La visión que Shaw tenía del nazismo no iba tan desencaminada. Estaba en sintonía con la imagen que Hitler tenía de sí mismo: la de un audaz modernista. Shaw consideraba que tanto la Unión Soviética como la Alemania nazi eran regímenes progresistas. Como tales, sostenía, estaban legitimados para exterminar a las personas superfluas o que supusieran obstáculos. Este gran dramaturgo defendió toda su vida el exterminio en masa como una alternativa al encarcelamiento. Era mejor matar a los socialmente inútiles, insistía, que derrochar el dinero público encerrándolos. Ésta no era otra de las bromas típicas de Shaw.
El detalle que parece más perturbador
Es que Shaw no necesitaba ser un sádico para llegar a esa conclusión.
Y justamente ahí está la lección.
La idea puede presentarse con un lenguaje perfectamente racional:
- cuesta dinero mantener a los presos;
- cuesta dinero mantener instituciones;
- algunas personas no producen;
- algunas personas requieren cuidados permanentes;
- los recursos públicos son limitados;
- entonces quizá sea "más eficiente" eliminarlas.
No hace falta gritar.
No hace falta odiar.
No hace falta siquiera decir "quiero matar".
Puedes llegar al mismo lugar utilizando palabras como eficiencia, productividad, recursos, carga social, progreso y bienestar colectivo.
Eso hace que el argumento sea mucho más inquietante.
5. Y aquí Shaw se encuentra con el siglo XX
Hay una ironía histórica formidable.
El siglo XIX había desarrollado una enorme confianza en que la razón científica liberaría a la humanidad de la ignorancia.
El siglo XX descubrió que la ciencia también podía proporcionar instrumentos extraordinariamente eficaces para cometer barbaridades.
El problema nunca fue la ciencia.
Fue poner la ciencia al servicio de una premisa previa:
"Hay seres humanos cuyo valor es inferior al de otros."
Una vez aceptada esa premisa, la ciencia puede convertirse en una herramienta formidable para clasificar, medir, seleccionar y finalmente eliminar.
El caso nazi es el ejemplo extremo. Los médicos y administradores del programa T4 clasificaban pacientes, falsificaban diagnósticos, organizaban transportes y utilizaron cámaras de gas. Más de 70.000 personas fueron asesinadas en las instalaciones centrales de gaseamiento entre enero de 1940 y agosto de 1941; los asesinatos continuaron después mediante otros métodos.
6. La paradoja de Shaw
Y aquí está el corazón filosófico del fragmento.
Shaw era un modernista convencido. Creía profundamente en la posibilidad de transformar racionalmente la sociedad.
Pero existe una diferencia gigantesca entre:
"podemos construir una sociedad mejor"
y
"podemos construir una sociedad mejor eliminando a quienes consideramos inferiores o inútiles."
La primera es una aspiración política.
La segunda es una pesadilla tecnocrática.
Y ambas pueden utilizar exactamente las mismas palabras: progreso, ciencia, eficiencia, futuro, humanidad.
Por eso el texto puede servir para una reflexión mucho más amplia que una simple condena de Shaw:
El peligro no está solamente en el fanático que quiere destruir el mundo. A veces está en el reformador que quiere mejorarlo demasiado.
Porque cuando alguien cree haber descubierto matemáticamente quién merece vivir, quién merece reproducirse, quién merece recibir recursos y quién constituye una "carga", la humanidad empieza a parecerle un problema de administración.
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