Como decía Antonio Gramsci, todos somos capaces de pensar, pero no todos cumplimos la función social de intelectual.
La frase de Antonio Gramsci —"todos los hombres son intelectuales, pero no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales"— es una de las más citadas y, a la vez, una de las más malinterpretadas.
Gramsci no está diciendo que todos sean intelectuales en el mismo sentido. Lo que afirma es algo más profundo: que toda persona piensa, interpreta el mundo, toma decisiones, posee una visión moral y práctica de la realidad. Incluso el trabajo más manual requiere conocimientos, experiencia, juicio y capacidad de razonamiento. Para Gramsci, la idea de que solo profesores, escritores o filósofos piensan es una ilusión creada por las jerarquías sociales.
Sin embargo, una cosa es tener capacidad intelectual y otra desempeñar la función social de intelectual. Esta función consiste en producir, organizar y difundir ideas que orientan a un grupo social. El intelectual no es simplemente alguien inteligente o culto; es alguien cuya actividad principal es elaborar visiones del mundo que influyen en otros.
Por eso Gramsci distinguía entre los intelectuales tradicionales —profesores, clérigos, académicos, periodistas— y los intelectuales orgánicos, que surgen de una clase social concreta y ayudan a construir su conciencia colectiva. Un dirigente sindical que articula las demandas de los trabajadores puede ser tan intelectual, en sentido gramsciano, como un catedrático universitario.
Esta distinción resulta muy útil para debates contemporáneos. Cuando alguien dice que una figura pública es o no es un intelectual, la pregunta relevante no es únicamente cuántos libros ha leído o qué títulos académicos posee. La cuestión es si produce marcos de interpretación de la realidad, si interviene en las luchas culturales y políticas, y si sus ideas organizan la visión del mundo de un grupo social.
Aplicado a discusiones actuales —como las que suelen darse sobre Agustín Laje, Jordan Peterson o incluso influencers políticos— Gramsci probablemente preguntaría menos por su currículum universitario y más por la función que cumplen. ¿Están construyendo una narrativa que moviliza a un sector social? ¿Están generando una concepción del mundo que otros adoptan? Si la respuesta es sí, desempeñan una función intelectual, aunque el ámbito académico los rechace. La cuestión posterior sería evaluar la calidad, profundidad o rigor de esas ideas.
En el fondo, Gramsci democratiza la inteligencia pero no elimina las diferencias de función. Todos pensamos; no todos nos dedicamos a organizar el pensamiento colectivo. Esa es la diferencia entre poseer una capacidad y ocupar un papel social. Y es precisamente en ese papel donde se disputa el poder cultural de una sociedad.
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