Durante los primeros días de la guerra en Vietnam, un oficial vietnamita dijo a su prisionero estadounidense: “Después de la Segunda Guerra Mundial ustedes eran héroes para nosotros. Leíamos libros norteamericanos y veíamos películas norteamericanas y era muy común en esos días decir que se era ‘tan rico y tan sabio como un americano’. ¿Qué fue lo que pasó?”[2].
La misma pregunta podía haber sido hecha por un guatemalteco, un indonesio o un cubano durante la década anterior, o por un uruguayo, un chileno o un griego en la década siguiente. La credibilidad y admiración que inspiraron los Estados Unidos al finalizar la Segunda Guerra Mundial se fue desvaneciendo país por país, intervención por intervención. La oportunidad de construir un mundo nuevo sobre las ruinas de la guerra, de establecer cimientos para la paz, la prosperidad y la justicia, se desplomó bajo el peso infame del anticomunismo.
Ese peso llevaba acumulándose algún tiempo; en verdad, desde el primer día de la revolución bolchevique. Hacia el verano de 1918, unos trece mil soldados estadounidenses se encontraban en el recién nacido Estado, la futura Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Después de dos años y miles de bajas, las tropas norteamericanas se retiraron sin haber podido cumplir su misión de “estrangular en su mismo nacimiento” el Estado bolchevique, tal como lo expresó Winston Churchill[3].
El joven Churchill era el ministro británico de Guerra y Aire en aquel momento. Fue él quien dirigió la invasión de la Unión Soviética por parte de los Aliados (Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Japón y varias otras naciones), en apoyo al “Ejército Blanco” contrarrevolucionario. Años después, en papel de historiador, Churchill dejaría anotado su punto de vista sobre este episodio singular para la posteridad:
¿Estaban [los aliados] en guerra con la Rusia soviética? Con certeza no, pero les disparaban a los soviéticos apenas los veían. Permanecieron como invasores en territorio ruso. Dieron armas a los enemigos del Gobierno soviético. Bloquearon sus puertos y hundieron sus buques de guerra. Deseaban sinceramente la caída de este gobierno y elaboraron planes para lograrlo. Pero ¿guerra? ¡Perturbante! ¿Interferencia? ¡Vergonzoso! Les era por completo indiferente, repetían, la forma en que los rusos resolviesen sus propios asuntos internos. Ellos eran imparciales. ¡Bang![4]¿Qué ocurrió con esta revolución bolchevique que alarmó tanto a las mayores potencias del mundo? ¿Qué las llevó a invadir una tierra cuyos soldados habían combatido junto a ellas por más de tres años y había sufrido más bajas que ningún otro país en parte alguna durante la Primera Guerra Mundial?
Los bolcheviques tuvieron la audacia de hacer la paz por separado con Alemania, a fin de terminar con una guerra que consideraban imperialista y que de ningún modo estaba en sus propósitos, y para tratar de reconstruir una Rusia agotada y devastada. Pero los bolcheviques habían demostrado su mayor audacia al derrocar un sistema capitalista feudal y proclamar el primer estado socialista en la historia mundial. Esto constituía una increíble arrogancia. Este era el crimen que los Aliados debían castigar, un virus que tenía que ser erradicado antes de que se extendiera a sus propios pueblos.
La invasión no alcanzó los resultados propuestos, pero sus consecuencias fueron profundas y perdurables hasta nuestros días. El profesor D. F. Fleming, historiador de la Universidad Vanderbilt que investiga la Guerra Fría, ha señalado:
Para el pueblo norteamericano la tragedia cósmica de las intervenciones en Rusia no existe, o fue un incidente sin importancia que hace mucho fue olvidado. Pero para el pueblo soviético y sus líderes de aquel momento, fue una época de interminables matanzas, de saqueo y pillaje, de epidemias y hambre, un sufrimiento inconmensurable para muchos millones de personas —una experiencia grabada con fuego en el corazón mismo de la nación, que no será olvidada en el curso de muchas generaciones, si alguna vez llega a olvidarse. De igual forma las severas regulaciones soviéticas pudieron ser justificadas por muchos años debido al temor de que las potencias capitalistas regresaran a terminar su trabajo. No es de extrañar que en su discurso del 17 de septiembre de 1959, en Nueva York, el premier Khruschov nos recordara las intervenciones, “el tiempo en que ustedes enviaron sus tropas para aplastar la revolución”, según dijo[5].
William Blum
No hay comentarios:
Publicar un comentario