del alma eterna del pueblo: se fabrica, se enseña y se administra.
El siglo XX fue “breve” porque fue intenso, brutal y acelerado, como una fiebre mal curada.

El marxista incómodo 
Nunca renegó del marxismo, ni siquiera tras la caída de la URSS. 
Eso le ganó críticas feroces: para algunos fue lúcido y honesto; para otros, obstinado. 
Él diría que abandonar el análisis crítico porque fracasó una experiencia histórica es como dejar de usar la medicina porque murió un paciente.

 Por qué importa hoy 
Porque cuando alguien te dice que “no hay alternativa”, Hobsbawm te susurra desde la biblioteca: eso también es ideología. 
Su obra sirve para recordar que el orden actual no cayó del cielo, fue construido —y lo construido puede desmontarse—.

En resumen:
Hobsbawm fue un historiador que le quitó el maquillaje a la modernidad y dejó el rostro al descubierto. 
No siempre bonito. 
Siempre revelador. 

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