Mucha gente sensible y culta, al ver a Mussolini, exmaestro de escuela, novelista bohemio de segunda fila y antiguo orador socialista y director de prensa del partido, y a Hitler, antiguo cabo y fallido estudiante de arte, junto con sus rufianes encamisados, a cargo de grandes potencias europeas, supusieron simplemente que «una horda de bárbaros […] ha plantado sus tiendas dentro de la nación»[23]. El novelista Thomas Mann escribía en su diario el 27 de marzo de 1933, dos meses después de que Hitler se hubiese convertido en canciller de Alemania, que había presenciado una revolución de un género nunca visto hasta entonces, «sin ideas subyacentes, contra las ideas, contra todo lo más noble, lo mejor, lo decente, contra la libertad, la verdad y la justicia». La «escoria vil» había tomado el poder, «con inmenso regocijo de las masas»[24].
Robert O Paxton
Este fragmento es muchísimo más profundo de lo que parece, porque Paxton está desmontando una explicación muy tentadora: «¿Cómo es posible que semejantes personajes hayan llegado a gobernar países modernos?»
Y la respuesta incómoda es: el problema no era que Mussolini y Hitler parecieran unos bárbaros; el problema fue que mucha gente culta creyó que, precisamente por parecerlo, no podían llegar demasiado lejos.
1. El error de mirar al personaje y no al proceso
cómo describe Paxton a ambos:
- Mussolini: exmaestro, escritor mediocre, antiguo socialista.
- Hitler: excombatiente, cabo, estudiante de arte fracasado.
- Y alrededor, los hombres de camisa, violencia callejera, discursos exaltados.
La reacción de muchos intelectuales fue prácticamente:
«Estos tipos son unos brutos. No pueden gobernar una gran nación.»
Y ahí aparece una trampa intelectual enorme.
Confundieron la falta de respetabilidad con la falta de capacidad política.
Pensaron que para conquistar el Estado había que parecer estadista.
Pero Mussolini y Hitler no necesitaban ser grandes administradores para llegar al poder. Necesitaban algo diferente: convertir descontentos, miedos, resentimientos y crisis en movilización política.
Paxton justamente propone estudiar el fascismo no tanto por lo que sus dirigentes decían que eran, sino por lo que hacían políticamente.
2. Y aquí Thomas Mann se convierte en una pieza fascinante
Mann escribe en marzo de 1933 que ha visto una revolución:
«sin ideas subyacentes, contra las ideas»
y habla de la «escoria vil» que ha tomado el poder con el regocijo de las masas.
Es una reacción perfectamente comprensible.
Pero Paxton introduce una especie de segunda mirada:
¿Y si precisamente estamos mirando mal?
Porque decir «son unos bárbaros» explica muy poco.
La pregunta histórica importante no es:
«¿Por qué estos hombres eran tan desagradables?»
sino:
«¿Qué condiciones hicieron posible que hombres así adquirieran semejante poder?»
Ahí cambia completamente el análisis.
3. La palabra decisiva es: poder
Y aquí Paxton se vuelve demoledor.
Hitler no llegó a canciller simplemente porque un día las masas alemanas dijeron:
«¡Queremos a Hitler!»
Hubo elecciones, movilización popular y un enorme crecimiento nazi, sí. Pero también hubo élites conservadoras, instituciones, dirigentes y actores tradicionales que terminaron abriendo las puertas del poder.
Paxton insiste en que Hitler y Mussolini llegaron al gobierno mediante alianzas con fuerzas tradicionales poderosas; en Alemania, Hindenburg terminó nombrando canciller a Hitler en enero de 1933, mientras que en Italia Víctor Manuel III encargó el gobierno a Mussolini en 1922.
Y esto destruye otra imagen demasiado sencilla:
«Los fascistas tomaron el poder.»
Más exactamente:
los fascistas conquistaron suficiente fuerza para que sectores del viejo orden consideraran útil incorporarlos al poder.
Y esa diferencia es gigantesca.
4. La paradoja que Paxton quiere que veamos
Los conservadores tradicionales pensaron, en esencia:
«Podemos utilizar a estos tipos.»
Los fascistas tenían algo que las élites tradicionales no tenían con la misma intensidad:
- capacidad de movilización de masas;
- organizaciones callejeras;
- nacionalismo;
- discurso antisocialista;
- capacidad para convertir miedo en energía política;
- disposición a utilizar violencia;
- una relación emocional intensa con sus seguidores.
Paxton explica que las élites conservadoras podían intentar utilizar esa fuerza para contener a la izquierda y resolver sus propios problemas de gobernabilidad.
Y aquí aparece una de las grandes ironías de la historia:
quienes pensaban que estaban utilizando al monstruo podían terminar dándole las llaves de la casa.
5. Y hay algo todavía más interesante: las masas tampoco eran simplemente «idiotas»
Thomas Mann dice:
«con inmenso regocijo de las masas».
Pero cuidado.
Eso puede llevarnos a otra explicación simplista:
«La gente fue manipulada.»
Y tampoco basta.
Porque entonces tratamos a millones de personas como marionetas sin voluntad.
Algunas personas fueron propagandizadas, otras tuvieron miedo, otras buscaron orden, otras odiaban al comunismo, otras querían revancha nacional, otras estaban desesperadas económicamente y otras realmente creían en aquello.
Es decir:
propaganda ≠ hipnosis.
Una propaganda eficaz no necesariamente introduce una idea completamente ajena en la cabeza de una persona. Muchas veces encuentra algo que ya está ahí y lo organiza, amplifica y convierte en acción política.
Eso es mucho más interesante y mucho más incómodo.
6. Y aquí aparece una de las tesis centrales de Paxton
Paxton no considera que el fascismo pueda entenderse simplemente como una doctrina perfectamente elaborada.
Su definición pone el énfasis en determinadas pasiones movilizadoras: sensación de crisis, humillación o decadencia, primacía del grupo sobre el individuo, búsqueda de unidad y pureza, y una disposición a abandonar límites democráticos mediante una alianza entre movimientos de masas y élites tradicionales.
Por eso la imagen del «loco con uniforme» resulta tan engañosa.
Porque convierte un fenómeno social, institucional y político en la biografía extravagante de un individuo.
No fue simplemente que unos bárbaros entraran en el palacio.
Fue que hubo una sociedad en crisis en la que:
unos tenían resentimiento,
otros tenían miedo,
otros tenían poder,
otros tenían dinero,
otros tenían masas,
y otros tenían instituciones.
Y en determinado momento esas fuerzas coincidieron.
Eso explica mucho mejor el fenómeno que decir:
«Hitler era un loco y Mussolini un bruto.»
Porque incluso si ambos hubieran sido exactamente eso —y esa valoración no explica por sí misma su trayectoria—, seguiríamos teniendo que explicar por qué millones de personas, instituciones y élites permitieron que esos individuos llegaran a gobernar.
Y esa es precisamente la genialidad del enfoque de Paxton: quitar el foco del balcón donde aparece el dictador y llevarlo hacia toda la estructura que hizo posible que ese balcón existiera.
Y ahí hay una pregunta todavía más potente para el análisis: ¿qué ocurre cuando una sociedad empieza a despreciar a sus propios mecanismos democráticos y simultáneamente empieza a considerar que necesita a un hombre "fuerte" para arreglarlo todo? Esa pregunta es bastante más inquietante que preguntarse si el candidato parece culto o inculto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario