Manual para convertir a un ladrón en señor respetable
Hay algo profundamente obsceno en una sociedad que puede quitarle el sueldo a un maestro y después invitar al responsable a un programa de televisión para que hable de valores, educación y futuro.
No es una metáfora. Es una de las grandes especialidades de la civilización moderna: convertir la vergüenza en prestigio, el saqueo en oportunidad de negocio y la desfachatez en una carrera profesional.
Porque robarle a un pobre es malo, por supuesto. Pero robarle a miles de pobres, hacerlo mediante contratos, licitaciones, intermediarios y sociedades mercantiles, requiere una infraestructura que la delincuencia callejera jamás podría soñar. El ladrón de poca monta necesita esconderse; el ladrón de cuello blanco necesita un departamento de comunicación.
Uno corre cuando escucha una sirena. El otro contrata abogados, convoca una conferencia de prensa y declara que todo se trata de una campaña de desprestigio.
Y si la cosa se pone difícil, siempre queda la posibilidad de publicar un libro sobre liderazgo.
¡Qué extraordinaria sociedad hemos construido! Al individuo que roba una cartera lo llamamos delincuente. Al que desvía millones mediante una red de complicidades podemos llamarlo empresario, funcionario, asesor o distinguido invitado. Todo depende de cuánto dinero tenga, a quién conozca y cuántas puertas pueda abrir sin tocar.
La moral, al parecer, también tiene una oficina de relaciones públicas.
I. El arte de robar sin parecer un ladrón
El gran triunfo de la corrupción no consiste en apropiarse del dinero público. Consiste en conseguir que el robo parezca un asunto administrativo.
Porque nadie dice: «Vamos a quitarles a los niños sus escuelas, a los enfermos sus medicinas y a los maestros el fruto de su trabajo».
No. Eso sería demasiado honesto.
Se habla de ajustes presupuestarios, irregularidades contables, observaciones administrativas, responsabilidades pendientes de determinar y procedimientos jurídicos en curso.
El dinero desaparece, pero las palabras permanecen.
Y las palabras trabajan horas extras para proteger al dinero.
La corrupción moderna no siempre necesita esconder el cadáver. Le basta con cambiarle el nombre.
El hambre se convierte en estadística. La desigualdad, en un problema estructural. El dinero robado, en un presunto desvío. Y la indignación pública, en una reacción exagerada de personas que no comprenden la complejidad de la administración.
¡Qué conveniente es la complejidad cuando uno necesita esconder algo!
Para quitarle el salario a un trabajador basta con una decisión. Para explicarle por qué no se lo han devuelto pueden necesitarse tres comisiones, dos auditorías, cuatro funcionarios y una década de paciencia.
Y al final, quizá, nadie sea responsable.
El dinero habrá encontrado un nuevo hogar y la justicia seguirá buscando la dirección.
II. Los respetables y los demás
Pero el problema no termina cuando desaparece el dinero. Ahí comienza algo mucho más peligroso: la fabricación social del prestigio.
Observemos quiénes reciben micrófonos, quiénes ocupan las primeras filas, quiénes son presentados como ejemplos de éxito y quiénes aparecen en televisión para explicarnos cómo debemos vivir.
A veces, la respetabilidad parece una mercancía que se compra con suficiente dinero.
Puedes perjudicar a miles de personas y conservar una sonrisa impecable. Puedes contribuir a destruir las condiciones de vida de una comunidad y después hablar de responsabilidad social. Puedes participar en un sistema que produce miseria y presentarte como un experto en superación personal.
Lo importante es no parecer culpable.
Porque la sociedad no siempre premia la bondad, la honestidad o el trabajo. A veces premia la capacidad de acumular poder y presentar esa acumulación como una prueba de superioridad moral.
Si eres pobre y cometes un delito, eres una amenaza para la sociedad.
Si tienes dinero, contactos y una buena estrategia de comunicación, puedes convertirte en un caso interesante para los analistas.
No significa que todos los ricos sean corruptos ni que toda persona poderosa sea culpable. Significa algo más concreto: cuando el dinero puede comprar mejores defensas, prolongar los procesos y facilitar el acceso a quienes toman decisiones, la igualdad ante la ley corre el riesgo de convertirse en una hermosa frase decorativa.
La justicia debería preguntar qué hiciste, no cuánto puedes pagar para explicar lo que hiciste.
Y, sin embargo, demasiadas veces parece que la sociedad formula una pregunta distinta: ¿eres suficientemente importante como para que tus actos tengan consecuencias?
III. La televisión como lavandería moral
La televisión tiene una capacidad extraordinaria para convertir cualquier cosa en espectáculo.
Una tragedia se convierte en contenido. Una desgracia, en audiencia. Un escándalo de corrupción, en una mesa de debate donde cinco personas discuten durante una hora mientras el dinero sigue sin aparecer.
Y entonces sucede el milagro.
El sujeto que debería responder por sus actos aparece sentado en un sillón cómodo, con iluminación profesional y un conductor que lo llama por su nombre de pila.
Se habla de sus proyectos, de sus éxitos, de su visión de futuro. Quizá se le pregunta por sus momentos difíciles, como si apropiarse de lo ajeno fuera una experiencia de crecimiento personal.
Al final, el público conoce su historia, sus aspiraciones y hasta sus preferencias gastronómicas.
Lo único que sigue sin conocer es el destino del dinero.
Pero hemos avanzado mucho: ya no necesitamos demostrar que alguien es inocente para tratarlo como una celebridad. Basta con que resulte interesante.
La pantalla no absuelve jurídicamente a nadie, pero puede hacer algo socialmente muy parecido: normalizar su presencia, acostumbrarnos a su rostro y convertir la indignación en familiaridad.
Primero nos escandalizamos. Después lo vemos en una entrevista. Más tarde aparece como comentarista. Un día participa en una conferencia y, cuando queremos darnos cuenta, ya estamos escuchándolo explicar cómo debería comportarse la ciudadanía.
El escándalo se ha convertido en currículum.
Y el currículum, en una invitación al siguiente programa.
Quizá esa sea una de las grandes obscenidades de nuestro tiempo: no que existan personas corruptas, algo tan antiguo como el poder, sino que hayamos desarrollado una maquinaria capaz de convertirlas en figuras respetables sin necesidad de resolver el daño que causaron.
IV. La educación sentimental de una sociedad
¿Qué aprende un niño cuando observa todo esto?
Aprende que existen reglas para los débiles y excepciones para los poderosos.
Aprende que estudiar, trabajar y cumplir con las obligaciones no garantiza el reconocimiento, mientras que tener dinero y contactos puede abrir puertas que permanecen cerradas para los demás.
Aprende que la honestidad se recomienda en los discursos, pero que el éxito se mide en posesiones.
Aprende que una persona puede perjudicar a miles y continuar siendo invitada a los lugares donde se decide qué significa ser una persona admirable.
Después nos sorprendemos cuando ese niño crece desconfiando de las instituciones.
Le pedimos que respete la ley, pero le mostramos que algunos pueden doblarla, comprar tiempo, negociar consecuencias o escapar de ellas.
Le pedimos que no mienta, pero lo obligamos a contemplar una vida pública donde la mentira puede sobrevivir a su propia desmentida.
Le pedimos que trabaje duro, pero lo sentamos frente a un espectáculo en el que el dinero parece importar más que el esfuerzo y la apariencia más que el carácter.
Y luego nos preguntamos por qué no cree en nosotros.
¡Vaya misterio!
Quizá deberíamos contratar una comisión para investigarlo. Una comisión con presupuesto generoso, naturalmente. Y si no llega a ninguna conclusión, siempre podemos contratar otra.
El problema de la educación moral no consiste únicamente en enseñarles a los niños qué está bien y qué está mal. Consiste en mostrarles que esa distinción tiene consecuencias reales, incluso cuando el infractor es alguien poderoso.
Una sociedad que castiga con severidad al débil y trata con deferencia al poderoso no está enseñando moral. Está enseñando jerarquía.
No les está diciendo a sus hijos que sean honestos. Les está enseñando que aprendan a reconocer quién puede permitirse no serlo.
V. La pobreza no es una abstracción
Hay otra razón por la que deberíamos dejar de tratar la corrupción como un simple espectáculo político.
Detrás de cada cantidad de dinero público malversado hay oportunidades que pudieron existir y que quizá nunca existirán.
Una escuela que no recibe recursos. Un hospital que carece de equipo. Un maestro al que no le pagan. Una familia que tiene que elegir entre comprar medicamentos o comprar alimentos.
No todo problema social es consecuencia de la corrupción, ni todo recurso mal administrado termina necesariamente en el bolsillo de alguien. Pero cuando se demuestra que el dinero destinado al bienestar colectivo ha sido desviado deliberadamente, el daño no puede reducirse a una cifra contable.
El dinero público representa posibilidades de vida.
Por eso, robar recursos destinados a servicios esenciales puede producir un daño que va mucho más allá de su valor monetario. No solo se sustrae dinero: se sustraen tiempo, oportunidades, seguridad y dignidad.
Quien pierde mil pesos puede intentar recuperarlos trabajando.
Quien pierde una oportunidad educativa quizá no vuelva a encontrarla. Quien no recibe a tiempo un tratamiento médico no siempre tiene una segunda oportunidad.
La desigualdad tiene una característica cruel: los mismos cien pesos pueden representar un gasto insignificante para una persona y la diferencia entre comer o no comer para otra.
Por eso, cuando alguien roba dinero público, no basta con preguntar cuánto se llevó.
También deberíamos preguntar quiénes pagaron las consecuencias.
Y, sobre todo, quiénes tuvieron que vivir con ellas.
VI. La indignación y el negocio de la impotencia
Los escándalos se suceden. Aparecen documentos, testimonios, grabaciones, investigaciones y promesas de castigo.
Durante unos días, la indignación ocupa los titulares.
Después llega otro escándalo.
Y luego otro.
La ciudadanía aprende a indignarse por turnos, como si la corrupción fuera una serie

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