sábado, 7 de noviembre de 2026




Crónica de un país que se mira al espejo y se ríe (para no llorar)

Carlos Monsiváis no nació: apareció.
Como aparecen los testigos incómodos, los gatos callejeros y las verdades que nadie pidió. Llegó a un México que ensayaba modernidades con la fe puesta en el milagro y el bolsillo agujereado. Desde entonces, Monsiváis fue ojo, oído y lengua: una hemeroteca con pulso, un archivo con carcajada.

Escribía como quien camina por la Alameda: observando, esquivando dogmas, recogiendo chismes con rango de teoría. Su prosa no pedía permiso; entraba, se sentaba y prendía la luz. Ironía fina, erudición sin soberbia, sarcasmo que no humilla sino desnuda. Monsiváis entendió pronto que en México la tragedia siempre trae bigote postizo y que el poder, cuando se pone serio, da risa.

Fue cronista porque la novela le quedaba chica y el ensayo demasiado solemne. Prefirió el híbrido: ese animal mestizo donde conviven el bolero, la nota roja, el cine de rumberas, la política y el chisme ilustrado. Su patria fue el lenguaje; su trinchera, la frase exacta. Y su método, simple y feroz: mirar sin concesiones.

Monsiváis amó a las minorías como quien ama la justicia: sin romanticismos. Defendió causas no por moda sino por decencia. Supo que la cultura popular no es un zoológico, sino un espejo colectivo. Que la televisión educa aunque finja no hacerlo. Que el kitsch también piensa. Y que el humor, cuando es lúcido, es una forma superior de la ética.

Nunca fue neutral: la neutralidad es un sillón cómodo que siempre está del lado del poder. Monsiváis eligió la incomodidad, ese lugar donde pensar cuesta y escribir arde. Militó en la palabra como otros militan en partidos: con disciplina, memoria y una risa afilada como navaja envuelta en terciopelo.

Murió —dicen—, pero eso es un error administrativo. Monsiváis se multiplicó: vive en cada crónica que desmonta la hipocresía, en cada lector que sospecha del discurso oficial, en cada carcajada que suena cuando la realidad se pone pomposa. Es el fantasma más útil del país: aparece cuando alguien dice “así son las cosas” y él responde, desde la página: no, así te las contaron.

Carlos Monsiváis fue —y sigue siendo— la conciencia crítica con sentido del humor.
Un país entero escribiéndose a sí mismo…
con buena sintaxis

y mala leche. 

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