Hay algo enternecedor en las listas de poder.
Cada año aparece una revista con fotografías impecables, sonrisas calibradas por asesores de imagen y una selección de "los 300 líderes más influyentes de México". Es como los premios de la preparatoria, excepto que los alumnos tienen helicópteros, despachos en Polanco y abogados fiscales.
Y siempre me hago la misma pregunta:
¿Dónde demonios está el resto del país?
Porque revisas la lista y parece que México está compuesto exclusivamente por empresarios, políticos, banqueros, conductores de televisión, dueños de medios, altos funcionarios y alguna celebridad cuidadosamente seleccionada para que el evento parezca diverso.
Es fascinante.
Un país de 130 millones de personas reducido a una cena donde todos conocen a alguien que conoce a alguien que conoce al secretario de alguien.
Pero no se preocupen.
Nos explican que no son los más ricos.
Son los más influyentes.
Ah, bueno. Entonces cambia todo.
Porque resulta que la influencia, por alguna misteriosa coincidencia estadística, siempre termina concentrada en quienes tienen dinero, acceso a los medios, contactos políticos o capacidad para mover mercados.
Qué extraordinario descubrimiento científico.
Mientras tanto, en alguna comunidad de Oaxaca, Chiapas, Tabasco o la Sierra Tarahumara, una maestra lleva veinte años evitando que cientos de niños abandonen la escuela.
Pero ella no aparece.
Un médico rural atiende poblaciones enteras donde el Estado apenas existe.
Tampoco aparece.
Un activista ambiental recibe amenazas por defender un río de la contaminación.
Tampoco.
Un campesino conserva semillas nativas que alimentarán generaciones futuras.
Ni hablar.
Parece que proteger bosques, educar niños o mantener viva una comunidad genera muy poca influencia.
En cambio, asistir a suficientes desayunos ejecutivos parece ser una fuente inagotable de liderazgo.
Y aquí es donde el espectáculo se vuelve realmente divertido.
Porque estas listas siempre dicen que reconocen a quienes construyen el futuro del país.
¿En serio?
Cuando hay una inundación, ¿a quién llaman?
¿Al CEO que apareció en la portada o a los vecinos que organizan rescates?
Cuando una comunidad pierde el acceso al agua, ¿quién resuelve el problema?
¿El presidente del consejo de administración o la gente que lleva años defendiendo el manantial?
Cuando una escuela pública sigue funcionando a pesar de todo, ¿quién la mantiene viva?
¿El magnate que da una conferencia sobre innovación o la maestra que compra material con su propio sueldo?
La respuesta es incómoda.
Los países suelen ser sostenidos por personas que jamás aparecen en las revistas.
Las élites administran parte del poder.
La sociedad la sostienen otros.
Y sin embargo seguimos confundiendo visibilidad con importancia.
Porque eso es lo que realmente venden estas listas.
No poder.
No liderazgo.
No mérito.
Visibilidad.
Una especie de espejo donde las élites se contemplan unas a otras y dicen:
—Mira qué influyente eres.
—No, mira qué influyente eres tú.
—No, por favor, después de usted.
Es una ceremonia de reconocimiento mutuo.
Una versión corporativa del aplauso entre actores después de una obra.
Y cuidado: no digo que todos los que aparecen ahí sean inútiles.
Muchos han creado empresas, generado empleos, impulsado proyectos científicos o culturales.
El problema no son las personas.
El problema es la definición.
Porque cuando una sociedad sólo reconoce como líderes a quienes están cerca del dinero, del gobierno o de las cámaras, termina creyendo que el resto de sus ciudadanos son espectadores.
Y no lo son.
La historia está llena de personas desconocidas que transformaron más vidas que muchos de los invitados a esas cenas.
Pero esas personas tienen un defecto imperdonable:
No producen fotografías elegantes para la revista.
Quizá por eso me gustaría ver otra lista.
Los 300 mexicanos sin influencia.
Los que enseñan.
Los que cuidan.
Los que siembran.
Los que rescatan.
Los que investigan.
Los que defienden ríos.
Los que mantienen bibliotecas abiertas.
Los que organizan colectas.
Los que limpian calles.
Los que sostienen hospitales.
Los que nunca serán invitados a la gran comida.
Sospecho que ahí encontraríamos a una buena parte de los verdaderos arquitectos del país.
Y también sospecho que muy pocos llegarían en camioneta blindada.
Este tema encaja muy bien con una vieja obsesión de Carlin: la diferencia entre quienes aparecen en el escenario y quienes realmente mantienen funcionando el teatro.
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