Leo Zuckermann: el neoliberalismo como identidad, no como argumento
Leo Zuckermann no solo defiende el neoliberalismo: lo habita.
Leo Zuckermann no solo defiende el neoliberalismo: lo habita.
Lo usa como
abrigo moral, como brújula estética, como espejo donde siempre se ve del
lado correcto de la historia.
No es una ideología para él; es un
temperamento. Un modo de estar en el mundo con ceja levantada y voz de
“yo ya entendí cómo funciona esto”.
Su visión parte de un axioma sencillo —y peligrosamente cómodo—:
el mercado es racional, el Estado es torpe, y la desigualdad es un efecto secundario lamentable pero inevitable, como la resaca después de una buena fiesta… a la que, curiosamente, nunca todos fueron invitados.
Zuckermann suele presentarse como realista, como adulto en una sala llena de niños que piden justicia social.
Su visión parte de un axioma sencillo —y peligrosamente cómodo—:
el mercado es racional, el Estado es torpe, y la desigualdad es un efecto secundario lamentable pero inevitable, como la resaca después de una buena fiesta… a la que, curiosamente, nunca todos fueron invitados.
Zuckermann suele presentarse como realista, como adulto en una sala llena de niños que piden justicia social.
Pero ese “realismo” es selectivo. Es lúcido
para detectar los vicios del Estado —corrupción, clientelismo,
ineficiencia— y sorprendentemente miope para reconocer los del mercado
cuando se concentra, captura reguladores o produce desigualdades que ya
no son económicas sino existenciales.
El neoliberal orgulloso dice: no hay alternativa.
Lo dice con serenidad, como quien informa el clima.
Pero en realidad está cerrando la puerta y tirando la llave.
La neutralidad como privilegio
Uno de los trucos retóricos favoritos de Zuckermann es hablar desde una supuesta neutralidad técnica.
El neoliberal orgulloso dice: no hay alternativa.
Lo dice con serenidad, como quien informa el clima.
Pero en realidad está cerrando la puerta y tirando la llave.
La neutralidad como privilegio
Uno de los trucos retóricos favoritos de Zuckermann es hablar desde una supuesta neutralidad técnica.
Él no “ideologiza”; él “analiza”.
Pero esa
neutralidad es un lujo de clase.
Solo puede parecer apolítico quien
vive suficientemente lejos del daño estructural que defiende como daño
colateral.
Cuando se critica la desigualdad, responde con crecimiento.
Cuando se habla de derechos, responde con incentivos.
Cuando se menciona la justicia, saca una gráfica.
Todo muy limpio. Todo muy ordenado.
Demasiado para un país desordenado por siglos de jerarquía.
El miedo a la democracia cuando votan los otros
Como buen heredero del liberalismo elitista, Zuckermann cree en la democracia… mientras no se vuelva demasiado democrática. El voto popular le gusta cuando confirma consensos tecnocráticos; le incomoda cuando los desafía.
Ahí el neoliberal ilustrado se transforma:
ya no habla de voluntad popular, sino de populismo.
Ya no de soberanía, sino de riesgo.
Ya no de igualdad, sino de irresponsabilidad.
El pueblo es admirable cuando trabaja.
Es peligroso cuando decide.
En el fondo, una ética mínima
El problema no es que Zuckermann sea neoliberal.
El problema es que su neoliberalismo no se deja interpelar.
No duda.
No se deja herir por la realidad.
No escucha a quienes perdieron con el modelo que él llama éxito.
Defiende un mundo donde la libertad es elegir entre marcas,
pero no entre destinos.
Un mundo donde el fracaso siempre es individual
y el éxito, misteriosamente, sistémico.
Epílogo breve (y sin anestesia)
Zuckermann representa algo más grande que él:
la persistencia de una élite intelectual que confunde estabilidad con justicia, orden con moral, y mercado con destino.
No es un villano.
Es algo más inquietante:
un hombre convencido de que el mundo tal como está
es, si no justo, al menos el único posible.
Y esa convicción —serena, educada, bien articulada—
es una de las formas más eficaces de conservar el poder
sin necesidad de decir nunca la palabra dominio.
Cuando se critica la desigualdad, responde con crecimiento.
Cuando se habla de derechos, responde con incentivos.
Cuando se menciona la justicia, saca una gráfica.
Todo muy limpio. Todo muy ordenado.
Demasiado para un país desordenado por siglos de jerarquía.
El miedo a la democracia cuando votan los otros
Como buen heredero del liberalismo elitista, Zuckermann cree en la democracia… mientras no se vuelva demasiado democrática. El voto popular le gusta cuando confirma consensos tecnocráticos; le incomoda cuando los desafía.
Ahí el neoliberal ilustrado se transforma:
ya no habla de voluntad popular, sino de populismo.
Ya no de soberanía, sino de riesgo.
Ya no de igualdad, sino de irresponsabilidad.
El pueblo es admirable cuando trabaja.
Es peligroso cuando decide.
En el fondo, una ética mínima
El problema no es que Zuckermann sea neoliberal.
El problema es que su neoliberalismo no se deja interpelar.
No duda.
No se deja herir por la realidad.
No escucha a quienes perdieron con el modelo que él llama éxito.
Defiende un mundo donde la libertad es elegir entre marcas,
pero no entre destinos.
Un mundo donde el fracaso siempre es individual
y el éxito, misteriosamente, sistémico.
Epílogo breve (y sin anestesia)
Zuckermann representa algo más grande que él:
la persistencia de una élite intelectual que confunde estabilidad con justicia, orden con moral, y mercado con destino.
No es un villano.
Es algo más inquietante:
un hombre convencido de que el mundo tal como está
es, si no justo, al menos el único posible.
Y esa convicción —serena, educada, bien articulada—
es una de las formas más eficaces de conservar el poder
sin necesidad de decir nunca la palabra dominio.
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